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8:17:11 a.m.

Por Mercedes Rodríguez García

Dicen que cuando los soldados recibieron la orden tuvieron que hacer un sorteo para decidir quién sería el encargado de «fusilar» a Che Guevara (Ramón o Fernando),  jefe guerrillero que durante más de un año por las montañas bolivianas dio tanto quehacer al ejército boliviano, y a los Rangers entrenados por la CIA.

Herido en una pierna, con su carabina inutilizada y agotada las balas de su pistola, pudieron capturarlo. Dos días antes «se cumplieron los 11 meses de nuestra inauguración guerrillera sin complicaciones, bucólicamente. […]»,  como escribió por última vez en su Diario, el 7 de octubre de 1967.

Este día, el grupo se halla a una legua de La Higuera y dos de Pucará, según informó una vieja que pastoreaba sus chivas por aquellos parajes. El Che anotó: «[…] salimos los 17 con una luna muy pequeña y la marcha fue muy fatigosa y dejando mucho rastro por el cañón donde estábamos, que no tiene casas cerca, pero sí sembradíos de papa regados con acequias del mismo arroyo. A las 2 paramos a descansar, pues ya era inútil seguir avanzando. El Chino  [Juan Pablo Chang-Navarro Lévano] se convierte en una verdadera carga cuando hay que caminar de noche», por parajes donde los cerros estériles y las escasas frondas no brindaban ninguna posibilidad que les permitiera esquivar al enemigo.

Para entonces el ejército mostraba más efectividad en sus acciones, los campesinos actuaban como delatores y los más flojos desertaban y daban declaraciones, como es el caso de Camba (Orlando Jiménez Bazán) y León (Antonio Rodríguez Flores). Por si fuera poco, la pérdida de Miguel (Manuel Hernández Osorio), Coco (Roberto Peredo Leigue) y Julio (Mario Gutiérrez Ardaya). Se acerca  la etapa más «angustiosa y difícil» del grupo guerrillero, prácticamente sin vanguardia, de acuerdo con las valoraciones de Inti Peredo Leigue.

Avanzan por la quebrada durante la noche, ascienden un farallón cortado por un precipicio. El agotamiento, lo difícil del camino y las deplorables condiciones físicas de algunos hombres obligaron al Che a dar la orden de descansar.  Eran las dos de la mañana, y no habían podido alcanzar el firme de la elevación que se habían propuesto cruzar.

En su libro «Seguidores de un sueño» —Casa Editorial Verde Olivo, 2007— la colega Elsa Blaquier Ascano (esposa de René Martínez Tamayo), narra lo sucedido:  

«[…]Poco después de las cuatro continuaron el avance hasta la unión de las quebradas del Yuro y San Antonio, adonde arriban pasadas las cinco. De inmediato el comandante Guevara ordenó la salida de exploraciones al flanco derecho, el izquierdo y al centro.

«Poco después detectan la presencia del ejército que comien­za el cerco, situación que lleva al Che a recoger las exploracio­nes e internarse en la Quebrada del Yuro para evitar ser detectados durante el día, pues en ese instante se encontraban a 200 metros de la cima de una elevación, y si los soldados no lo detectaban podían ganar el firme en las primeras horas de la noche y romper el cerco. Las dos horas perdidas en el descanso nocturno, les habían impedido lograr ese propósito antes de la llegada de los efectivos militares».

De acuerdo con el testimonio del hoy coronel retirado Harry Villegas Martínez (Pombo), el «Che estableció la defensa sin dejar nada al azar»: Antonio (Orlando Pantoja Tamayo), Chapaco (Jaime Arana Campero), Arturo (René Martínez Tamayo) y Willy (Simeón Cuba Sanabria), para la entrada de la quebrada.  Benigno (Dariel Alarcón Ramírez), Inti (Guido Peredo Leigue) y Darío (David Adriazola Veizaga ) en el flanco izquierdo para garantizar la entrada y asegurar una posible retirada por el lugar. Pacho (Alberto Fernández Montes de Oca) en el flanco derecho —en una especie de puesto de observación—, y Urbano (Leonardo Tamayo Núñez ) y él [Pombo], en el extremo superior.  « […] También tuvo en cuenta un primer lugar donde encontrarse de entrar en combate, otro para reagruparse estratégicamente y hacia que zona debían ir si se dispersaban».

Pasada la una de la tarde, cuando el Che envió a Ñato (Julio Luis Méndez Krone), y Aniceto (Aniceto Reinaga Gordillo) para que relevaran a Urbano y a Pombo, son detectados por el ejército, generalizándose el tiro­teo. Las fuerzas enemigas ocupan una altura similar a la de Pombo y Urbano y dominan una parte del lecho de la quebrada por la que los guerrilleros se ven impedidos a pasar. Ante la situación Pombo hace señas a Aniceto para que busque instruc­ciones del Che. Al regreso informa a Nato que ya no estaba y cuando intenta llegar hasta donde están los dos revolucionarios cubanos, Aniceto es herido en un ojo, muriendo de inmediato.

Por más de dos horas se escucha el ruido ensordecedor de las ametralladoras, bazucas, morteros y granadas hasta que el tiroteo se va alejando quebrada abajo. Cuenta Pombo que junto a Urbano y Ñato llegan al punto donde está el puesto de mando y encuentran que el Che se ha retirado llevándose el radio de la mochila de Inti y dólares y documentos de la de Pombo.

Después escuchan gritos de los soldados de que hay tres en la quebrada. Una hora y media más tarde se reúnen con Benigno, Inti y Darío. La pregunta de todos es dónde está el Che.

Su alto sentido humano y ejemplar actitud le había llevado a sacar a los enfermos por el lugar donde detectó no estaba cerrado el cerco. El se quedó con el Chino, a quien ayudaba personalmente, Antonio, Arturo, Pacho y Willy, para contener las fuerzas que los atacaban por la parte inferior del Yuro.

Según el libro de Blaquier Ascano, Gary Prado —entonces capitán y jefe de una de las fuerzas que participó en el combate—, «la firme posición de bloqueo organizada por Antonio y Arturo detiene el avance de la sección del sargento Bernardino Huanca, armada de ametralladoras y bazucas, hasta que un ataque con granadas ocasiona la muerte de los dos guerrilleros y es herido Pacho en la posición más alta». El Guerrillero Heroico, herido, continúa la marcha con Willy y El Chino, con el propósito de alcanzar la altura que les permitiría ganar la otra quebrada.

«Según se ha sabido —aclara la periodista— el encuentro de los soldados Balboa, Choque y Encina con el comandante Guevara y Willy resulta casual, cuando se disponían a instalar un mortero. En el momen­to que los vieron el Che curaba su pierna herida, estaba desar­mado, pues su carabina quedó inutilizada por un tiro en la recámara, y la pistola carecía de cargador.

«Los soldados comunicaron al sargento la captura de los guerrilleros y fueron testigos de los vejámenes que éste le propinara. Ante la duda de tener al jefe guerrillero, Huanca avisa al capitán Gary Prado, quien le ordena llevarlos hasta un árbol, a unos 200 metros, donde él se encontraba y de inmediato notificó por radio a Valle Grande: “Prado desde Higuera, caída de Ramón confirmada, espero órdenes qué debe hacerse. Está herido”».

A las cinco de la tarde, «sin brindarle ningún tipo de atención a los heridos, iniciaron la dificultosa marcha hacia el poblado de La Higuera. El Che iba al frente, con las manos amarradas y escoltado por varios soldados, detrás Willy, luego Pacho soste­nido por soldados, pues no podía mantenerse en pie, finalmente los cadáveres de Antonio y Arturo».

El propio Gary Prado escribe que el ingreso a La Higuera constituye casi una procesión contemplada con curiosidad y miedo por los pobladores hasta la llegada a las siete y media a la humilde escuelita de adobe, paja y piso de tierra.

A las diez de la noche el coronel Zenteno Anaya envía una escueta orden: «Mantengan vivo a Fernando hasta mi llegada… ».

El escritor, periodista y pedagogo boliviano Víctor Montoya, en el artículo «Pasajes y personajes de la guerrilla de Ñancahuazú» relata con lujo de detalles:

«Al día siguiente, a primera hora, un helicóptero atestado de militares de alta graduación aterrizó en La Higuera. Andrés Selich fue el primero en interrogarle al Che. El militar le aventó un golpe en la cara y el Che le escupió a los ojos. Se sabe también que el general Alfredo Ovando Candia, a tiempo de dar órdenes a su subalterno, dijo: “Liquidé a los prisioneros en la forma que sea, pero liquídelos”. Seguidamente, los mismos autores de la masacre en las minas, subieron al helicóptero y se ausentaron hacia la sede de gobierno.

«Pasado el mediodía, los asesinos cumplieron las órdenes. Un cabo y un teniente entraron en el aula, donde estaban el Chino y Willy. Se plantaron cerca de la puerta y apuntaron sus M-1 respectivamente. “¡De cara a la pared!», ordenó el teniente. »Si usted me va a matar, quiero verlo”, replicó Willy. A los contados segundos, una descarga de fuego desplomó a los guerrilleros.

El coronel Zenteno Anaya, protagonista principal del Churo, transmitió las órdenes de ejecutar lo determinado por los asesores de la CIA y poner punto final a uno de los episodios más trascendentales del foco guerrillero en América Latina.

En 1977, Paris Match publicó el testimonio del suboficial Mario Terán, quien, borracho, ultimó al Che: «Dudé 40 minutos antes de ejecutar la orden —confesó—. Me fui a ver al coronel Pérez con la esperanza de que la hubiera anulado. Pero el coronel se puso furioso. Así es que fui. Ése fue el peor momento de mi vida. Cuando llegué, el Che estaba sentado en un banco. Al verme dijo: “Usted ha venido a matarme”. Yo me sentí cohibido y bajé la cabeza sin responder. Entonces me preguntó: “¿Qué han dicho los otros?” Le respondí que no habían dicho nada y él contestó: “¡Eran unos valientes!” Yo no me atreví a disparar. En ese momento vi al Che grande, muy grande, enorme. Sus ojos brillaban intensamente. Sentía que se echaba encima y cuando me miró fijamente, me dio un mareo. Pensé que con un movimiento rápido el Che podría quitarme el arma. “¡Póngase sereno —me dijo— y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!” Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y empezó a regar muchísima sangre. Yo recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga, que lo alcanzó en un brazo, en el hombro y en el corazón. Ya estaba muerto».

Los documentos del Che pasaron de su mochila a un cajón de zapatos, «que depositaron en la caja fuerte del Alto Mando Militar Boliviano», clasificado como «secreto militar». Su fusil, «fue a dar a manos del coronel Zenteno Anaya». Su reloj Rolex «a la muñeca del coronel Andrés Selich. Y la pipa, al bolsillo del sargento Bernardino Huanca…».

La mayoría de los protagonistas del asesinato del Che están muertos.  Quien ebrio lo ultimó, vive escondiéndose todavía. La gesta de Che Guevara, inscrita en la historia universal como la Guerrillero Heroico, continúa llamando ¡Hasta la Victoria Siempre!