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En un contexto global caracterizado por el desgaste de los sistemas de partidos, el descrédito ético de los poderes públicos, la resiliencia de los enfoques ideológicos y la devaluación de lo político, el sentido mismo de la acción política aparece cuestionado.

Quizás nunca antes en la historia, sin embargo, resulte tan claro el papel de esta acción como palanca del desarrollo, talanquera ante la razón tecnocrática, encauzamiento de diferencias en conflicto (sociales, de género, étnicas, de clase, nacionales, religiosas, ideológicas), sujeción del poder burocrático a un orden basado en la práctica real de la ley, y reanimación de la polis, o sea, del protagonismo ciudadano.

Cómo impactan las culturas institucionales, la educación de los dirigentes y las carencias de la participación en la crisis de los sistemas; qué interrelaciones se generan entre dirigir, construir consenso, disentir; cuáles son las premisas para el ejercicio real, no meramente discursivo, de la condición cívica; cuán válido resulta el postulado que hace de la despolitización un rasgo cultural extensivo.

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