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Por Mercedes Rodríguez García

Ya tiene 91 años y la memoria le falla a cada rato. Tampoco es aquella mujer gruesa y de fortaleza física probada que entrevisté en 1981. Pero por sus méritos como revolucionaria, miliciana, alfabetizadora, fundadora de la FMC y diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular, Cira García O’Relly sigue siendo una mujer valiente y decidida.

Sabe que a su edad es la vida misma lo que enfrenta, y sabe hacerlo con la dignidad de una mujer heroica. No, no importa que ahora viva en La Habana y que sea su nieta Idania quien la cuide. Entre la cama y el sillón, Cira deja pasar estos tiempos en que tanto le gustaría volver a probarse, como lo hizo en diciembre de 1961 cuando salvó la vida de tres brigadistas que vivían en su casa, en el poblado de Carahatas, Quemado de Güines.

Como ella no hubo muchas, la verdad. Por eso, y por el tiempo que ha pasado, vale retomar los detalles más sobresalientes de aquellos hechos en los que casi pierde una pierna. Hoy, solo son recuerdos que despierta la enorme cicatriz y que van a conocer nuevas generaciones de muchachas, miles que ingresan este 23 de agosto a la FMC, y miles que ya dentro de sus filas se entregan al trabajo de una organización que cumplirá ese día su 55 aniversario.

LOS BANDIDOS EN LA CASA

«Nuestra casa era pequeña, por eso puse a los cinco brigadistas en algo que hacía las veces de esquina, a unos seis metros de la vivienda. Allí colocaron sus hamacas, con muy pocas comodidades por lo reducido del espacio. Orlando era el mayor, brigadista Patria o Muerte, le habían entregado una pistola calibre 38; Ricardo, maestro voluntario, y Raúl, de las Conrado Benítez.

«La primera incursión fue el domingo 10 de diciembre, como a las 11 de la noche. Sentí como si forzaran una puerta. Me levanté, y vi las sombras. Cogí la metralleta que teníamos en casa y salí al patio haciendo varios disparos. Me ripostaron y se largaron. Desde entonces, cada vez que sentía ladrar a los perros me ponía en tensión. Hubo noches que me las pasé en vela completa, porque de aquellos muchachos yo era la responsable y no podía permitir que se les tocara ni un cabello.

«No, yo no veía bandidos por todas partes, pero es que estaban furiosos porque los teníamos en jaque. Ya Tondike, el jefe de la banda, había sido apresado y fusilado, y los que quedaban se mostraban más sanguinarios que nunca. Por eso volvieron el viernes 15 de diciembre.

«Primero vinieron como a las nueve de la noche, por el lado izquierdo de la casa, por donde mi esposo tenía la herrería. Igual que la primera vez, sentí ruidos, salí y les disparé una ráfaga. Se fueron. Entonces busqué y traje a los brigadistas para la casa. Como a la una de la madrugada, vinieron de nuevo. Pero esta vez no los escuche a tiempo, la tensión y la vigilia prolongadas hacían sus estragos. Les dije a los muchachos que se echaran al suelo, y salí del cuarto hacia el comedor, buscando la sala, siempre decidida a tirar, esta vez con la pistola 38 de Ricardo. Uno que salió de atrás de la máquina de coser me atacó por el hombro, con la culata de su fusil. Pero como el arma mía era más corta, logro disparar primero. Siento un grito: ‘‘Parece que lo toqué’’, me dije. Ni pensar pude, de abajo de la mesa me disparan.

«Sentí un golpe seco en la pierna izquierda, que se me empieza a entumecer; la bala me había atravesado de lado a lado y de abajo arriba. Después hicieron dos disparos más, y yo les riposté. Con gran esfuerzo me arrastré hacia la cocina, desde donde les hice un disparo más antes de que se perdieran en la oscuridad. Logré incorporarme, cerrar la puerta del patio por donde habían entrado e ir a ver cómo estaban los brigadistas.

«Yo misma me lavé la herida. Ya amaneciendo salimos para El Cayuelo, donde informamos al teniente Bermúdez, y de ahí me llevaron a Cayo Ramona para recibir los primeros auxilios. En el hospital de Sagua la Grande me operaron. Después, cerca de la casa, los milicianos ocuparon tres sogas, dos de ellas con los nudos ya hechos. Por el lugar donde fueron halladas, supusimos que eran para ahorcar a los alfabetizadores.

«Ellos eran para mí como otros tres hijos más.  Me siento feliz de que no les haya pasado nada. Respecto a mí, tenían que matarme primero antes que hacerles algo a ellos. Lo demás no importa, estimo que cualquier sacrificio por esta Revolución es poco, y aquello no fue nada».

EPÍLOGO

Después de los hechos narrados, Cira siguió en el pequeño poblado; allí continuó trabajando como maestra hasta 1967, cuando pasó a las filas del Ministerio del Interior, en La Habana, donde estudiaban dos de sus hijos. Fungió como interventora de algunas empresas que por entonces se nacionalizaban, y todavía a los 60 años trabajaba como administradora de una bodega, labor que compartió con el sindicato, el comité, la federación, delegada de circunscripción, y matriarca de un hogar que compartió durante mucho tiempo con sus hijos, nueras, nietas y sobrinas.

Cuando hace unos días localicé por teléfono a su nieta Idania, y me dijo que Cira vivía, no podía creerlo. ¿Y cómo está? ¿Está lúcida? «Mire, sigue siendo la misma que usted conoció, hace 34 años, muy fuerte de carácter, de algunas cosas se acuerda y de otras no, pero ¡de los bandidos y los alfabetizadores, siempre!» Y de la Revolución, ¿qué dice? «Que quisiera tener fuerzas para trabajar, para tratar de resolver los problemas, lo mismo que le dijo cuando usted la entrevistó: que problema que ella resuelva, es un problema menos que tiene la Revolución… ¡Ojalá haya Cira García O’Relly por mucho tiempo. Por eso le puse Doña Cira a mi paladar, para que su historia no se pierda en el olvido».