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domingo, 19 de enero de 2020
8:54:10 p.m.

La médica, narradora e investigadora Adelaida (Laidi) Fernández de Juan heredó de su progenitora el sentido del humor (agudo, inquisidor) y el de la inquietud por investigar aquellas aristas del arte minimizadas muchas veces por la Academia. (Foto: Adán Iglesias/ En el 2019, Laidi presentó la ponencia  La Habana en dos tiempos. De Jorge Mañach a Eladio Secades. 

Que la investigadora, narradora y columnista Laidi Fernández de Juan aparezca en el programa teórico de un evento de humor es garantía de calidad. Sus presentaciones, además de serias, en el sentido académico, son un gustazo. Ella tiene el don de atrapar. Es auténtica.

Escucharla tiene un encanto adicional, las inflexiones de su voz, la gestualidad, esa mirada por encima de los lentes y acotaciones nos hace aprehender del muy vilipendiado humor. Ese que en Cuba tiene excelentes hacedores y que desde el Centro Promotor del Humor se preocupa y ocupa porque cada vez sean mejores las puestas en escena y estimula la superación de sus creadores.

El poeta Luis Rafael la presenta en el Centro Virtual Cervantes, perteneciente al instituto español que honra al creador de Don Quijote, de esta manera:

“Adelaida (Laidi) Fernández de Juan (La Habana, 1961) nació predestinada para escritora. Hija del poeta Roberto Fernández Retamar y de la ensayista Adelaida de Juan, creció rodeada de libros en una casa frecuentada por escritores. Sin embargo, quizás por ese espíritu contradictor que anima a los hijos, se decidió por la medicina. Pero el destino se agazapaba en un recodo y la Dra. Adelaida fue enviada en 1988 a trabajar dos años a Zambia, donde la añoranza de su tierra y el impacto de la realidad que le sale al paso engendran Dolly y otros cuentos africanos (Premio Pinos Nuevos, 1994), libro que marca su debut como narradora…”

 Con la entrada a las letras cubanas la médica Adelaida optó por firmar Laidi (como cariñosamente la llamaba su hermana para distinguirla de la madre). Una mirada a sus publicaciones: once sus libros de cuentos, una novela e innumerables crónicas y artículos costumbristas. Se deduce su preferencia hacia el cuento, sobre este, dijo recientemente: “requiere de contundencia, del famoso nocao que conocemos. En sentido general, mi vida ha sido agitada, tendiente a la turbulencia, a lo urgente, y quizás la inmediatez de todo explique mi poca aptitud para crear ambientes, personajes, entornos dilatados…”

—¿Cuándo y por qué emplear el eufemismo, tan peculiar en ti?

—El humor, lo he dicho otras veces, es un recurso, un instrumento. En literatura y en cualquier manifestación artística, debe emplearse como soporte a la idea, al pensamiento. En mi caso, no me lo propongo, no me considero una escritora puramente humorística, sino alguien que cuenta. Y entre nosotros la gracia está por todas partes. Quizás los dioses me hayan dotado de cierta habilidad para narrar sin gravedad.


—Es más latente en las estampas habaneras…

—No fluye el humor con el mismo énfasis en una estampa que en un cuento. No es lo mismo ficcionar que cronicar, aunque en todos los géneros se exige el mismo rigor, en sentido general, y muy particular para el humor.

—La mujer sobrecargada en las tareas domésticas, la que se emancipa y se hace de un espacio en la sociedad están en tus textos. ¿Cuándo fuiste consciente de escribir desde la perspectiva de género? 

—Tampoco me propuse levantar una barricada contra las actitudes machistas. Simplemente narro lo que me sucede, y lo que observo a mi alrededor. Y Cuba, país machista, es rico en anécdotas de ese tipo, por desdicha. Como dijo Bárbara Kingsolver,  “todas las mujeres estamos hechas de la misma tierra cicatrizada.

“Nací de una mujer extraordinaria, iconoclasta y rebelde. Yo no podría traicionar la educación que ella me regaló, y me rebelo, a mi manera”. 

—¿Eres feminista?

—No comulgo con ninguna doctrina, ni pertenezco a ningún partido. Mi militancia es la autenticidad, y la justicia. Aprendí en mi hogar que todos y todas somos iguales, de manera que cualquier discriminación (por color de piel, rasgo somático, orientación sexual, religiosa, ideológica) me resulta abominable.

  

—Es Laidi sensible, sincera y a su vez directa y nada protocolar, ¿me equivoco?

—Bueno, si lo dices, me agrada que me vean así. En realidad, huyo de los formalismos porque me resultan falsos, igual que las poses estatuarias

—Adelaida de Juan, tu progenitora, prestigiosa crítica de arte, dedicó gran parte de su carrera a  investigar el humor gráfico. También tú te dedicas a estudiar el humor (literario), ramas del arte que no son muy investigadas, ¿por qué?

—Buena pregunta. No se me ocurre una respuesta original, más allá de decir que mi madre, pionera en investigar lo que a nadie interesaba, me transmitió, sin saberlo, esa inquietud por las aristas que eran consideradas de menor valía. No sé bien por qué, pero lo cierto es que somos dos Adelaidas en busca de reinos olvidados. Colaborábamos una con la otra, y no te imaginas cuánto nos divertíamos. Su sentido del humor (agudo, inquisidor), era tan cautivante como toda su personalidad. No soy más que una brizna de ella, una pequeña luz que permanece encendida, en su honor eterno.

—En el 25 aniversario del Centro Promotor del Humor (CPH)  recibiste en el Karl Marx un reconocimiento de manos de su director Kike Quiñones, quien reconoció tu incondicionalidad y disposición a colaborar en cada uno de sus proyectos…

—Es un honor haber recibido dicho reconocimiento. En realidad, debería ser a la inversa: yo le debo al CPH la posibilidad de mostrar públicamente investigaciones, reflexiones, lanzamientos de libros, y el aprendizaje de muchas teorías que, de otra forma, hubieran quedado apaciguadas, o, al menos, escondidas. El evento teórico del Aquelarre es el punto más elevado de los estudios sobre humor en Cuba.

    

—A gran parte del lector cubano no le llegan las crónicas que publicas, solo pueden verse en sitios digitales o compiladas en libros. ¿Te gustaría ser columnista en uno de los periódicos nacionales como un día lo fue Eladio Secades, Enrique Núñez Rodríguez o Manuel González Bello?

—Me complace escribir estampas. Es el método viable para cumplir con la premisa de ser cronista de mi tiempo, propósito que valoro muchísimo. Mantengo varios espacios digitales: Hablando en plata, de la Jiribilla, Hoy por hoy, del boletín del Centro Pablo, Letras afines, del mismo sitio. Varias veces me han solicitado crónicas para publicaciones planas, como Granma y Juventud Rebelde, y he enviado algunas, al cabo todas desaprobadas.

“Obviamente, no paso el filtro de los decisores, por lo cual floto en el espacio sideral. No me lamento por ello. Es el destino quien manda, por decirlo de alguna manera, y no me opongo a ello. No pienso cambiar nada de lo que pienso y escribo, y asumo el riesgo de permanecer en el limbo de ser desconocida para el gran público. No soy ambiciosa, como puedes ver”.

(Fuente: Departamento de Comunicación/IIPJM/Julieta García Ríos)