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7:32:42 p.m. 

Por Mercedes Rodríguez García 

El tiempo, ¡caray!, debe pensar él, pícaro y sonriente por su bien conocida alergia al elogio y rechazo a la lisonja.

Pero no —supongo— el tiempo con su carga implacable de días y de noches, de noches y de días, que lo es, y exige su derecho a curvar la talla, surcar el rostro, blanquear el cabello, secar los músculos, desacelerar la marcha.

Más bien —pienso— se trata del tiempo con fisuras, el tiempo vulnerable, el tiempo del que tantas veces se ha burlado él con su carga de astucia, voluntad, riesgos, sacrificios, misiones, deberes y trabajos.

Quizás —deduzco— el tiempo de los protagonistas, de los subyugadores.

El tiempo —digo yo—  de los predestinados. Solo ellos configuran su propio calendario sin días, ni meses, ni semanas; sin alegorías, ni galas, ni solemnidades.

Pero hoy, el de sus 90, es tiempo de celebración.

Fiesta necesaria para quien se ha empeñado en disipar el culto a su persona y mantener en silencio terrenales amores, amores raigales, amantes amores, amores de padre, de hijo con  nietos, biznietos y sobrinos, amores de hermanos, amores de amigos, tangibles amores. 

Fiesta imprescindible a quien se debe y se ha entregado, y lleva nombre de pueblo, de cubanos agradecidos, coterráneos, hombres y mujeres de todas las edades, de esa Cuba profunda que le escucha y aplaude, le lee y asienta, le exige y reclama, porque así es de cardinal el singular estadista de ciclónico paso.     

Y no es leyenda, ni mito. Lo sabemos. Y aunque algunos se empeñan en restarle tenacidad y energía, muy ajeno él a las miserias humanas que separan, ahora organiza de otro modo su tiempo, que siempre ha sido tiempo de destino común, de varón dispuesto, de caballero castizo, de probado timonel.

Odiado por unos, amado por otros, su tiempo —como él mismo— yace asentado en la conciencia individual y propia. Por eso ha de buscársele, sin prejuicios, dentro de sí, como una realidad influyente y decisiva…

Solo de tal modo aparecerá el guerrero triunfante, el revolucionario convencido de sus verdades, el conductor, el guía indiscutible que hoy celebra, pese a tantos intentos proyectados de acortarle el tiempo, pese a tanta lastimosa crónica mediática anunciándolo muerto.

Nació a las 2:00 de la madrugada, un agosto 13 del año 26. A los 26 años tomó las armas y empezó su lucha. Y el 13, sabemos, es la mitad de 26, el del Movimiento y del Moncada, en julio. Los elementos convergen. La noche lo favoreció, lo hizo rebelde y guerrillero. Lo llevó a la Sierra, lo extendió a los llanos. Lo concibió esencial en el camino, en las ciudades, en las fábricas, en las siembras, en anónimos y publicitados versos, en libretas de apuntes, en pinceles, en guitarras y violines, en postales y afiches, en fotos, en célebres diarios, en best seller, en gorras con estrellas, en oficinas y escuelas, en puertas y ventanas, en comedores y salas.

La fiesta es entonces, necesaria y merecida. Asunto de cubanos, a fuerza de pasión, a veces un tanto exagerados. Y también asunto de amigos, incondicionales y buenos que existen en los cuatro puntos cardinales y saben aconsejarnos, alertarnos y cuestionarnos con generosidad y justeza.

A él todos los cubanos debemos algo. Y otro como él, no se repetirá en muchos años. Hay que aceptarlo. Su imagen de ardoroso líder, de indómito insurgente, lo hará real y perdurable en el tiempo.

Como escribiera Martí, en 1892:

«Los hombres que quedan son los que encarnan en sí una idea que combate o una aspiración destinada al triunfo… No importa que hayan defendido sus doctrinas con exceso: así han de defenderse las ideas justas, para que al retraerse, como todo se retrae en la marea del universo, no quede la idea demasiado atrás… La pasión es una nobleza. Los apasionados son los primogénitos del mundo.»

Su figura no se dobla bajo el peso de los años. Crece y crecerá comparada con la chatura de tantos espantosos ignorantes, o de unos pocos hijos extraviados, o de calumniosas campañas, o de engañosas cortesías imperiales.

Hoy no celebramos la fiesta de un hombre que atribuye al azar el haber vivido tanto. Celebramos el cumpleaños de una figura histórica que las generaciones más jóvenes no conocen más allá de referencias familiares o escolares.

Celebramos su tiempo. El de un linaje que parece extinto, o distante. La de quienes se sacrifican, arriesgan, piensan, creen, laboran, velan de verdad. El de una estirpe que no podrá ser trasplantada, ni clonada, sino educada dentro de la prosperidad y el valor de los ideales, sin oscuros egoísmos, sin el ojo puesto en la conveniencia, ni en el del lado muelle donde se vive mejor.

Se requieren palabras, argumentos, demostraciones, como las que él ha dado siempre, a contrapelo del sol, la lluvia, la tormenta, el dolor, las amenazas, los escoltas, los visitantes, los periodistas, la prisa de los demás que escuchan.      

Por eso reitero que hoy no celebramos la fiesta de un hombre. Ni escribo las consabidas felicidades con que terminarán muchos colegas escritos parecidos.

Festejamos la fiesta de una idea.

¡Gracias, Fidel!