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“Canción de barrio”, documental del realizador Alejandro Ramírez Anderson, quien acompañó con un pequeño equipo de filmación 38 conciertos del trovador Silvio Rodríguez en igual número de barriadas pobres de Cuba, fue presentado hoy ante la prensa en la sala Fresa y Chocolate. (Foto: Equipo de realización del documental Canción de Barrio. De izquierda a derecha: Mónica Rivero, Dunieska Castañeda, Denise Guerra, Jorge Ricardo y Marcos Louit).

Con Alejandro conversó la colega Milena Recio. Fruto de ese diálogo es la entrevista publicada en el sitio web Progreso Semanal, y que reproducimos a continuación:

Hace unos años Silvio Rodríguez armó una expedición y salió a sembrar música por donde sufren los desconocidos. En su Gira por los barrios Silvio Rodríguez llevó con él a un equipo que lidera un joven documentalista, Alejandro Ramírez Anderson, quien ha logrado con el mismo talante del trovador, convertir en un relato cinematográfico, un documental, la experiencia de más de 30 conciertos en los primeros dos años de la Gira interminable, como ha sido apodada.

—¿Cuál fue la primera piedra de este documental, cómo empezó todo esto?

—Nosotros empezamos este trabajo sin saber exactamente qué iba a ser, creo que de la misma manera en que Silvio empezó la gira sin saber que se convertiría en la Gira por los barrios y, bueno, como él mismo la ha nombrado, en la Gira interminable. Él empezó un día en La Corbata, a petición de un capitán de la policía, un Jefe de Sector. Fue una solicitud para que hiciera este concierto, él aceptó, y a partir de ahí él fue manejando la idea, madurándola y se convirtió en esto. Nosotros filmamos ese primer concierto, el segundo que se dio, el tercero y ya a partir de ese momento también nos dimos cuenta que estábamos perdiendo lo más importante, que no era solo el concierto en sí ni la presencia de Silvio Rodríguez, sino también la situación de los habitantes de cada uno de estos lugares. Y ahí, a partir del cuarto o quinto concierto, nosotros empezamos a madurar la idea y a pensar ya, por ejemplo, en tener una línea estética, una línea de preguntas, en tener como un proyecto un poco más maduro para lo que es hoy el documental.

—¿Qué tipo de imágenes aparecen en el documental? ¿Qué tipo de situaciones? ¿Por qué en estos barrios, por qué Silvio se va a estos barrios? 

—El documental está centrado en los barrios de La Habana, que se han ido deteriorando físicamente y también se han ido deteriorando algunos valores o se han ido activando algunos mecanismos de subsistencia que no existían en dependencia de las necesidades de la gente. Y es en estos barrios en los que Silvio está haciendo los conciertos. Ahí podrás ver a la ama de casa, también a la dirigente de la CTC, que en la tarde tiene que ir y cargar sus cubos de agua, o al que se le cayó el techo de la casa hace dos años por el paso de un ciclón y está viviendo a la intemperie… Yo creo que es un mapa grande de situaciones, deterioro y problemáticas de estos barrios. 

    

—¿Por qué Silvio escoge a estas alturas de su carrera dedicarle tiempo, esfuerzo, supongo que hasta cierto punto desplazar otros compromisos artísticos? ¿Por qué tú crees que eso ocurre? ¿Cómo interpretas tú, como artista también, esa elección?

—Mira, yo creo que la Gira por los barrios es una continuidad de la obra de Silvio. O sea, para mí, Silvio es un artista que ha sido muy coherente con su forma de ser y con su forma de actuar también, y si te soy sincero no me sorprende que él esté haciendo la Gira por los barrios porque creo que de una gente como Silvio no se espera menos en ese sentido, porque siempre ha hecho cosas de este tipo. O sea, conocemos la Gira por la patria, la Gira por las prisiones y ahora es la Gira por los barrios en un momento, además, mucho más sensible de crisis en el país. Como él dijo en una entrevista, lo que él tiene para ofrecer son sus canciones, pues le pone sus canciones en la puerta de la casa de la gente que normalmente no puede tener acceso a teatros, conciertos…

—¿Las canciones alivian? ¿Alivian la pobreza?

—Creo que sí. Si uno lo ve pragmáticamente, la gente durante el concierto desconecta, la pasa muy bien, baila, se divierte, ríe, desconecta tal vez un poco de los problemas cotidianos. El problema de todo esto es que ocurra una sola vez. Si fuera sistemático las personas cambiarían. Ojalá esto sirva para que se vuelva un eco, y no solo instituciones sino otros artistas también lo hagan, porque creo que esta es también una de las funciones del arte.

Me atrevo a especular acerca del hecho de que Silvio no solo quiere aliviar a los habitantes de ese lugar que efectivamente tienen una situación de desventaja social muy grande, muy aguda en muchos casos, sino que yo creo que también él quiere visibilizar esos espacios, que los decisores “pasen y vean”. Creo que Silvio puede haber estado intentando también ese diálogo de regreso, ese feed back. ¿Compartes ese criterio conmigo? ¿Cómo lo ves? 

—Sí. Mira, sería un poco ingenuo pensar que Silvio va a llegar a un barrio, va a dar un concierto y la situación va a cambiar así mágicamente. Eso es imposible. Pero Silvio es una persona privilegiada en este momento porque lo pueden escuchar muchas capas de la sociedad, incluso capas de la sociedad a las que la gente común no tiene acceso para decir las cosas, hay barreras que no les permiten hacer llegar sus problemas, y sin embargo la Gira por los barrios ha venido a destapar muchos de estos problemas. Y es curioso porque son conciertos a los que, a pesar de que no han tenido gran difusión en los medios de comunicación, -no se han anunciado por la televisión, no se han puesto en carteleras culturales-, la gente va. A veces solo encuentras como promoción carteles escritos a mano, por la misma labor que hace el barrio para preparar el concierto y se pasa la voz de boca en boca. Pero Silvio también llama a otro tipo de público; van a esos conciertos también funcionarios del Estado, artistas, intelectuales, que muchas veces no han vivido una experiencia como esta, de ver, de entrar en estos barrios, y de ver a Silvio cantando en aquel escenario. Muchas veces a la gente le parece insólito.

—¿Cómo evitaste una visión melodramática, desde arriba respecto al otro, el de abajo, en desventaja?

—No es la primera vez que hacemos un documental o trabajamos en situaciones con personas que están en desventaja social. El ser documentalista también lleva una actitud que uno debe sentir profundamente y es la actitud de la sencillez; llegar con la mayor sencillez con las personas, siendo consciente de que uno no está por encima ni siquiera en saberes, porque los saberes que no tienes tú los tienen ellos y los que no tienen ellos los tienes tú, entonces es una relación que se debe establecer de forma muy horizontal, y lo más importante es ser sincero con la realidad que estás reconociendo.

—¿De qué manera tú eres sincero en este documental?

—Porque no tratamos, ni yo ni los demás, de adornar ni de exagerar las situaciones, ni de censurar las que son fuertes para que se vea más bonito, ni que se vea más feo para lograr ciertos tipos de efectos mediáticos. No, no. Han sido muchas horas de analizar cuáles son esas fronteras y cómo lo vivimos, cómo estamos en el límite, por ejemplo, de tal vez faltarle el respeto a un personaje porque se vea denigrado o tal vez de adornar alguna situación.

—De todo lo que filmaste, todo lo que viviste, todo lo que editaste finalmente y quedó dentro el documental, ¿qué cosa te duele más?

—Yo creo que la situación de los ancianos, esa es una parte que a mí en lo personal sí me llega más profundamente. Te digo los ancianos porque muchos de ellos son personas que se sacrificaron completamente por este país y por el proceso revolucionario y, al final, sacando cuentas, no lograron nada. No son personas que atentaron contra la Revolución ni que se fueron del país, y sin embargo no tienen nada y se les acabaron los recursos. Tal vez te preguntarás que por qué no los niños. Los niños están naciendo en esa situación y desarrollan sus maneras de sobrevivencia en ese ámbito y con maneras que van a manejar a lo largo de su vida y a lo mejor se convertirán en entes transformadores de su medio. Pero hay ancianos de ochenta años que hoy no tienen ni siquiera un techo, por ejemplo, es muy triste.

—Y de todo lo que viste, que viviste, ¿qué es lo que te hace o te hizo más feliz?

—Pues yo creo que la esperanza que se desata en medio de toda esta circunstancia; ver a la gente sintiendo que se acordaron de ellos; que se les pueda subir la autoestima de esa manera y verlos sonreír y ver la cara y los ojos de esperanza. Yo creo que eso es lo más bonito de los conciertos. Y se siente mucho. Cada vez que termina un concierto hay una energía distinta; es un momento muy especial y la gente está contenta y lo refleja. Hay quien lo hace con gritos, o con una sonrisa, pero para mí ese es el momento más bonito, cuando termina el concierto, ver cómo la gente ha vivido esa experiencia en ese momento.

—Somos de la misma generación y sabemos lo que significó la música de Silvio Rodríguez para las personas que hoy tienen 40 o 50 años. Pero Silvio es cada vez menos escuchado en Cuba y probablemente sea porque algunos valores que Silvio está preconizando en su obra poética, en su música, tienen “bajo rendimiento en el mercado”, por decirlo de alguna manera; no están muy de moda, han sido un poco devaluados por el proceso de la crisis. ¿Cómo se produce entre gente que no oye a Silvio, y que puede estar ya agotada por no poder cumplir sus sueños, esa identificación con su música en ese momento?

—Es que yo no sé, yo no sabría explicarte, porque ese análisis que tú acabas de hacer es un análisis que hemos hecho todos. Pero llega y Silvio empieza a cantar y la gente empieza a cantar. La mayoría de los niños no conocen a Silvio físicamente, nos preguntan: “¿Quién es Silvio? ¿Quién es Silvio?”. Sin embargo, todo el mundo canta sus canciones y eso es una demostración muy impresionante. 

—¿Qué canción prefiere la gente, por ejemplo?

—Por ejemplo, la gente canta “Ojalá”, “La era”, a coro. O “Reparador de sueños”… Cuando canta “Balada para Elpidio Valdés”, los niños, todos, se ponen a cantar. Está en el saber colectivo y no nos hemos dado cuenta y de repente él llega, se activa y tú dices, pero, bueno, qué es esto. O sea, nosotros nos hemos topado con gente que no es el público intelectual, que no es el público universitario, que no cumple con el estereotipo de público que podría tener Silvio en estos momentos, sino que es la mujer que tiene rolos puestos, la que está en bata de casa, la abuelita que carga a su nieta… Todos cantando las canciones de Silvio, muchas veces con situaciones emotivas muy fuertes, llorando o abrazando al que tienen al lado. Ahí es donde tú te das cuenta de hasta dónde puede llegar la obra de Silvio. Yo no sé cómo explicártelo, pero es una cosa muy rara y muy bonita y que, además, te descubre una faceta de Silvio que tú no tenías interiorizada. Silvio tiene una recepción muy grande, y además, consigue un respeto como artista muy grande.

—Si tuvieras que hacer una sinopsis breve para invitar a la gente a ver al documental…

—Bueno, yo no puedo ser sintético en eso. Yo creo que el documental tiene dos ejes muy fuertes, uno es la Gira en sí y el papel que Silvio como artista está jugando en este momento, en esta realidad; y el otro es la realidad descarnada de los barrios de La Habana, una realidad a la que muchas veces le pasamos por el lado sin darnos cuenta de que existe, pero que está muy jodida. Y una cosa que nosotros hemos experimentado es que no son hechos aislados, sino que es mucha gente que está viviendo así. Porque a lo mejor uno en la calle oye una historia y dice: “Ah, bueno, sí, eso pasa allá en tal barrio”. Pero el documental recoge la experiencia de 34 conciertos. Eso quiere decir 34 barrios. Actualmente estamos casi en 60 barrios y en todos nos hemos encontrado situaciones muy similares, en algunos más fuertes, pero hay mucha gente viviendo así, de esa manera.


—Vienes de una tradición de trabajo como documentalista en la cual estos temas, de cómo viven las comunidades, de cómo se han hecho estrategias para sobrevivir en situaciones de desventaja son temas que te interesan. Este en particular, ¿qué le aporta a ese recorrido que tú has tratado de hacer como persona y como cineasta? ¿De qué Cuba habla este?

—Primero te voy a comentar una cuestión técnica. Es la primera vez que, como equipo, nos enfrentamos a más de 200 horas de grabación. O sea, todos los cálculos que hicimos de tiempo, fueron risibles para lo que realmente nos tocó trabajar. Sintetizar 200 horas de grabación en 80 minutos es una tarea muy fuerte. Además, encontrarse tantas situaciones dramáticas, tantos personajes carismáticos dentro de estos barrios y después tener que elegir, ha sido un proceso muy difícil. Te puedo decir que el primer corte del documental tenía 3 horas y media, y a partir de ahí hemos tenido un segundo corte, tercer corte, cuarto, quinto… No sé cuántos cortes hemos pasado hasta llegar a los 80 minutos que quedan. Y cada vez que le quitábamos algo era como un desgarramiento interno para nosotros, porque a lo mejor había un compromiso afectivo con una persona, vínculos que se crean también en el proceso de filmación, o por una situación específica de ese concierto, que también fue especial para nosotros. Bueno, son los sacrificios que también hay que hacer en pos de la dramaturgia del documental. Por otro lado, me he puesto a ver el documental un poco más de lejos. Y ya no solo pienso en el aporte que haya tenido a mi carrera como documentalista. Lo veo y creo que están resumidos ahí aspectos de Demoler, de Una niña, una escuela, de Monteros, que son otros documentales míos. Pero veo también el documental de Alina Rodríguez, Buscándote, Habana, veo Zona de silencio, de Karel Ducasse; veo muchos documentales que se han hecho a lo largo de los primeros quince años de este siglo. Todos estos documentales me han enriquecido para llegar a este.