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domingo, 12 de marzo de 2017
7:10:35 p.m.
 

  • La frontera entre México y EEUU, con vallas a lo largo de 1.050 kilómetros, ha generado comunidades, cultura y economía.
  • Las cifras de arrestos y deportaciones y las muchas entadas de ilegales en avión no parecen secundar la emergencia del plan.  

El 26 de junio de 1960 se inauguraba la plaza de toros Monumental de Tijuana. Sobre la arena, los diestros Alfonso Ramírez El Calesero, Rafael Rodríguez el volcán de Aguascalientes y Antonio del Olivar. Cerca de 22.000 personas asistieron a la lidia de los seis imponentes morlacos que brindó la ganadería de José Julián Llaguno. 

Menuda tarde, aquella. A escasos 50 metros del griterío, la frontera con Estados Unidos, por aquel entonces una línea más testimonial que efectiva, un muro virtual marcado por las denominadas mojoneras que estableció el tratado de Guadalupe Hidalgo, en 1848, con el que México cedió buena parte de su territorio, y por la venta de la Mesilla a los estadounidenses, en 1953, que estableció el límite definitivo. 

Casi 70 años después, lo único que permanece intacto es el ruedo, por cierto, lo primero que uno distingue de México a vista de pájaro desde el Pacífico. Al otro lado, ya en territorio yanqui, el Parque Internacional de la Amistad, la que parece haberse volatilizado entre ambos estados después de que Donald Trump anunciara su intención de aislar el sur de la superpotencia con un nuevo y sofisticado muro. 

¿Pero cómo es la línea que separa ambos países? ¿Cómo es la vida alrededor de la divisoria? ¿Y qué es exactamente y cómo afectará el controvertido plan del flamante presidente? 


Escuchando a Trump, habrá quien crea que la frontera es un cartel de bienvenida y un chiringuito de hamburguesas y nachos. Como si no existiera límite físico alguno que testimonie que ahí acaba y termina una nación. Nada más lejos de la realidad. Lo primero que hay que tener claro es que el muro ya existe en 1.050 de los 3.141 kilómetros que separan los dos océanos. El problema, y ahí quizás radica el fondo del proyecto de marras, es que se trata de una muralla con muchas formas, más o menos adaptada al terreno, sea el espacio entre ciudades o el crudo desierto. 

Hay bloques en cruz de 2,5 metros que detienen coches pero no peatones, vallas de alambre, barreras de chapa o hierro. Torres de control, drones, cámaras, sensores de movimiento, rayos X. Hay tramos con una segunda y una tercera pared, lugares en los que un simple puente y una garita desgastada separan los estados.

Luego está el río Grande o río Bravo, según en qué lado se pregunte, que ejerce de grieta natural entre ambos países a lo largo de unos 2.000 kilómetros, hasta su desembocadura en el Atlántico. Todo ello, por cierto, vigilado por más de 20.000 agentes (en 1992 eran unos 4.000 vigías), una unidad creada en 1924, el mismo año en el que el Congreso aprobó restricciones a la inmigración asiática y europea. Por si fuera poco, Trump aprobó hace un mes la contratación de otros 15.000 agentes migratorios. 

Alto, poderoso y bonito 

Todo esto no basta para el presidente de Estados Unidos, que ha hecho célebre la expresión “bad hombres”, en referencia a todo lo que, a su modo de ver, no debería entrar en tierras estadounidenses, donde se calcula que viven unos 11 millones de ilegales (el 59% son mexicanos). “Vamos a construir un muro alto, poderoso y bonito”, dijo Trump a mediados del 2015, cuando pocos se tomaban en serio su candidatura republicana. 

Hillary Clinton, la rival demócrata vencida en las presidenciales del pasado noviembre, rechazaba la idea. Irónico, pues fue su marido, Bill Clinton, quien en 1993 impulsó, con la operación Guardián, la construcción de un primer muro en Texas, concretamente, en El Paso. Le siguieron tramos de California y Arizona, con operaciones bautizadas como Salvaguarda, Salvamento, ABC y, la más hollywoodiense, Cooper Cactus. Para construir el cercado, EEUU echó mano del material sobrante de la primera guerra del Golfo (1991). 

El ejército colocó en suelo kuwaití miles de planchas metálicas para que los aviones pudieran aterrizar sin sobresaltos. Terminada la contienda, esas láminas se trasladaron a la frontera, se pusieron de pie, y ¡alehop!: muro. También el tramo fluvial tiene límites visibles, aprobados en 1997 (operación Río Grande); aunque, básicamente, dispone de una vigilancia más virtual que física: ya se encarga la corriente de ahogar el sueño de la tierra prometida. 

¿Consiguió toda esta tecnología —los últimos tramos se colocaron en el 2009, ya en la era Obama—evitar que los mexicanos y el resto de latinoamericanos intentaran alcanzar la América pudiente? Rotundamente, no. 


Lo que pasó es que la gente tuvo que jugarse la vida por los infinitos desiertos de Chiuahua o Sonora (infierno durante el día, congelación durante la noche), las montañas o cruzando el río; que los coyotes (los guías para cruzar) subieron de precio por el plus de peligrosidad. En los últimos 20 años, se calcula que cerca de 6.000 personas han perdido la vida intentando pasar. Y no siempre han muerto por culpa de los elementos: entre el 2010 y el 2015, los agentes fronterizos abatieron a 33 personas. 

Y del tráfico de drogas, mejor ni hablar: túneles con electricidad en los que cabe una vagoneta o una moto, aviones no tripulados, rampas, cañones, catapultas… Hecha la ley, hecha la trampa. Si algo tiene esa gente es dinero para escabullirse de cualquier intento de cerrar su persiana. Por no hablar de que entre el 27% y el 40% de los inmigrantes sin papeles entraron en el país en avión, esbozando una sonrisa en el control de pasaportes. Su visa expiró y se quedaron a probar suerte (en el 2010 visitaron Estados Unidos ’por placer’ 35 millones de personas; en el 2015 fueron 61 millones). 


Lo que sí ha logrado la frontera y sus 40 puntos de acceso regulado, ya desde su creación, es generar comunidades a su alrededor. A mediados del siglo XIX se distinguía algún que otro rancho. Pongamos como ejemplo el caso de Tijuana, con 1,4 millones de habitantes; Mexicali (700.000) o Ciudad Juárez (1,4 millones). Y en el lado estadounidense, San Diego, con 1,4 millones de ciudadanos (en 1940 eran 200.000), o El Paso (700.000). Buena parte de su actividad económica, pero también cultural, idiomática y tradicional, viene condicionada por la cuestión fronteriza. Los expertos coinciden en que cerrar más el grifo ahogaría la región a todos los niveles. Y a ambos lados. 

A pesar de todos los elementos físicos que separan Estados Unidos de México, Trump firmó el 25 de agosto la orden ejecutiva que autoriza la construcción de un nuevo muro en la frontera sur. Un proyecto del que no ha trascendido boceto alguno. Algunos detalles, a lo sumo. “Empezaremos a construirlo en unos meses”, avanzó en una entrevista televisiva. 

Las características del proyecto siguen siendo una incógnita. Tendrá una altura de entre 10 y 14 metros (llegó a hablar de más de 30 metros) y una longitud de unos 1.600 kilómetros, pero no se sabe si se mantendrá la estructura ya existente o si se derribará todo y se partirá de cero. 

El coste, otro misterio. Según Trump, no debería superar los 13.000 millones de dólares, pero algunos expertos aumentan la factura hasta los 25.000 millones. El líder republicano insiste en que México pagará las obras: “Será un impuesto o un pago, pero pasará”. Pero el presidente mexicano ya le ha dicho que no cuente con sus pesos. Quizás la paguen, pero también se enriquecerán, ya que empresas mexicanas como Cemex se encargarían de suministrar buena parte del cemento. ¿Y la mano de obra? Apuesten... 


¿Y qué dicen los números? ¿Están entrando más mexicanos que nunca en EEUU? ¿Hay más arrestos de inmigrantes? Las cifras no parecen respaldar la urgencia del proyecto. Las deportaciones de inmigrantes, por ejemplo, registraron en el 2015 el nivel más bajo desde el 2007 después de tres años de caída sostenida, y las devoluciones en caliente (sin papeleo) no tenían niveles tan bajos desde 1966.

Tampoco las detenciones sugieren una emergencia nacional: 462.388 en el 2015, la cifra más baja desde 1971. En este último dato, si solo se toma como referencia a los mexicanos, mientras que en el 2006 fueron arrestados 1,1 millones de ciudadanos de este país, hace dos años fueron 268.000, casi un 75% menos. 

Así las cosas, dos países que convivían en aparente paz, con sus más y sus menos, con sus comprensibles roces fronterizos, con sus relaciones comerciales estables, se han convertido de la noche a la mañana en incómodos compañeros de piso dentro de un mismo continente. Si terminarán levantando un tabique o mantendrán el pladur, si se pasará de la valla al muro, ya se verá. 

(Fuente: EP/Carlos Márquez Daniel)