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Quiso el destino que fuera el 9 de marzo la fecha marcada para despedir a Melba Hernández, hace hoy justamente un año. Quiso, contradictoriamente, que a solo unas horas de celebrar el Día Internacional de la Mujer, dijera adiós una dama universal, como dijera el cantor, “que la historia anotó entre laureles”. Porque la muerte no entiende de calibres humanos de mujeres como ella que no deben morir. No sabe que Melba no ha muerto.

La de la lucha contra la tiranía batistiana, quien conoció a Fidel en aquel apartamento de 25 y O, donde vivían Haydée y Abel Santamaría, y que en una entrevista que le hicieran en una ocasión respondió: “Mi primer sueño sería que Fidel pudiera ser eterno”. Aquella que en el juicio del Moncada denunciara los asesinatos a prisioneros y la desaparición de sus compañeros entre los que se encontraba Abel, y en la Sala del Pleno de Santiago de Cuba desmintiera que Fidel estaba muerto, ante las manipulaciones que querían impedir su asistencia al juicio; esa Melba está presente todavía en las historias de miles de mujeres cubanas, porque nunca llegó a traspasar el umbral de los olvidos cotidianos.

Como tampoco se borrará de la conciencia histórica aquel 20 de febrero de 1954, cuando al salir de la prisión declarara en transmisión radial, que la llevó al Moncada un “amor santo por la libertad, por cuyos principios estamos dispuestos a ofrendar la vida”; y que en los tiempos difíciles de 1956 se dedicó a preparar el destacamento de combatientes que luego vendrían en la expedición del yate Granma, y que los despidió en el puerto de Tuxpan, México.

Se quedó grabada en la historia, en la herramienta del maestro que quiere eternizar su imagen, cuando lee para ellos La historia me Absolverá, y les recuerda el papel que desempeñó en su publicación y distribución clandestina junto a Haydée. Y les cuenta de su valentía a prueba de fuego, al asumir su responsabilidad en la organización del movimiento revolucionario y su disposición a ser condenada.

La Heroína del Moncada, quien empuñaba el arma de combate con la misma delicadeza con que tomaba una flor, la del sentido de la belleza y el rigor intelectual, supo a escasa edad que había que defender a los seres humanos por sobre todas las cosas y dedicó a ello su vida con pasión.

Por eso se le vio incorporarse al Ejército Rebelde en el III Frente Doctor Mario Muñoz, encabezar la fundación del Partido Comunista de Cuba, ser diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular, y enamorarse de las conquistas y anhelos del pueblo vietnamita, y presidir el Comité Cubano de Solidaridad con Vietnam del Sur primero, y Vietnam, Cam­bo­dia y Laos después, y ser embajadora de Cuba en la República Socialista de Vietnam.

Mujer de esa estatura humana se nos escapó un 9 de marzo, como para recordarnos que sin ella el mundo es más oscuro. Mejor dicho, que Cuba sin mujeres como ella no sería Cuba. Cuando en carta dirigida a su esposo Jesús Montané, estando él en prisión, Melba escribiera, “Cuba tiene alma”, no sabía que acuñaba una verdad: Cuba tiene un alma, y su alma son las mujeres como ella.

(Fuente: Granma)