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12:51:35 a.m. 

Francisco habla a los obispos en del Encuentro Mundial de las Familias y los invita a cambiar de actitud: no podemos quejarnos siempre, ni excomulgar a los jóvenes que no se casan. Debemos cuidar las heridas y acompañar. Incluso una «mujer samaritana con sus ‘cinco no-maridos’» descubre que es capaz de ofrecer testimonio. 

Papa Francisco habla a los obispos que participan en el Encuentro de las Familias y les dice que se acaba de reunir con un grupo de víctimas de pederastia clerical. Hablando sobre la familia, los invita a no quejarse por la secularización ni por el hecho de que los jóvenes ya no se casan: «¿Debemos excomulgarlos?», se pregunta Bergoglio. Invitando a los pastores a valorar la propuesta positiva de la familia, acompañando y curando las heridas, porque también los que viven en las situaciones más complejas, como la samaritana con sus «cinco no-maridos», descubren que son capaces de ofrecer testimonio. 

Esta vez, el Papa también pide a los obispos un cambio de actitud, porque no se trata de un motivo de preocupación, sino de la feliz confirmación de la bendición de Dios. La estima y la gratitud deben «prevalecer sobre el lamento», a pesar de todos los obstáculos que existan. 

Francisco no oculta «la profunda transformación del la época, que incide en la cultura social (y también jurídica) de los vínculos familiares, y que involucra a todos, creyentes y no creyentes. El cristiano no es ‘inmune’ a los cambios de su tiempo». 

Recuerda que hace tiempo se vivía en un contexto en el que las afinidades de la institución civil y del sacramento cristiano eran fuertes y compartidas: estaban conectadas entre sí y se sostenían recíprocamente. Ahora ya no es así, constata Francisco, ya no se encuentra la fuerza para confiar: «Esta ‘cultura’ del mundo actual sólo tiene aversión al matrimonio y a la familia, en términos de puro y simple egoísmo. La cultura actual, explica el Papa, parece estimular a las personas a entrar en la dinámica de no vincularse a nada ni a nadie. No dar confianza y no fiarse. Porque lo más importante hoy parecería ser ir tras la última tendencia o actividad. Y esto también a nivel religioso. Lo que es importante hoy lo determina el consumo». 

Y esto produce, según Francisco, «una gran herida. Osaría decir que una de las principales pobrezas o raíces de tantas situaciones contemporáneas consiste en la soledad radical a la que se encuentran obligadas las personas. Siguiendo un ‘like’, persiguiendo el aumento del número de ‘followers’ en cualquier red social, así las personas siguen la propuesta ofrecida por esta sociedad contemporánea. Una soledad temerosa del compromiso en una búsqueda desenfrenada de sentirse reconocidos». 

«¿Debemos —se preguntó el Papa— condenar a nuestros jóvenes por haber crecido en esta sociedad? ¿Debemos anatematizarlos por vivir en este mundo? ¿Deben ellos escuchar de sus pastores frases como: ‘Todo pasado fue mejor’, ‘El mundo es un desastre y, si esto sigue así, no sabemos a dónde vamos a parar’? Esto me suena a un tango argentino. No, no creo que este sea el camino. Nosotros, pastores tras las huellas del Pastor, estamos invitados a buscar, acompañar, levantar, curar las heridas de nuestro tiempo. Mirar la realidad con los ojos de aquel que se sabe interpelado al movimiento, a la conversión pastoral. El mundo hoy nos pide y reclama esta conversión. ‘Es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo. La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie» (Evangelii gaudium, 23). El Evangelio no es un producto para consumir». 

Francisco dice que sería erróneo interpretar esta «cultura del mundo actual» solo como si fuera «aversión al matrimonio y a la familia, en términos de puro y simple egoísmo. ¿Acaso todos los jóvenes de nuestra época se han vuelto irremediablemente tímidos, débiles, inconsistentes? No caigamos en la trampa. Muchos jóvenes, en medio de esta cultura disuasiva, han interiorizado una especie de miedo inconsciente, y no siguen los impulsos más hermosos, más altos y también más necesarios. Hay muchos que retrasan el matrimonio en espera de unas condiciones de bienestar ideales. Mientras tanto la vida se consume sin sabor. Porque la sabiduría del verdadero sabor de la vida llega con el tiempo, fruto de una generosa inversión de pasión, de inteligencia y de entusiasmo». 

En el Congreso de los Estados Unidos, hace unos días, recuerda Bergoglio, explicó que «estamos viviendo una cultura que impulsa y convence a los jóvenes a no fundar una familia. Unos por la falta de medios materiales para hacerlo, y otros por tener tantos medios que están muy cómodos así. Pero esa es la tentación, no fundar una familia». 

«Como pastores —subraya—, los obispos estamos llamados a aunar fuerzas y relanzar el entusiasmo para que se formen familias que, de acuerdo con su vocación, correspondan más plenamente a la bendición de Dios. Tenemos que emplear nuestras energías, no tanto en explicar una y otra vez los defectos de la época actual y los méritos del cristianismo, sino en invitar con franqueza a los jóvenes a que sean audaces y elijan el matrimonio y la familia. En Buenos Aires, cuántas mujeres se lamentaban… ‘Tengo mi hijo, de 30, 32, 34 años y no se casa, no sé qué hacer’. ‘Señora, no le planche más las camisas’. Hay que entusiasmar a los jóvenes a que corran ese riesgo, pero es un riesgo de fecundidad y de vida». 

Naturalmente, el rasgo fundamental del estilo de vida del Obispo es, insiste Papa Francisco «en primer lugar vivir el espíritu de esta gozosa familiaridad con Dios, y difundir la emocionante fecundidad evangélica, rezar y anunciar el Evangelio. Y siempre me llamó la atención y me golpeó cuando, al principio, en el primer tiempo de la Iglesia, los helénicos se fueron a quejar porque las viudas y los huérfanos no eran bien atendidos. Claro, los apóstoles no daban abasto, entonces descuidaban. Se reunieron, inventaron los diáconos. El espíritu Santo les inspiró constituir diáconos, y cuando Pedro anuncia la decisión, explica: vamos a elegir a siete hombres, así, así, para que se ocupen de este asunto. Y a nosotros nos tocan dos cosas: la oración y la predicación. ¿Cuál es el primer trabajo del obispo? Orar. Rezar. El segundo trabajo, que va junto con ese, predicar. Nos ayuda esta definición dogmática, si me equivoco, cardenal Müller, ¿eh? Nos ayuda, porque define cuál es el rol del obispo, es constituido para pastorear, es pastor, pero pastorear primero con la oración y con el anuncio. Después viene todo lo demás, si queda tiempo». 

El Papa critica «un cristianismo que ‘se hace’ poco en la realidad y ‘se explica’ infinitamente en la formación», con una desproporción «peligrosa» se encuentra en «un verdadero y propio círculo vicioso». El pastor «ha de mostrar que el Evangelio de la familia es verdaderamente ‘buena noticia’ para un mundo en que la preocupación por uno mismo reina por encima de todo. No se trata de fantasía romántica: la tenacidad para formar una familia y sacarla adelante transforma el mundo y la historia. Son las familias las que transforman el mundo y la historia». 

Francisco invita a los obispos a «perder tiempo» con las familias, estando con ellas y compartiendo sus dificultades, sabiendo estar cerca de los que se han perdido, de los abandonados, de los heridos, de los devastados y de los que han sido despojados de su dignidad. Si «somos capaces de este rigor de los afectos de Dios —concluye Bergoglio—, Dios, cultivando infinita paciencia y sin resentimiento en los surcos a menudo desviados en que debemos sembrar, realmente tenemos que sembrar tantas veces en surcos desviados, también una mujer samaritana con cinco ‘no maridos’ será capaz de dar testimonio. Y frente a un joven rico, que siente tristemente que se lo ha de pensar todavía con calma, un publicano maduro se apresurará a bajar del árbol y se desvivirá por los pobres en los que hasta ese momento no había pensado nunca». 

«Que Dios nos conceda —pide al concluir Papa Francisco— el don de esta nueva projimidad entre la familia y la Iglesia. La necesita la familia, la necesita la Iglesia, la necesitamos los pastores». 

(Fuente: VILS)