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Por Mercedes Rodríguez García

De niño jamás pasó susto como el de hace unos días, cuando le avisaron que no perdiera tiempo, que «de una hora no pasaba la cosa», y salió en bicicleta a retar la madrugada.

De más joven sí que tuvo sobresaltos, aunque ninguno como el de la primera vez. Sí, la primera vez, que fue la de muchas cosas que luego —algunas—se volvieron cotidianas y, otras —las menos—, extraordinarias.

Ya se lo habían advertido, que por muchos días que le regalara la vida, ninguno, ¡pero ninguno!, lo recordaría como este, al comprobar cuán poco valía todo lo que hasta ahora había considerado importante, comparado con aquello, «¡la cosa más linda que puede ocurrirle a un ser humano!».

Nunca lo imaginó. Los meses pasaron volando: entre la tesis de grado y otras «actividades colaterales», al decir de su mejor amigo, quien hacía poco « pasó por la misma cosa»; sin haber «madurado lo suficiente», en honor a la expresión del viejo cada vez que, tirándole por los pies, lo tumbaba de la cama para que lo ayudara a cargar unos cubos de agua; y los reclamos de la entonces novia que, extenuada, le miraba con enojo jugando en la PC.

En realidad la decisión fue de los dos, aunque mucho tuvo que ver la suegra, que les puso el matrimonio por delante. Sin criticarlos y mucho menos recriminarlos, cuestionó abiertamente la «tendencia moderna del instinto y las pasiones»,  porque de acuerdo con su pensamiento «no ayudan al dominio necesario para que sobre ellas ejerzan la razón y la voluntad».

Bueno, si, se casaron. Y pasó el tiempo y pasó... No tienen casa, pero en el cuarto que les cedió la abuela hay espacio para un mueble más. ¡Y qué lindo se ve este!  Recién colocado, barnizado, con manos propias, con la pintura del primer salario. ¡Quién lo iba a decir!

Lo sabe. El abuelo estaba en lo cierto. En lo adelante las cosas serán muy distintas. Además de vivienda, alimentación, educación, salud y vestimenta tendrá que disponer de cosas tan importantes como el amor, amistad, tiempo y protección.

Porque esa, «¡la cosa más linda que puede ocurrirle a un ser humano!», lo va a querer mucho, mucho, mucho. Y lo comprobará: cada vez  que proclame tener el papá más bueno y valiente, el más inteligente, el más fuerte, el más lindo…

Porque esa cosita que tiene en los brazos, mira con admiración y asombro, besa en la frente, acaricia dormida, le hará sentir el mejor hombre del mundo, donde quiera que esté, dónde quiera que vaya, con los años que tenga y las ausencias que invente.

Sí, vale el susto, que es susto de la primera vez.

Ser padre es de las muchas cosas cotidianas, y de las poquísimas extraordinarias que pudieron sucederle, pero por voluntad y razón.