domingo, 06 de octubre de 2019
4:53:32 p.m. 

Entre los nombrados este sábado está el cubano, Mons. Juan de la Caridad García Rodríguez, Arzobispo de La Habana. Dada su edad diez de ellos se configuran como posibles votantes en un hipotético cónclave. Así los purpurados elegidos por Francisco con una visión más cercana a la suya serán mayoría a la hora de elegir el próximo pontífice.

Entre los nombrados este sábado se encuentran, además, dos españoles, y un guatemalteco. A todos ellos les ha hablado sobre la compasión.

Con los nombramientos de los españoles Miguel Ángel Ayuso y Cristóbal López, España pasa a ser el tercer país con mayor número de cardenales electores, después de Italia y de Estados Unidos.

Cardenal cubano: Lo nuestro es sembrar

En el Cardenal Monseñor Juan de la Caridad García Rodríguez, Arzobispo de La Habana, aún queda algo de ese adolescente de 13 años que entró al Seminario con deseos de jugar béisbol. Su alma —como su apariencia— es sencilla, un rasgo que deja ver la lucidez con que ha enfrentado su servicio, la coherencia con que ha vivido estos años como sacerdote de Jesús.

De su Camagüey natal lleva consigo muchas enseñanzas y también la cruz de madera que utiliza siempre, un poco rústica, pero hermosa. El símbolo que recuesta en su pecho lo hicieron en Palma City y Lombillo, dos pueblos norteños de esa diócesis. Según relata, se lo regaló una monja cuyo testimonio y pasión por el Evangelio le inspiraron: “Ella me dijo: «No se la quite» y he sido obediente”, bromea.

Hace unas semanas, el Papa Francisco dio la noticia de que crearía Cardenal a este hombre humilde, junto a otros 12 prelados. De ellos, el Santo Padre resaltó su proveniencia, la que “expresa la vocación misionera de la Iglesia, que continúa a anunciar el amor misericordioso de Dios a todos los hombres de la tierra”.

   

Tal ha sido la esencia que ha definido el ministerio del Cardenal Mons. García Rodríguez, quien escogió como lema episcopal “Ve y anuncia el Evangelio”. Pero ese deseo le nació desde mucho antes de ser ordenado; lo descubrió en una loma de Santiago de Cuba, en una zona donde había pocos niños. “Allí me di cuenta de la necesidad de catequizar, de instruir en la fe. Desde entonces, esa inquietud se quedó dentro de mí”, confiesa.

Misión, servicio, oración

Quizás sin percatarse, su historia ha estado matizada por las tres aspiraciones emanadas del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), en 1986, de ser una Iglesia misionera, orante y encarnada. Estar en salida y llevar la esperanza del Resucitado a los lugares más apartados ha sido su interés como presidente de la Comisión de Misiones, de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba.

En sintonía con lo anterior, los momentos que rememora con más cariño se encuentran donde la gente necesitada:

“Antes de ser obispo —cuenta— me enviaron a una parroquia, en la cual había una capilla abandonada y quise restaurarla. Empecé a visitar personas y juntos reparamos un poco la iglesia… El día que convocamos para misa, cuando fui a tocar la campana, se rompió. Pero me dije: ’yo tengo que tocarla’. Así que busqué una escalera, me subí, toqué la campana con las manos y me dio un consuelo extraordinario. No sabía qué iba a pasar, si iban a venir o no a la Eucaristía, pero tocando aquella campana que no se escuchaba hacía años, sentí la maravilla de que algo de Dios se estaba anunciando en todo el pueblo. Después el templo se llenó inexplicablemente y tuvimos una celebración muy bonita. 

 

“Hoy —reconoce— la Iglesia misionera tiene muchos retos. No contamos, por ejemplo, con una emisión radial ni televisiva con mensajes religiosos, por eso hay que ir casa por casa, servirse de las grandes asistencias a celebraciones y de las patronales de santos.

 

“Pero lo importante es que sembremos la semilla. Siempre pregunto a las personas cuántas matas de mango han sembrado y muchas dicen que ninguna; entonces digo, cuántos mangos se han comido en la vida: miles… Pues la fe es algo así, una semilla que tú depositas, quizás nadie sepa quién la sembró —como en el caso de la mata de mango— pero está dando frutos. Lo nuestro es sembrar y sembrar y sembrar. Siempre habrá fruto, porque la palabra de Dios no regresa vacía”.

Quienes le conocen bien, afirman que ese espíritu de labrador seguirá intacto en Mons. García Rodríguez. El nuevo llamado a ser Cardenal es apenas una invitación a mantenerse fiel. “Tengo muchos miedos —acepta— porque no sé cómo se es Cardenal. Nadie sabe cómo se es sacerdote o cómo se es obispo, si no en el camino, aun cuando hay una serie de presupuestos…” 

Por eso pide a la comunidad católica de la Isla que rece para que Dios le ayude en su servicio:

“La oración es poderosa, pertenece a lo esencial del cristianismo. Jesús en el Evangelio nos da muestra de su continua oración…”

De este sábado 5 de octubre de 2019, el Arzobispo de La Habana pertenece oficialmente al Clero de Roma y algunos signos externos cambiarán, pero solo para recordarle que debe continuar con el ardor que le ha inspirado a lo largo de su vida.

En definitiva —asegura— “ser Cardenal será un compromiso mayor, una entrega más fuerte”. 

 El rito: un anillo, un birrete y el cuidado de una Iglesia

Durante el Consistorio para la creación de 13 nuevos cardenales para la Iglesia universal, el Arzobispo de La Habana, monseñor Juan de la Caridad García Rodríguez, recibió el birrete cardenalicio, un anillo y el cuidado de una Iglesia de Roma, como signo de su participación en el cuidado pastoral de la ciudad.

Todo esto ocurrió durante un rito de la Iglesia que ha sido simplificado a lo largo de los años y que tuvo lugar en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano, ante la presencia de los invitados y peregrinos llegados de distintos países.

El rito consta de varios momentos.

El primero de los nuevos cardenales se dirige al Santo Padre en nombre de todos. El Papa pronuncia la homilía y después la fórmula de creación, la proclamación solemne de sus nombres y el título o Diaconía.

Seguirá la profesión de fe y el juramento de fidelidad. A continuación cada candidato se aproxima al Sumo Pontífice y se arrodilla ante él para recibir el birrete (gorro) cardenalicio, el anillo y el “servicio” o diaconía de una Iglesia de Roma.

Al colocar el birrete sobre la cabeza de cada nuevo Cardenal, el Papa va explicando y dice: “Esto es rojo como signo de la dignidad del oficio de cardenal, y significa que estás preparado para actuar con fortaleza, hasta el punto de derramar tu sangre por el crecimiento de la fe cristiana, por la paz y armonía entre el pueblo de Dios, por la libertad y la extensión de la Santa Iglesia Católica Romana”.

Al entregarles el anillo cardenalicio el Papa les explica que es signo de dignidad, de solicitud pastoral y de “más sólida unión con la Sede del Apóstol San Pedro”.

Después el Santo Padre asigna a cada uno el cuidado de una iglesia de Roma y entrega la Bula de Creación de Cardenales. Finalmente intercambian un beso de paz.

A continuación, el texto de la homilía del Papa Francisco durante el Consistorio:

En el centro del episodio evangélico que hemos escuchado (Mc 6,30-37a) está la «compasión» de Jesús (cf. v. 34). Compasión, una palabra clave del Evangelio; está escrita en el corazón de Cristo, está escrita desde siempre en el corazón de Dios.

En los Evangelios, a menudo vemos a Jesús que siente compasión por las personas que sufren. Y cuanto más leemos y contemplamos, mejor entendemos que la compasión del Señor no es una actitud ocasional y esporádica, sino constante, es más, parece ser la actitud de su corazón, en el que se encarnó la misericordia de Dios.

Marcos, por ejemplo, cuenta que cuando Jesús empezó a recorrer Galilea predicando y expulsando a los demonios, se le acercó un leproso, «suplicándole de rodillas: “Si quieres, puedes limpiarme”. Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: “Quiero: queda limpio”» (1,40-42). En este gesto y en estas palabras está la misión de Jesús Redentor del hombre: Redentor en la compasión. Él encarna la voluntad de Dios de purificar al ser humano enfermo de la lepra del pecado; Él es la “mano extendida de Dios” que toca nuestra carne enferma y realiza esta obra llenando el abismo de la separación.

Jesús va a buscar a las personas descartadas, las que ya no tienen esperanza. Como ese hombre paralítico durante treinta y ocho años, postrado cerca de la piscina de Betesda, esperando en vano que alguien lo ayude a bajar al agua (cf. Jn 5,1-9).

Esta compasión no ha surgido en un momento concreto de la historia de la salvación, no, siempre ha estado en Dios, impresa en su corazón de Padre. Lo vemos en la historia de la vocación de Moisés, cuando Dios le habla desde la zarza ardiente y le dice: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas [...]; conozco sus sufrimientos» (Ex 3,7).

El amor de Dios por su pueblo está imbuido de compasión, hasta el punto que, en esta relación de alianza, lo divino es compasivo, mientras parece que por desgracia lo humano está muy desprovisto de ella, y le resulta lejana. Dios mismo lo dice: “¿Cómo podría abandonarte, Efraín, entregarte, Israel? [...] Mi corazón está perturbado, se conmueven mis entrañas. [...] Porque yo soy Dios, y no hombre; santo en medio de vosotros, y no me dejo llevar por la ira” (Os 11,8-9).

Los discípulos de Jesús demuestran con frecuencia que no tienen compasión, como en este caso, ante el problema de dar de comer a las multitudes. Básicamente dicen: “Que se las arreglen...” Es una actitud común entre nosotros los humanos, también para las personas religiosas e incluso dedicadas al culto. El papel que ocupamos no es suficiente para hacernos compasivos, como lo demuestra el comportamiento del sacerdote y el levita que, al ver a un hombre moribundo al costado del camino, pasaron de largo dando un rodeo (cf. Lc 10,31-32). Habrán pensado para sí: “No me concierne”. Siempre hay justificaciones; a veces están codificadas y dan lugar a los “descartes institucionales”, como en el caso de los leprosos: “Por supuesto, han de estar fuera, es lo correcto”. De esta actitud muy, demasiado humana, se derivan también estructuras de no-compasión.

Llegados a este punto podemos preguntarnos: ¿Somos conscientes de que hemos sido los primeros en ser objeto de la compasión de Dios? Me dirijo en particular a vosotros, hermanos Cardenales y a los que estáis a punto de serlo: ¿Está viva en vosotros esta conciencia, de haber sido y de estar siempre precedidos y acompañados por su misericordia? Esta conciencia era el estado permanente del corazón inmaculado de la Virgen María, quien alaba a Dios como a “su salvador” que «ha mirado la humildad de su esclava» (Lc 1,48).

A mí me ayudó mucho verme reflejado en la página de Ezequiel 16: la historia del amor de Dios con Jerusalén; en esa conclusión: «Yo estableceré mi alianza contigo y reconocerás que yo soy el Señor, para que te acuerdes y te avergüences y no te atrevas nunca más a abrir la boca por tu oprobio, cuando yo te perdone todo lo que hiciste» (62-63). O en ese otro oráculo de Oseas: “La llevo al desierto, le hablo al corazón. [...] Allí responderá como en los días de su juventud, como el día de su salida de Egipto” (2,16-17).

¿Tenemos viva en nosotros la conciencia de esta compasión de Dios hacia nosotros? No es una opción, ni siquiera diría de un “consejo evangélico”. No. Se trata de un requisito esencial. Si no me siento objeto de la compasión de Dios, no comprendo su amor. No es una realidad que se pueda explicar. O la siento o no la siento. Y si no la siento, ¿cómo puedo comunicarla, testimoniarla, darla? Concretamente: ¿Tengo compasión de ese hermano, de ese obispo, de ese sacerdote? ¿O destruyo siempre con mi actitud de condena, de indiferencia?

La capacidad de ser leal en el propio ministerio depende también de esta conciencia viva. También para vosotros, hermanos Cardenales. La disponibilidad de un Purpurado a dar su propia sangre —que está simbolizada por el color rojo de la vestidura—, es segura cuando se basa en esta conciencia de haber recibido compasión y en la capacidad de tener compasión. De lo contrario, no se puede ser leal. Muchos comportamientos desleales de hombres de Iglesia dependen de la falta de este sentido de la compasión recibida, y de la costumbre de mirar a otra parte, la costumbre de la indiferencia.

Pidamos hoy, por intercesión del apóstol Pedro, la gracia de un corazón compasivo, para que seamos testigos de Aquel que nos miró con misericordia, nos eligió́, nos consagró y nos envió́ a llevar a todos su Evangelio de salvación.

(Fuente: iglesiacubana.org/aciprensa.com/euronews.com)