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 Por Mercedes Rodríguez García 

Si habláis de la vergüenza
Si queréis señalar las altas cumbre del decoro
Buscad allá en la cumbre del  Hombre
Entre  raíz  de trueno y palpitar de troncos
La presencia profunda que nos manda y nos cerca…
¡El General Antonio!
 
 (Manuel Navarro Luna, Poemas mambises, 1943)

Nació en Santiago —el de Cuba—, un día antes de la mitad de junio, harán mañana 170 años. Dicen, o no dicen —me imagino—  gritó fuego en vez de llanto y fue creciendo volcán inteligente. ¡Qué sangre la heredada de Marcos y Mariana! ¡Qué inteligencia en vigoroso cuerpo!

Hablemos, pues, del General Antonio:

Mulato, fiel a su código de honor y patriotismo, ascendió a fuerza de coraje y decisión. Madurez política y disciplina le caracterizaron. 

Sabemos de su estirpe de león y de leona; de la fuerza de su brazo y mente luminosa; de los 800 combates en la Guerra Grande y de los 119 en la del 95; de la veintena de heridas en su cuerpo de 51 años; de su más descollante proeza invasora hacia occidente; del Zanjón, y Baraguá. ¡Dignísima actitud de intransigencia!

Sabemos de sus más famosas frases —¡dos entre tantas!—: «Quien intente apoderarse de Cuba, recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, sino perece en la lucha», «… La libertad se conquista con el filo del machete…»

Hablemos, pues, del General Antonio.

Su pensamiento vivo nos es indispensable. Saquémoslo del bronce y la leyenda. Que en cada cubano se haga carne viva, honradez, vergüenza, modestia, decoro cotidianos.

Como dijera Martí en su artículo Oficios de la alabanza: «El vicio está de moda, hay que poner de moda la virtud.» 

Hablemos, pues, del General Antonio. 

 Dejemos que nos marque profundo. Y nos una, y disponga.