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10:17:50 p.m.

Por Mercedes Rodríguez García 

«El año se me fue volando», dijo. Y tomó de encima de la mesa uno de aquellos libros «viejos» que había separado para vender. «No, este no, está dedicado». Con cuidado lo retiró de la pila, no tan grande, apenas unos 20 volúmenes, que todavía se veían «nuevos»...

En realidad no estaba seguro de que los hubiera leído todos, pero ya no tenía espacio donde meterlos. Luego dirigió  su mirada a una esquina del  balcón donde tres días antes había amontonado algunos objetos de los que también se desprendería: una olla a presión INPUD, un ventilador Orbita, la bocina agujereada de un «Selena», el motor de una lavadora Aurika, hasta pomos vacios de compota Mashenka y un par de aquellos «cabezones» en que envasaban la col agria. «Cosas viejas de los 80», comentó para sus adentros tratando de justificar cierta añoranza. Luego, los echó todos en un saco  —incluso los libros, y salió con el bulto a rastras. «¡Año nuevo, vida nueva!», se animó tras el portazo. Como si tirar al vertedero lo antiguo, lo pasado de época, fuera a cambiarle la vida. Pero era una tradición familiar no pasar de un año a otro ni con la casa sucia, ni con trastos inútiles dentro. «Ikú habita en los basureros», había aprendido en el diplomado en cultos sincréticos. Así que, junto con la promesa de abandonar el cigarrillo y los CUC ahorrados con trabajo nocturno en un paladar, despidió 2015 en casa de un amigo, por todo lo alto. Había sido un año bueno. «Bueno, no tan bueno, aún no tengo internet», especuló mientras con sus veloces pulgares redactaba el mensaje que «Nauta» se encargaría de hacerle llegar a los abuelos. Entonces se acordó del libro «viejo» que había separado, por la dedicatoria: «Para cuando aprendas a leer. Nuestro Martí, que tenía un anillo de hierro, y esa fue su joya más preciada…» Sí, sí lo había leído. No completo, porque no le gustaba mucho la lectura. «A Martí debían editarlo en mp3», meditó mientras se ajustaba los auriculares. Le gustaban las canciones de Buena Fe y también unas cuantas de la trova tradicional y muchas más de los Beatles. «Cuba está de moda», y a la mente le vinieron los más destartalados «almendrones», aunque también los remotorizados Cadillac  y Chevrolet en que tanto les gusta pasear a los turistas cuando visitan La Habana. ¡Ah, La Habana!, con su Malecón, la Plaza de la Catedral, pero sobre todo con Eusebio Leal y el alma Mater de la Universidad. «¡Cómo subí de veces sus escaleras!», pensó con una extraña nostalgia por el Período «que de Especial nada tenía», y que como tantos cubanos pudo sortear con dignidad, con Fidel entre ciclones, de un lado para otro de la isla.«¡Cómo llovió aquel día de septiembre que estuvo en Santa Clara!». Eran años de sacrificios y penurias, aunque eso sí, las calles estaban más limpias y no había tantos huecos y salideros. «Yo creo que la gente era mejor, menos egoísta con las cosas materiales», reflexionó. Y recordó la Plaza del Che, de bote en bote; a la prima y a su marido italiano; a la novia mulatica de «Las Marianas»; al abuelo y la abuela, que llegan en vuelo directo la próxima semana. No por lo que le traigan, que siempre resuelve. «Sería yo demasiado egoísta», y profundizó en su cerebro y en su corazón: la agresividad, la hostilidad; la crisis económica que ha golpeado a países enteros y parece quitar horizontes de esperanza a tantísimas personas, la desequilibrada y miope relación con la naturaleza; el relativismo cultural y moral que hace perder el sentido de la búsqueda y de la existencia de la verdad; la pobreza de multitud de seres que viven en la miseria o que no conocen otra cosa que sufrimiento y explotación, la crisis de la familia, insustituible célula básica de una sociedad sana y próspera. Y siguió prendido a los auriculares, decidido a  zambullirse como pez en la música. Compay Segundo, The Beatles, y siempre Buena Fe: De Alto Cedro voy para Marcané/ Luego a Cueto voy para Mayarí (…) When I find myself in times of trouble/ Mother Mary comes to me/Speaking words of wisdom, let it be* (…) el patriotismo entraña muchas restricciones/ Yo soy cubano por cuatro generaciones… «Así que palante y palante, cubañolito». Y recorrió en panorámica visual  toda la casa. En la sala, el mismo cuadro de Jesucristo y los mismos muebles de caoba comprados a plazo en los 50, dos cómodos y dispendiosos butacones de la TRD, y el Panda con la cajita digital arriba. Sobre la mesa, en un florero de Artex, la madre recién, había puesto girasoles. «¡Qué bueno que no ha hecho  frío!». Por eso seguro le sonreían.

* Cuando tengo momentos de angustia/ La madre Mary se acerca a mí/Diciendo sabias palabras, déjalo estar.