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Como toda empresa humana, los premios Nobel no han estado exentos de polémicas desde que comenzaron a entregarse hace 115 años. La concesión del Nobel de la Paz 2016 al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, es el último capítulo en esa 'nobelesca' tradición de controversias.

Todo parece indicar que los cinco integrantes del comité noruego que otorga el premio Nobel de la Paz estaban convencidos del voto positivo de los colombianos por el acuerdo de paz que, en el papel, pondría fin a la guerra civil de casi 50 años en el país suramericano; el resultado del plebiscito realizado el domingo 2 de octubre, en el que se impuso el 'No', debió de haberlos desconcertado como a media Colombia, pero no lo suficiente como para cambiar una decisión ya tomada en la que se valoran más "los grandes esfuerzos" del premiado sobre la realidad de que nada se ha conseguido realmente.

Como dijera un amigo con la demoledora razón de su humor: para otorgar el Nobel de la Paz, los noruegos parecen haber adoptado el sistema escolar de premiar la participación en clases, lo que explica, por ejemplo, que se lo hayan concedido a Barack Obama en el 2009 "por sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la colaboración entre los pueblos".

Con ese mismo rasero de premiar el esfuerzo sin reparar en los resultados, también habrían podido dárselo en su momento, digo yo, a otros presidentes colombianos —Belisario Betancourt, César Gaviria, Andrés Pastrana— que establecieron conversaciones de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), si bien, justo es reconocerlo, ninguna de ellas coronada con un acuerdo tan trascendente como el logrado por Juan Manuel Santos.

El camino de Damasco de Alfred Nobel

Se cuenta que en 1888, al leer en un periódico francés un obituario inexacto en el que se le tildaba de "mercader de la muerte" (quien había muerto en realidad era su hermano Ludvig), Alfred Nobel quedó tan perturbado por la forma en que se le recordaría que decidió que su nombre quedara asociado para siempre a un acto de generosidad y no a los inventos de muerte como la dinamita y explosivos similares con los que levantó su fortuna.

El hecho de que hacia 1894 comprase Bofors, una empresa dedicada a la fundición de hierro, e hiciera de ella una rentable fábrica de armamentos y explosivos, torna la historia de su conversión en una leyenda que sólo se sostiene por la circunstancia de que hoy, tal como quiso, se le recuerda no tanto por sus letales invenciones como por los premios que llevan su apellido.

En cualquier caso, parece evidente que ese pacifismo a deshora fue lo que decantó a Alfred Nobel a incluir en su testamento la lucha por la paz como una de las categorías a premiar —el galardón lo otorga un Comité́ de cinco personas designado por el Parlamento de Noruega que en aquellos tiempos, junto a Suecia, formaba parte de un solo país—, como mismo de sus devaneos literarios —fue el autor de algunos versos prescindibles y de un par de obras de teatro— se deduce la inclusión de los literatos entre las personas capaces de realizar "el mayor beneficio a la Humanidad".

La subjetividad inevitable a la hora de elegir a los premiados en estos dos rubros explica los cuestionamientos que provocan sus nombramientos. En Física, Química y Medicina/Fisiología las razones son más impersonales y palpables: podrá haber desmemoria —el de Física no lo ha recibido aún Stephen Hawking, por citar una omisión manifiesta— pero no controversia por la designación.

Si los integrantes del Comité Nobel Noruego se apegaran estrictamente a la última voluntad del inventor y químico sueco, quien dispuso que una parte de su fortuna se diese "a la persona que haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y para la celebración y promoción de congresos por la paz", Juan Manuel Santos ni siquiera debía haber sido nominado.

Por razones que ignoro, la voz sueca 'fredskongresser' ('congresos por la paz') suele mal traducirse a veces como 'procesos por la paz' ('fredsprocesser'), lo que justifica que en más de una ocasión se haya galardonado el activismo pacifista de un candidato en un conflicto local.

El pasado año, sin ir más lejos, se le concedió al Cuarteto para el Diálogo Nacional en Túnez "por su decisiva contribución a la construcción de una democracia pluralista" en ese país tras la llamada 'Revolución de los Jazmines', que en el año 2011 derrocó al dictador Zine El Abidine Ben Ali.

En este caso cabe siquiera la excusa de que se premió el resultado del activismo, como mismo sucedió cuando en 1993 Nelson Mandela y Frederik Willem de Klerk recibieron el premio "por su trabajo para el fin pacífico del régimen de apartheid, y por sentar las bases para una nueva Sudáfrica democrática".

Escrúpulos de traducción aparte, al menos en esta ocasión los noruegos tuvieron el buen juicio de no incluir en la premiación a Rodrigo Londoño Echeverri, alias 'Timochenko', el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), cuyo historial no lo convierte precisamente en un símbolo de paz. No ocurrió así en 1979, cuando se le otorgó el Nobel al primer ministro de Israel, Menájem Beguín, de conjunto con el presidente egipcio Muhammad Anuar Sadat, por la firma de los Acuerdos de Camp David en los que se negoció la paz entre ambos países.

La desafortunada inclusión de Beguín, con un abultado expediente de sangre en su lucha por la creación del Estado de Israel, hace resaltar aún más la perturbadora ausencia en la lista de premiados de Mahatma Gandhi, quien construyó un país independiente desde la no violencia.

Aunque no es la primera vez que el Comité Nobel Noruego confunde 'posibilidad' y 'realidad'. En 1973, cuando el premio recayó en Henry Kissinger y Le Duc Tho "por el Acuerdo de París […] destinado a lograr un cese al fuego en la guerra de Vietnam y la retirada de las fuerzas estadounidenses", el dirigente vietnamita lo rechazó con el argumento que lo ennoblece de que "su país todavía no estaba en paz".

No creo que Juan Manuel Santos —quien ya expresó que recibía el Nobel no a título personal, sino "a nombre de todos los colombianos, en especial a las millones de víctimas" del conflicto, y anunció asimismo que donaría los ocho millones de coronas suecas del importe del premio (alrededor de 950.000 dólares) "para que las víctimas puedan ser reparadas"— tenga la grandeza de rechazarlo, siquiera simbólicamente, hasta que las paz en Colombia sea una certidumbre jubilosa y no, como ahora, una eventualidad novelesca (y 'nobelesca').

(Fuente:msn)