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Ganaran o no los Cocodrilos, igual iba yo a escribir estas líneas. El primero de los tres partidos que disputarán Matanzas e Industriales podría tener tantas lecturas como polisemia el idioma Español.

Favorecidos por la casa, las gradas llenas,  la incondicionalidad demostrada de sus seguidores, más bateo, mejor pitcheo relevo o hasta por el director que tienen…, 12 por 7 los yumurinos superaron que no derrotaron a los capitalinos.

El término derrota es otra cosa, otra su semántica. Y eso no sucedió en el Victoria de Girón. Prevaleció Mesa sobre Vargas. Lázaro no se rindió ante Víctor. La historia es de ayer. Industriales casi salta del box a Yónder Martínez en la misma primera entrada. Para ser justa, el propio lanzador se metió en líos.

Demasiada amabilidad de su parte, demasiadas bolas regaladas y los azules, leones al fin, aprovecharon sus bondades. Con una primera entrada de carreraje (cuatro de golpe y porrazo), al más pinto se le aflojan las piernas.

¿Remontarle a Industriales? ¿Quién dijo que la casta no importa? Calidad a un lado, cualquier novena de la capital cargará con su historia, tradición ganadora,  con su ética y estética singulares, y eso, eso impresiona, acobarda.

 Matanzas no, Matanzas no parece dejarse llevar por linaje alguno. La jerarquía poco le importa y lo deja ver.  Eso lo ha aprehendido, ha ido forjando una mentalidad a fuerza de entenderlo: la victoria se canta con el out 27.

Ese es el fin. Virar marcadores, colocarlo a su favor, se vuelve típico en ellos. Lo mismo con épicas remontadas como la del José A. Huelga  —play off contra Sancti Spíritus en la Serie Nacional 52, junio del 2013, le anotó 10 en el octavo cuando perdía 5-0—,  o de menos gloria  como esta del 28 de octubre del 2014.

No es el tamaño del triunfo, es la manera en la que a él se llega, es cómo se le conquista, es eso y su única posible lectura: no hay que darse por vencidos. Es el Carpe Diem de Víctor, un poco al estilo del profesor Keating de El Club de los Poetas Muertos.

No hay imposibles. El método Mesa para construir equipos, fabricarlos a su medida. No importa quiénes componen su novena, si son de aquí o de allá, si son o no peloteros y entrenadores importados, si goza del favor de la Comisión Nacional de Béisbol y presumiblemente saca ventajas, no importa si un babalao lo resguarda. Algo de bueno hay en sus “maniobras”. Fíjese, unos se van, otros se lesionan, algunos no pueden salir al terreno, varios inexpertos… y ¡Matanzas sigue!

Es lo que le toca, dirán, al fin y al cabo es el subcampeón de la pelota cubana. Es lo que tiene que hacer, pero no siempre se sabe honrar la medalla. El método de Víctor es mucho más motivador aún, diría que ambicioso.

Este hombre es un calculador, sabe lo que el atleta da, lo que vale, lo que representa. De eso se da cuenta, y sin piedad se lo quita. Y cuando se pide y no se entrega, sabiendo cuánta reserva existe, cuando eso sucede, suele descontrolarse, lógica reacción del hombre, del humano, mal vista para el rol de director.

Víctor lo quiere todo, quiere lo mejor de cada jugador durante todo el juego. La última gota de posibilidades, eso les pide. Por ellos, por la afición. Así va naciendo una estirpe que remonta a tiempos de Dihigo, Contreras (Lázaro), los Sánchez, Isasi, Rosique, el Curro… Víctor se quiere a él en sus muchachos. ¡Vaya exageración! Siempre quiere más. Y tras eso va.

¿Cuánto de malo podría haber en pedir lo que un día el mismo dio? Víctor lo quiere todo. ¿Y lo merece? 

(Fuente: Trabajadores / Juanita Perdomo)