Oriana Fallaci, sin desmemorias ni fobias

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miércoles, 31 de junio de 2017
2:01:51 p.m.
 

Por Mercedes Rodríguez García

En mi cerebro se ha perdido la cuenta, pero es horrible la cantidad de actos terroristas en los últimos años. Imposible recordar con precisión las cifras de muertos y heridos inocentes, cuyas imágenes si permanecen indelebles. Hoy, acabada de despertar, otro atentado, esta vez con un coche-bomba en la zona diplomática de Kabul, al menos 90 personas murieron y 463 resultaron heridas. Todos civiles.

Según AFP, se trata del ataque más sangriento registrado por la misión de la ONU en Afganistán desde la invasión estadounidense en 2001, superior al que en julio de 2016 causó 85 muertos y 413 heridos durante una manifestación de la minoría hozara en la capital afgana.


Los talibanes negaron su responsabilidad en los hechos. En un tuit, su portavoz, Zabihullah Mujahid, aseguró que el grupo "condena cualquier atentado como éste que causa víctimas civiles". El pasado domingo ocurrió otro atentado con coche bomba en una parada de autobús en Khost. Hubo 13 muertos y 8 heridos, en su mayoría militares. Era en el primer día del Ramadán.

    

El coordinador del gobierno, Abdullah Abdullah, sostuvo en un tuit que "los que matan en el mes sagrado del Ramadán no merecen llamados a la paz, deben solo ser destruidos y extirpados" de la sociedad.

  

El Ramadán coincide con la fecha en la que el Profeta Mahoma recibió la primera revelación del Corán, el libro sagrado de los musulmanes. Durante ese tiempo los fieles al Islam se abstienen de comer, beber y tener relaciones sexuales desde el alba hasta la puesta de sol. Su único dios es Mahoma y al menos una vez en la vida peregrinan a La Meca. 

De este modo, además de una función religiosa, el ciclo cumple una sanitaria (purifica el cuerpo), mental (fortalece la voluntad) y moral (hacer comprender lo que sufren las personas privadas de alimento), según explica la Unión de Comunidades Islámicas española.

También este mes se considera el de la comunidad, y se pide a los musulmanes que ayuden a sus vecinos, especialmente los más necesitados, y que se posponga todo lo que no sea absolutamente indispensable para pasar más tiempo en familia. Durante el Ramadán la gente debe ser más generosa, cordial, amistosa y servicial con los demás.

¿Cómo creer entonces que sean musulmanes quienes cometan tantas atrocidades de las que se les culpa o determinados grupos islamitas se atribuyen?

La polémica y beligerante, desgarradora y sincera, periodista Oriana Fallaci (Florencia, Italia, 1929), siempre manifestó en sus ensayos y artículos su honda preocupación por la amplia presencia en Europa (1) de fieles musulmanes, e insistía en la idea de que el despertar del Islam era el fin de Occidente.

Tras La rabia y el orgullo (2001), libro en el que descalificaba a la religión musulmana y a los musulmanes y por el que fue procesada en Francia y Suiza, la famosa periodista italiana escribió La fuerza de la razón (2004), el cual comenzó a imprimirse un día después del más grande atentado en la historia de España, ocasionado por una serie de bombas en varios trenes de Madrid con pocos minutos de diferencia, y adjudicado en un principio al ETA.

      

 Por La fuerza de la razón la Oriana fue procesada y absuelta en Francia y condenada in absentia en Suiza. Más incendiario que el anterior —aunque la autora aseguraba que esta vez no se entrega a la pasión, "sino a la razón"— la Fallaci califica de "filoislámicas" a la ONU y a la Unión Europea, afirma que Europa debería llamarse ya "Eurabia" y describe un continente supuestamente sumiso ante la poderosa inmigración musulmana y la arrogancia de los inmigrantes de religión islámica.

“Despreciada como una Casandra a la que nadie escucha, hace años que repito: Arde Troya. Y hoy todas nuestras ciudades arden de verdad. Hoy los exiliados somos nosotros, proclamaba por entonces. (…) Nuestro primer enemigo no es Bin Laden ni Al Zarqaui, es el Corán, el libro que los ha intoxicado (…) Los que instalaron el nazismo en Europa fueron una minoría de desalmados que miraba al profeta Hitler, como los terroristas de hoy miran al profeta Mahoma”, expresó en una entrevista que le hiciera Andrzej Majewski, sacerdote católico, escritor y fotógrafo polaco.

No mantengo una actitud hostil hacia los islamitas, basada en la creencia de que estos como tal no amenazan “nuestra” seguridad, ni como cultura ni como civilización. Tampoco comparto la totalidad las ideas de la Fallaci al respecto. Sin embargo debo reconocer que mi admirada periodista —por su sinceridad y estilo frontal—, fue capaz de ver con claridad hasta dónde puede conducir el fanatismo religioso —y político, digo yo—, capaz de acometer las más crueles barbaridades en nombre de sus creencias.


 Más allá de las "ráfagas de excomuniones y anatemas" y al margen de que se sintiera “investida de una especie de misión divina" (2), en La rabia y el orgullo, con brutal claridad y coraje, la periodista italiana arroja furiosas imprecaciones y lanza durísimas acusaciones contra un gran sector del mundo musulmán, dispuesta siempre «a defender la civilización occidental, no frente a la musulmana, sino frente al fundamentalismo islámico».

Cree que “con los hijos de Alá” el conflicto será arduo,  “muy largo, muy difícil, muy duro”… Y lo ha sido.

Para ella Osama Bin Laden y los talibanes “son sólo la más reciente manifestación de una realidad que existe desde hace mil cuatrocientos años, y “poco podrá hacer Europa ante esta amenaza”

Como ella, yo también estoy convencida de que las victorias militares “no solucionan la ofensiva de beligerancia islámica. Al contrario, la estimulan. La exacerban, la multiplican”.

¿Es justo entonces acusar a Oriana Fallaci de “siniestra”, de “catastrofista cargada de prejuicios”? Creo que no. De alguna manera fue una sibila cuyos augurios se están cumplimiento en nuestros días.

     

Al margen de las intolerancias occidentales, el grado de barbarie que muestran las imágenes revuelven los estómagos de los más frívolos internautas. Digamos, Boko Haram y Estado Islámico. Y aunque en mi memoria se ha perdido la cuenta de los actos de uno y otro, sí existen estadísticas para corroborar la degeneración y aberración de quienes lo acometen.

Sé que Oriana Fallaci, primera mujer reportera de guerra, no era una furibunda pronorteamericana. En una misiva a Mariella, una niña de 13 años que quería estudiar periodismo, luego de afirmarle que la única verdadera escuela de periodismo era la práctica cotidiana, y aconsejarle  “Lee, lee y lee", le aclaraba: “Yo no odio a los americanos. Como pueblo, lo admiro en muchas cosas. (...) Odio su dinero y su fuerza militar que interviene en la vida de los otros pueblos y la pliega a sus intereses".

Cuando el ataque a las Torres Gemelas, el 11 septiembre 2001, tuve idea de comunicarme con ella por correo electrónico solicitándole sus impresiones al respecto. Oriana vivía en Manhattan,  relativamente cerca del lugar de la tragedia, y me tenía como “anzuelo”, la confirmación de que en los años 80, en dos oportunidades le había escrito sendas cartas a Fidel Castro. Una, solicitándole una entrevista. Y otra, mostrándole su enfado y desconcierto porque el presidente cubano se negó a recibirla. ¿Le contestaría Fidel? Entonces yo no lo sabía. Tampoco me decidí a redactar y enviar el  email.

Oriana vivía como una cautiva en su apartamento, ya tenía cáncer, lo sabía, y no respondía al teléfono, y mucho menos los montones de mensajes que atiborraban su buzón. Solo contestaba las cartas de su único sobrino y heredero Edoardo Perazzi, quien reveló que Oriana temía que la asesinaran.

El 27 de agosto de 2005 el papa Benedicto XVI le concedió una audiencia privada. No trascendió nada de lo hablado. Fallaci siguió definiéndose como "cristiana atea" y dispuso en el testamento que sus exequias fúnebres fueran laicas y estrictamente privadas. El 15 de septiembre de 2006, falleció en la tierra que la vio nacer.

De estar viva, este último ataque con bomba en Kabul —reivindicado por el grupo terrorista Estado Islámico— rehabilitaría, una vez más, si no su islamofobia, al menos su rabia y su orgullo. Cumpliría el próximo 29 de junio, 88 años.

(1) En 2006 cerca de 25 millones. Calculando también los musulmanes radicados en los países que no forman parte de la Unión y en la ex Unión Soviética, serían unos cerca de 60 millones.

(2) Dicho por el padre Giulio Albanese, por entonces director de la agencia misionera católica Misna, en un artículo publicado en 2004.  

 

 

 

 


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