20190116022507-la-migracion-cubana-en-2018.jpg

 

martes, 15 de enero de 2019
7:38:32 p.m.
 

Por Jesús Arboleya  

2018 ha sido un año muy complicado para los migrantes cubanos. Sin anunciarlo oficialmente, el gobierno de Donald Trump ha suspendido en la práctica los acuerdos migratorios establecidos desde 1994, afectando sustancialmente un flujo que excedía las 20 000 personas anuales.

Las visitas de cubanos a Estados Unidos igual se han visto reducidas al mínimo, como resultado del cierre del consulado en La Habana. Por otro lado, una evidente ralentización está caracterizando la aplicación de la ley de Ajuste Cubano, lo que afecta el estatus legal de miles de inmigrantes que han llegado a ese país procedentes de Cuba en los últimos años.

Si a esto se suma la cancelación de la política de pie seco/pie mojado por parte de Obama en enero de 2017, la que favorecía la permanencia de inmigrantes ilegales cubanos en ese país, es fácil constatar que, en apenas un abrir y cerrar de ojos, los cubanos han transitado de ser los inmigrantes más privilegiados de Estados Unidos, a uno de los grupos más restringidos del mundo.

Lo que hubiese sido un escándalo en el pasado, ha ocurrido sin que apenas algún político cubanoamericano haya salido en defensa de su supuesta base política.

La principal razón es que en realidad no lo son y, por tanto, dejaron de ser funcionales las premisas que condicionaron la excepcionalidad de los migrantes cubanos en la política estadounidense.

Ahora ocurre todo lo contrario, lo que conviene a la derecha cubanoamericana es que lleguen pocos y se demoren en avanzar en el proceso hacia la ciudadanía.

También influye el interés de promover tensiones políticas y sociales en Cuba, asumiendo que limitar las posibilidades migratorias tiende a “aumentar la presión en la caldera doméstica”.

Sin embargo, para Cuba lo más preocupante no son las dificultades para viajar como resultado de la política norteamericana, sino que, aún así, los niveles migratorios continúan siendo muy altos, sobre todo entre los jóvenes en plena capacidad laboral.

Se trata de un fenómeno endógeno, relacionado con la situación  económica del país y la satisfacción de las expectativas existenciales de estos sectores, por lo que su solución rebasa las posibilidades de cualquier política migratoria.

De todas formas, no se han establecido nuevas restricciones migratorias, el flujo de migrantes hacia otras partes tiende a compensar las limitaciones impuestas por Estados Unidos y los niveles de salidas ilegales se mantienen bajos, lo que ha garantizado cierta estabilidad interna alrededor de este tema.

Los déficits de la política migratoria cubana ya no están referidos a los procesos de salida y entrada al país, sino al tratamiento a los emigrantes durante su estancia en el extranjero.

La política adoptada en 2013 tiende a resolver el vínculo legal con el país de aquellas personas que han emigrado a partir de esa fecha, pero se mantienen las restricciones para los que salieron con anterioridad.

Aunque se ha facilitado el retorno definitivo de estas personas y el discurso oficial se muestra mucho más inclusivo, aún persisten toda una serie de normas que complican las relaciones con la emigración y las gravan en exceso, desde el punto de vista económico.

Tiene poco sentido que los pasaportes cubanos compitan con los más caros del mundo, lo que conspira con la amplitud del intercambio e incluso puede ser contraproducente económicamente; que se mantenga la norma de viajar al país o pagar altas sumas de dinero para actualizar la estancia fuera del territorio nacional; que mediante políticas aduanales se impida un comercio que debiera ser alentado para contrarrestar el bloqueo y que, ya sea legalmente o en la práctica, los emigrados sean discriminados para invertir en Cuba.

La necesidad de cambiar estas políticas se ha discutido ampliamente en Cuba, pero la lentitud en asumirlas ha sido la tónica de este proceso.

La inclusión de los emigrados en los debates recién concluidos del anteproyecto de la nueva Constitución, así como algunos de sus acápites, fueron señales positivas en el camino de romper este impasse y quizás el 2019 nos depare una política más efectiva para integrar a los emigrados en el destino de Cuba.

Sería bueno para la mayoría de los cubanos y es posible a pesar de lo que hagan los conservadores de allá y de aquí.

(Fuente: progresosemanal)