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sábado, 04 de abril de 2020
8:49:11am 

Por Mercedes Rodríguez García 

Después del SARS-CoV-2, ¿un mundo nuevo? O al menos —ya sacudido— distinto y diferente al que desde hace rato aterra por sus desenfrenos medioambientales, riqueza mal repartida, guerras, hambrunas, insalubridad, miserias humanas, carencias materiales e inequidades de toda índole.

Tal vez.  Aunque no más allá de lo que la pandemia de la COVID-19 pueda haber hecho repensar —¡y de qué manera!— sobre la vida y la muerte a quienes lo habitamos y destrozamos sin contemplaciones ni contenciones.

Paradójicamente —y como dicen dos refranes— «no hay mal que por bien no venga», y «lo que sucede conviene», a contrapelo de todas las inexistencias habidas y por haber, pero sobre todo, la de miles de personas que en los cuatro puntos cardinales han dejado de constar, no importa cuán solas o acompañadas estaban,  cuán abundantes o esmirriados andaban sus bolsillos, cuán famosos o importantes eran, o lo que es peor, cuán esenciales resultaban todavía a la sociedad.

Patógeno lento, silencioso, más trasmisible y mortal que cualquier otra gripe o influenza, el nuevo coronavirus ha colapsado sistemas de salud de países desarrollados, de economías sólidas —al menos en apariencia—, arrastrándolas en caída libre, para su propia desgracia y todas las ajenas desgracias y escenarios posibles del día después, entre ellos Cuba, castigada por el Imperio del norte desde hace seis décadas, y obligada ahora como nunca a «apretarse el cinturón» un par de ojales más…

No exento de invasiones, atentados terroristas, hostigamiento mediático, guerra biológica…  Se trata del siniestro castigo de la nación más poderosa del orbe a la pequeña Isla rebelde, del cerco económico, comercial y financiero más extenso en el tiempo, sádicamente acrecentado en los últimos años.

Pero la islita sigue de pie,  irredenta, insumisa, soberana, solidaria.

En ese contexto de restricciones y carencias, ante la situación epidemiológica a la que se enfrenta la nación debido a la rápida propagación del SARS-CoV-2 a escala global, el desafío es ingente. No obstante, tenemos fortalezas únicas, y la dirección del país ha tomado medidas no solo por la vida de las personas, sino también en aras de vitalizar la economía y agricultura nacionales, en bienestar de todos sus hijos.

Mas, como he escuchado decir a muchos coterráneos, asombrados los más jóvenes por lo que jamás habían visto ni sufrido; otros, con algo de ironía, y no pocos, con esa cubanísima picardía: «La que se avecina no es fácil».

Porque en medio de desgracias y avatares, la  islita caribeña posee esa «anormalidad», esa «rareza», de la que hablaba Fernández Retamar, y por ello hoy  enfrenta el fenómeno con una estrategia propia y adecuada a las circunstancias, maravillando al mundo por compartir lo poco, pero de lo más valioso que tiene, en uno de los mayores actos de solidaridad y colaboración sanitaria de la historia reciente.

Lo cierto, debemos prepararnos para lo peor, y que nada nos sorprenda. El impacto de la pandemia en la economía mundial se revierte en las economías internas de todos los países, incluso en las más sólidas y hasta hace poco, florecientes. Y la nuestra, es abierta, en constante intercambio con el mundo mediante exportaciones e importaciones, lo cual se refleja en varias actividades, fundamentalmente en el turismo, no solo por los ingresos que genera sino por el resto de los sectores que involucra, tal como explicó hace poco Alejandro Gil Fernández, ministro de Economía y Planificación.

¿Lo incierto? Cuánto durará esta situación. El tema de la economía va más allá de la enfermedad, e incluye las presiones del gobierno de EE.UU. para evitar que el país acceda a financiamientos, a lo cual se añade la persecución a compañías y tanqueros para cortar el suministro del combustible a la nación antillana.

Sin embargo, nos asisten fortalezas que, ante el complicado contexto internacional, nos colocan de algún modo en situación ventajosa. De manera general: economía planificada centralmente, gobierno total en el manejo de los recursos presupuestarios, política social inclusiva (nadie sobra), y experiencia en medidas de ajuste, además del sistema de salud gratuito.

Y mientras dure el azote de la COVID-19 y el mundo vuelva a ordenarse, ¿cómo asegurar la alimentación, también en medio del bloqueo?

La respuesta está en la tierra. No hay mayor riqueza cuando se le atiende; plantando y cultivando lo que nos comeremos. Trabajando, trabajando y trabajando. Con realismo. Estableciendo prioridades, incrementando los  rendimientos por área, creando las condiciones que lleven a la sustitución de importaciones de alimentos para seres humanos y animales, usando el combustible con mucha racionalidad, sustituyendo plaguicidas que no llegarán del exterior, utilizando al máximo la materia orgánica y bioproductos de fabricación nacional que sirven como fertilizantes…

En otras y en pocas palabras: junto al desafío epidemiológico al que nos enfrentamos, hay que garantizar la alimentación del pueblo y sacar a flote la economía, tome el rumbo que tome el mundo después de la COVID-19. ¿Cuál?

¿Una sociedad más consciente de sus riesgos y limitaciones? ¿Un retorno al espacio rural? ¿Un mayor aprecio de la ciencia y el pensamiento? ¿Inyecciones masivas o sistemas de salud pública que tengan como centro al ser humano y la formación de profesionales?

Hace rato que Cuba transita esos caminos.

Conozco la enorme pequeñez de esta isla de vocación generosa, martiana, fidelista; pequeñísimo David, armado solo por una honda. Sé muy bien de su valor, de su orgullo, de su grandeza moral, agigantada ahora  ante un mundo, donde en adelante dos más dos nunca serán cuatro.