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domingo, 30 de abril de 2017
6:07:31 p.m. 

  • El físico de fama mundial habló contra el racismo, el nacionalismo y las armas nucleares, provocando las profundas sospechas de J. Edgar Hoover, director del Buró Federal de Investigaciones.  
  • Cuestionaba el capitalismo. «Veo las diferencias de clase como contrarias a la justicia y, en última instancia, basadas en la fuerza», escribió en 1931. «Dejemos que cada hombre sea respetado como individuo y que ninguno sea idolatrado». 
  • Durante el resto de su vida, fue un incansable defensor de someter a las armas nucleares a algún tipo de control internacional. En la era atómica, dijo que la guerra se había convertido en una forma de locura. 

Albert Einstein ya era un físico de fama mundial cuando el Buró Federal de Investigaciones empezó a mantener un archivo secreto sobre él en diciembre de 1932. Él y su mujer Elsa acababan de mudarse a Estados Unidos desde su Alemania natal, y Einstein había hablado mucho sobre los problemas sociales de su tiempo, despreciando públicamente el racismo y el nacionalismo.

Cuando Einstein murió el 18 de abril de 1955, el FBI ya había acumulado un archivo de 1.427 páginas. Hoover, albergaba profundas sospechas sobre el activismo de Einstein. Según él, Einstein era muy posiblemente un comunista, y era ciertamente «un extremista radical».


El propio físico se hubiera reído a carcajadas de estas etiquetas si lo hubiera sabido, ya que había oído cosas peores de los nazis en Alemania. Además, no le intimidaba la burocracia. «El respeto ciego a la autoridad es el mayor enemigo de la verdad», declaró en 1901.

La actitud desafiante de Einstein condujo a su expulsión del equivalente alemán de instituto a la edad de 15 años, y eso le llevó a su vez a renunciar a su ciudadanía a los 17 años. No quería tener nada que ver con los autoritarios colegios alemanes y el militarismo rampante, el cual aborrecía.

En su lugar, Einstein asistió al Instituto Politécnico de Zúrich, en Suiza, y se convirtió en ciudadano suizo. Después de graduarse, empezó a trabajar en la oficina de patentes suiza en Berna, donde realizó su revolucionario trabajo sobre la relatividad y la teoría cuántica en 1905.

Einstein no regresó a Alemania hasta abril de 1914, cuando sus logros le consiguieron un prestigioso cargo en la Universidad de Berlín. Allí siguió desarrollando sus ideas sobre la relatividad y la gravedad, confirmadas de manera impresionante en 1919 gracias a las observaciones de un eclipse solar y que han dado forma a nuestro entendimiento del universo desde entonces.

El partido nazi, en auge, denunció la relatividad como una «perversión judía» —el equivalente de 1920 a utilizar «noticias falsas» como método universal para echar por tierra una reputación— y Einstein recibió tantas amenazas de muerte anónimas que empezó a evitar ir a pasear solo.

Sin embargo, las amenazas no le detuvieron. En su lugar, usó repetidas veces su recién adquirida fama para hablar sobre lo que para él eran los males del mundo. Quedarse callado ante la maldad, dijo una vez, «me hubiera hecho sentir culpable de complicidad».

  

Denunciaba el nacionalismo belicoso. «Es el sarampión de la humanidad», dijo en 1929.

Cuestionaba el capitalismo. «Veo las diferencias de clase como contrarias a la justicia y, en última instancia, basadas en la fuerza», escribió en 1931. «Dejemos que cada hombre sea respetado como individuo y que ninguno sea idolatrado».

Protestaba contra el racismo. En 1937, cuando se le negó a la cantante afroamericana Marian Anderson una habitación de hotel en la nueva ciudad de Einstein, Princeton (Nueva Jersey), este y Elsa invitaron a Anderson a quedarse en su casa, lo que sería el comienzo de una amistad de por vida. También se hizo amigo del cantante afroamericano Paul Robeson, quien había sido condenado por ser comunista. Y en un discurso en 1946 en la Liberty University (Pensilvania), históricamente negra, Einstein declaró que la segregación era «una enfermedad de la gente blanca».

 

Después de 1933, el ascenso al poder de Hitler hizo que Einstein reconociera que el pacifismo puro ya no era realista. En agosto de 1939, bajo el temor de que los físicos alemanes ya estaban compitiendo por explotar el recién descubierto fenómeno de la fisión nuclear, Einstein escribió una carta al presidente de los Estados Unidos, Franklin Roosevelt, advirtiéndole de que «el elemento uranio podría ser convertido en una novedosa e importante fuente de energía en un futuro inmediato», es decir, en una bomba.

La respuesta de Roosevelt fue el Proyecto Manhattan: un programa intensivo para desarrollar la bomba atómica antes que Hitler.

Einstein no participó en dicho proyecto. Sin embargo, en la primavera de 1945 escribió otra carta instando al presidente a reunirse con los científicos del Proyecto Manhattan, quienes estaban preocupados por las prisas por acabar la bomba y utilizarla, pese a que la derrota de Alemania estaba cerca y claramente esta había dejado las investigaciones sobre el uranio.

Roosevelt murió el 12 de abril, antes de poder leer la carta, y cuando Einstein supo en agosto que se había lanzado una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, solo pudo proferir un «oh Dios mío».

Durante el resto de su vida, fue un incansable defensor de someter a las armas nucleares a algún tipo de control internacional. En la era atómica, dijo que la guerra se había convertido en una forma de locura.

 

Solo podemos imaginarnos lo que Einstein habría dicho sobre la atmósfera política actual. Pero sí conocemos su reacción en épocas anteriores de medidas gubernamentales severas: la histeria anticomunista de la década de 1950.

«Todos los intelectuales convocados para declarar ante uno de esos comités deberían negarse a hacerlo», afirmó Einstein en 1953, en referencia a las investigaciones del Congreso que intimidaban y arruinaban las carreras de muchos inocentes.

Tal afirmación le valió editoriales indignados en periódicos de todo el país, incluyendo el Washington Post y el New York Times. Sin embargo, llevó su condena con orgullo.

(Fuente: NG/ Mitch Waldrop)