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domingo, 16 de junio de 2019
12:17:40 a.m.
 

Por Mercedes Rodríguez García 

Los padres de «ahora» no son como los de «antes» porque —asunto concluido—, todos somos hijos del tiempo, y el tiempo pasa volando, y ningún tiempo es igual al otro, cuestión que a veces olvidamos los «mayores» y no les preocupa mucho a los «menores». 

No puedo asegurar si antaño —extendido a los abuelos— se les quería más o menos, si se les respetaba más o menos, si se les escuchaba y consideraban más o menos, porque eso no es ya «cosa» del tiempo, sino de corazón, familia y sociedad. 

Pero sí: eran distintos; y también, iguales, más allá del «tú» o del «usted»; del «pá», del «papi» o del «papá». 

Salvando las distancias, creencias, filiaciones, ausencias y carencias, obviemos las comparaciones y pensemos más en la vida que ellos nos legaron. 

Porque al respecto no somos una coincidencia, sino un reflejo. 

Porque el lazo no es solo de carne y de sangre; ni el abrazo, de emoción; ni el beso, de efeméride. 

Porque existen deberes y derechos, obligaciones, cuestiones de civismo y de decoro, y no sé cuantas razones ¿irracionales? que no examinan ni la Ley de leyes, ni códigos civiles ni penales. 

No se es pianista por tener un piano, escribió alguien; ni como dijo un poeta trasnochado «padre es cualquiera». Desde el origen —y hasta el final— es él red de cariño, conexión sagrada, enlace indispensable. 

Entonces a ese padre que está aquí, allí o allá, y al que se le puede tener y querer de tantas formas y maneras; por ese gozo que presupone no dicha celestial, no pan diario, sí apellido, ejemplo, amigo, recordémosle, honrémosle.

Perfecta o imperfecta, somos su obra de creación.