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9:12:33 p.m.

Pocos escaparon, allá y aquí, al torbellino de los capítulos finales de Avenida Bra­sil. Tanto el guionista Joao Emanuel Car­neiro como el director del núcleo Ricardo Wadding­ton y junto a ellos el ejército de directores adjuntos, redactores de diálogos, editores, camarógrafos y técnicos involucrados en el rodaje, dominan sobradamente el oficio de narrar una historia que atrape al espectador. 

De una trama central de enredos, venganzas, simulaciones, triángulos y rectángulos amorosos, que llegó a ser fatigosa y reiterativa de la mitad hacia adelante, la telenovela pasó al plano de un thriller puro y duro, a caballo entre Ágatha Christie (todos pudieron haber matado a Max) y las actuales películas de acción, expuesto con garra si se dejan a un lado las pobres escenitas de la irrupción de los secuestradores en la fiesta de la galería —remedo de algo que Hollywood lo ha hecho muchas veces con más eficacia—,  la captura de Nina-Rita en el establo donde Tifón aguardaba el punto final, y el mayor cabo suelto del capítulo del cierre: el destino del malvado Santiago: después del disparo en el pie lo volvieron humo. 

Aclaro: bien contado no quiere decir bien argumentado. También del peor Hollywood los realizadores copiaron las dilaciones excesivas y las inconsecuencias de los “malos”. Pero qué se va a hacer. Si los “malos” se comportaron con la lógica de la maldad —despachar de golpe al futbolista y su nuera— la telenovela no hubiera desembocado en lo que todos esperaban: el triunfo de los “buenos”.

Las telenovelas son así. Se toman o dejan. La productora Globo se las arregla para que las cosas funcionen, ante un telespectador que asume las reglas del juego. Allá quienes con pretensiones sociológicas hayan querido ver en Avenida Brasil una radiografía fiel de un sector que en la última década accedió a la clase media. El Divino, con sus jugadores de fútbol que aspiran al Flamingo y si mejor al Barcelona, sus muchachas ardientes, sus mujeres rollizas, sus calles y bares, sus ángeles y demonios, se dibujan con tintes demasiado pintorescos y gruesos como para creérselos a fondo.

Visualmente envolvente —la atmósfera que se desprende de las emanaciones de los desperdicios define las imágenes—, el Tiradero quedó en mero telón de fondo de una tragedia social y humana que no venía al caso contar. Sería pedir demasiado una narración que hablara de la marginación de esos seres que rebuscan en el detritus y no tienen una Mamá Lucinda que los ampare ni corren la suerte de Jorgito y Nina. El determinismo psicológico es la norma para explicar el Mal: Carmina hereda los genes criminales de su padre; Nina busca venganza por lo que le hizo Carmina, Nilo se pervierte y emborracha por culpa de la traición de Lucinda y Santiago. Max es así porque nació de un padre borracho y una madre adúltera. Jorgito se salva por la adopción de Tifón. Psicologismo unidireccional que al mismo tiempo es incapaz de sostener el edificio de las justificaciones que hacen de la primera Nina una muchacha sin escrúpulos mientras teje su sórdida venganza y de la segunda Nina una criatura angelical.

Aún dentro de las reglas de la telenovela, resulta difícil tragarse la redención de Carmina, la reconciliación de esta con Nina y la ingenuidad de Tifón, con la diferencia de que Adriana Esteves, salvo cuando tuvo que asumir esa transición increíble en los finales, brilló en la construcción de un personaje que le ha valido hasta el momento ocho premios locales e internacionales, y Murilio Benicio no pudo pasar de poner la mejor cara de tonto posible a lo largo de la trama.

A todas estas, Carneiro, el guionista, se sintió satisfecho: “Tal vez lo mejor de esa novela —dijo— sea la exitosa y la feliz combinación que conseguí hacer entre drama y humor para hacer ligera una historia tan fuerte. Cambiaría muchas cosas si pudiese porque son demasiados detalles a lo largo de 160 horas de ficción, pero todo está hecho”.

En efecto, no todo fue drama truculento en Avenida Brasil. Dentro de la tradición de la chanchada (sainete brasileño), la historia de Carlitos y sus tres mujeres alivió tensiones, no así la de Suelen y sus dos maridos, tejida a última hora como para resolver lo insoluble. Por otra parte, no sé qué considera Carneiro por una “historia fuerte”. Si es lo anecdótico, tal vez, pero fuerte y realmente consistente fue la historia que le entregó a Walter Salles para el filme Estación central. Cuesta trabajo reconocer que el talento  de uno y otro Carneiro sea el mismo.

La banda sonora, como de costumbre, sazonada por la moda —el pegadizo Ven a bailar con todo de la obertura, por Robson Moura y Lino Krizz— pero también por modos auténticos de decir, como el de Marisa Montes en Después y Cu­pido, de María Rita, la hija de la inolvidable Elis Regina.

Tampoco hay que mitificar la excelencia compositiva de las producciones de Globo. Si se fijan bien, la familia de Tifón estuvo apoltronada más del 80 % de las escenas en la sala de la mansión. Y esta vez hubo personajes perdidos de golpe y porrazo: el cura corrupto, la prole de Mamá Lucinda (solo se dijo que irían al hospicio financiado por el futbolista, pero nada más) y la pequeña Ágata, ausente en el colorín colorao del final.

Ahora viene Paraíso tropical. Y volveremos a engancharnos en una trama entre “buenos” y “malos”. Las telenovelas son así.

(Fuente: Granma / Pedro de la Hoz)