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domingo, 29 de enero de 2017
6:55:54 a.m. 

El mismo día que EE.UU. sugirió aplicar un impuesto del 20 % de las importaciones desde México para financiar el proyecto de la construcción del muro fronterizo, la revista estadounidense Vanity Fair twitió a sus lectores mexicanos un adelanto del reportaje especial sobre Melania Trump, la esposa del presidente de EE.UU.

Este antecedente, unido al hecho de que la publicación está dirigida al público de un país que, según datos oficiales, cuenta con más de 55,3 millones de personas que viven en la pobreza —el 46,2 % de la población—, desataron la furia de los mexicanos.

La foto muestra a la esposa del magnate Donald Trump  sentada sobre la mesa enrollando en un tenedor un lujoso collar que cae en un plato lleno de joyas, como si se tratara de unos simples espaguetis.

Sin embargo lo que trata la revista sobre Melania trasciende por lo sensacionalista: su pasado familiar, las tácticas para lidiar con su marido y cómo planea convertirse en la nueva Jackie Kennedy.

“Con el reciente ascenso de Donald Trump a la presidencia del país más poderoso del mundo, los personajes más allegados a él se han vuelto un blanco de curiosidad, su bella esposa no es la excepción”, aclara la revista mensual estadounidense de cultura, moda y política. “La ahora primera dama de los Estados Unidos refleja esa esencia de lujo que la rodea, un estatus con el que ella se siente cómoda, feliz, no importa si esto transmitido en imágenes editoriales resulte sarcástico y hasta risible. Ella luce siempre perfecta, tal como la historia de su vida que ella cuenta, pero que una vez terminado de leer este trabajo de investigación, el lector juzgará qué tanto de verdad tienen las palabras de Melania”, refiere Vanity Fair Mexico en su adelanto del número correspondiente a febrero 2017, publicitado en twitter.

Los dejo entonces con los “Secretos de Melania”, que si algo no puede —ni pueden ocultar sus detractores— es la belleza de la tercera esposa del actual presidente de EE.UU., exmodelo de origen esloveno nacionalizada estadounidense en 2006:

 

En 2005 no pareció extraño que Melania y Donald Trump celebraran su fiesta de matrimonio junto al expresidente y la ex primera dama Bill y Hillary Clinton, que por aquel entonces era senadora por Nueva York. “Cuando vinieron a nuestra boda, éramos ciudadanos privados”, me recuerda Melania.

Aquella época era menos complicada. Pero las cosas cambian a gran velocidad (lo cual constituye el elemento constante de la insólita vida de Melania Trump), y cuando tu marido presenta un plan para devolverle la grandeza a Estados Unidos, los mismos Clinton junto a los que estuviste sonriendo el día de tu boda pueden pasar a convertirse en enemigos mortales. Y también puedes pensar, como le sucede a Melania Trump, que en realidad este detalle no reviste la menor importancia. “Las cosas son como son —me dice—. Todo esto es un tema profesional, no es nada personal”.

Melania sabía que la política crearía una situación caótica. Es posible que Ivana, la primera mujer de Donald, quisiera que Trump fuera presidente, pero a Melania, la tercera esposa, esta idea nunca le entusiasmó. “Cuando tratamos el tema yo le dije que tenía que estar convencido, saber que quería hacerlo, porque te cambia la vida”, asegura.

Hablamos por teléfono, aunque no tengo la menor idea de si me llama desde su ático lleno de color dorado en la Trump Tower o desde algún acto de campaña. Aunque Melania tiene éxito entre el público en estos eventos, aparece de forma infrecuente. “Nadie me controla. Viajo con mi marido cuando sé que puedo ir y sé que no pasa nada si mi hijo se queda unos días solo con la servidumbre”. 

Aunque Donald declaró que Melania será una extraordinaria primera dama, la antigua modelo no da muchas pistas sobre lo que implicará para ella. En cierta ocasión comentó que desempeñaría el papel de forma “tradicional”, como Jackie Kennedy. Cuando se le pregunta qué causas apoyará, señala que ya participa en “muchísimas organizaciones benéficas que se centran en los niños y en enfermedades muy diversas”.

En este aspecto es igual que su marido: se muestra seductoramente opaca. Repite trivialidades enérgicamente en tono afirmativo e informal (dice que tiene “la piel gruesa”, vive la vida “día a día”, sigue las noticias “de la A a la Z”) hasta que el entrevistador decide que no tiene sentido insistir para lograr respuestas concretas. No obstante, a diferencia de su esposo, Melania es reservada, educada y poco voluble, según sus allegados. “En su interior hay paz”, me cuenta una antigua amiga de Eslovenia. Es rica, pero no una socialité. También es hogareña. Prefiere la familia a la gente de abolengo, y se retira temprano de los eventos.

Los que la conocen creen que imitará el modelo de Jackie. “Se le daría muy bien elegir la porcelana, será una primera dama clásica”, declara el estilista Phillip Bloch, que ha trabajado para el matrimonio y que ha acudido a desfiles de moda con Melania. No obstante, a diferencia de Jackie, que conoció a John F. Kennedy cuando este ya era congresista, Melania no se comprometió a ser mujer de un político al salir con el empresario en 1998.

Trump valora que ella le ponga las cosas fáciles. “Trabajo mucho, desde muy temprano hasta muy tarde —dijo en 2005—. No quiero llegar a casa y esforzarme para mantener una relación”. Para el magnate, divorciado dos veces, Melania es espléndida. Nunca le ha oído “echarse un pedo ni hacer caca”, según le contó una vez al showman Howard Stern. (Melania asegura que la clave es tener baños separados). Él puede estar seguro de que ella se toma la píldora todos los días, tal y como le contó muy ufano a Stern, en ese sentido, es una mujer increíble. “Tiene proporciones perfectas (mide 1.80 m, pesa 56 kilos) y unas tetas estupendas, lo cual no es un asunto insignificante”. Stern preguntó al magnate qué haría si Melania sufriera un terrible accidente de coche, tras el cual se quedara sin poder utilizar el brazo izquierdo, le saliera una purulenta mancha roja cerca de un ojo y se le deformara el pie izquierdo. ¿Seguiría con ella? 

—Y los pechos, ¿qué aspecto tendrían? —preguntó Trump.

“A los pechos no les pasaría nada”, contestó el presentador. En ese caso, claro que seguiría con ella. “Porque ese detalle es importante”.

Hay otras ventajas. El empresario aprecia la contención de Melania al ir de compras. “Nunca se ha aprovechado de la situación, cosa que muchas mujeres habrían hecho”, ha declarado. (“Prefiero la calidad a la cantidad”, me aclara ella). Donald también pone de su parte para que las cosas funcionen. “Es un marido muy comprensivo —contó una vez Melania—. Si le digo: ‘Necesito una hora, me voy a dar un baño’, o si me dan un masaje, no se opone. En ese sentido, me apoya mucho”. Ella me cuenta que deja que él tenga su espacio porque no es una mujer “dependiente” ni “pesada”.

 

Melania consideraba que la candidatura de Trump a la Casa Blanca no tenía mucho que ver con ella. Lo mismo puede decirse de las opiniones más polémicas del empresario, como el desprecio que le inspiran los inmigrantes, a pesar de que su esposa no adquirió la ciudadanía estadounidense hasta 2006. “Decidí no entrar en política ni en temas legislativos. Es mi esposo quien se ocupa de esas cosas”. Ella cuenta sus opiniones a Trump. “Nadie se entera y nadie se enterará jamás —añade, refiriéndose a los consejos que le da—. Porque todo eso queda entre mi marido y yo”.

Esta actitud concuerda con su idea de las funciones de una esposa. “Ella no se sale de su papel —cuenta el estilista Bloch—. Si le preguntan, da su opinión. Si no, no se inmiscuye”.

Cuando conoció a Melania en una fiesta celebrada durante la New York Fashion Week, Donald Trump tenía 52 años. Era un hombre descarado y estridente, sumamente rico, una leyenda neoyorquina. Melania Knauss (su nombre de modelo) tenía 28. Era una morena alta y tímida cuyos ojos aún no habían adquirido ese carácter rasgado y tirante. “Yo no sabía gran cosa de Donald Trump —asegura—. Tenía mi vida, mi mundo. No conocía el tipo de vida que él llevaba”. Esa noche de septiembre de 1998, el magnate llegó con otra mujer, pero se quedó prendado de Melania. Mandó a su acompañante al baño para disponer de unos minutos en los que abordar a la modelo en la que se había fijado. Pero Melania se negó a darle su teléfono y le pidió que fuera él quien le pasara sus datos de contacto. “Si se los daba yo, habría sido una de tantas mujeres a las que él llamaba”, recuerda. La modelo sentía curiosidad por ver si Trump le daba un número de su oficina. “Quería ver cuáles eran sus intenciones —explica—. Dice mucho de un hombre qué número te da. Me los pasó todos”.

Esperó una semana antes de llamarlo. “Hubo mucha química entre nosotros, pero su fama no me impresionó. Es posible que él lo notara”.

(Fuente: RT)