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La noche del martes 7 de septiembre de 1999, en el Museo del Ferrocarril de Madrid, Joaquín Sabina junto a su banda presentaba a los medios “19 días y 500 noches”, puesto a la venta el día anterior. Quince años más tarde, Sabina anda conmemora la edición del antológico disco con una gira americana.

Lo bueno de “19 días y 500 noches” es que es obra de madurez, no destello juvenil (aunque el Sabina músico nunca fue joven, hay que destacarlo).

Deslumbra la monumentalidad de unos textos que son cumbre de su propio repertorio pero, que, sin dudarlo, están entre lo mejor del cancionero en castellano. Resulta, incluso, enojoso destacar unas letras sobre otras cuando todas son filigrana mayor y obviar alguna duele en lo más profundo del alma. Aunque, vale, ‘De purísima y oro’, escrita con Antonio Oliver, tendría que estudiarse en clases de Lengua, o de Historia. Pero, en realidad, todas se antojan imprescindibles y muestran un dominio de la palabra casi aterrador.

Claro que una letra de canción no es nada sin música, pues su función esencial es ser cantada, y Sabina también se dejó la piel ideando melodías, solo o con Pancho Varona, Paco Bastante, Pablo Milanés, Antonio García de Diego o Alejo Stivel.

Haciendo gala una vez más de esa predisposición tan suya a colaborar y compartir, y que denota su enorme generosidad profesional. Siempre tratando de parir la mejor canción posible, buscando sonoridades, rítmicas, ambientes, reformulando la canción latinoamericana metiéndose en sus mismas entrañas, yendo de aquí para allá, paseándose por los géneros con la templanza del que puede porque sabe.

A estas alturas, Sabina —formado inicialmente en el rock anglosajón y en la canción de autor francesa y española— llevaba tiempo indagando con desparpajo en las músicas hispanoamericanas, pero aquí se crece, lo borda y se desborda. Y hay más, lo mismo que rapea —Dios, ¿han escuchado algo más callejero, contemporáneo (de 1999), desternillante, sabio y alucinado que ‘Como te digo una co te digo la o’?—, rockea, jazzea y cantautorea, también rumbea con un dominio pasmoso en “19 días y 500 noches” y ‘Cerrado por derribo’.

Lo hace desde el dramatismo de Bambino, buscando la nocturnidad del que ha pisado mucho puticlub de carretera y bar cutre, pero déjenme que les cuente una anécdota personal: escuchando con el maestro Peret una selección de rumbas españolas de artistas ajenos al género rumbero, al oír estas dos, el rey asentía en su sillón mientras acompañaba el ritmo con unas palmas: “esto sí que es rumba. Sabina sí que sabe lo que se lleva entre manos”.

Pero en “19 días y 500 noches” un factor resultó decisivo para que esta demoledora colección de canciones ruede tan engrasada: la producción. Y ahí hay que hablar de Alejo Stivel, al que se le pueden poner muchos peros en sus producciones de aquellos años pero que para este disco supo entender lo que hacía falta para levantar con plenas garantías un álbum de Sabina: además de unificar sonido y arreglos, ir a lo básico y pedirle al cantante que ejerciera de tal con naturalidad, que sacara su voz desnuda, rota, afónica (Fito Páez en el anterior, “Enemigos íntimos”, ya había dado un primer paso en esa dirección), una voz que no solo comunicaba: transmitía verdad, emocionaba, te metía el dedo en el corazón y lo removía.

El resultado de semejante conjunción astral, es evidente: una obra maestra que nos engulló cual tsunami musical. Con ella hubo quienes descubrieron a Sabina y cayeron rendidos ante su magisterio, para otros ratificó la grandeza de un cantautor eléctrico siempre ninguneado por la crítica española más “cool” y tontorrona.

Quince años después, “19 días y 500 noches” mantiene incólume su magnetismo, sus canciones son gigantes que proyectan su alargada sombra no solo sobre la obra posterior de su autor, sino sobre nuestras vidas. Nada fue igual tras este disco.

(Fuente: EFEEME)