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5:49:43 a.m.

Fue Salvador Allende quien dijo que las revoluciones no pasan por la universidad, sino por las grandes masas, la hacen los pueblos, la hacen, esencialmente, los trabajadores, y este país no fue la excepción.

Jóvenes, hombres y mujeres de todos los sectores hicieron una revolución que puso fin a la dictadura de Anastasio Somoza, el último tirano de una dinastía que había comenzado 45 años atrás y que se negó de mil maneras a ceder una mínima porción de la enorme cuota de poder que manejó.

Aunque la historia recuerda el 19 como el día del triunfo, los sucesos previos a la toma del poder fueron complejos.

Dos días antes, el 17 de julio de 1979, Somoza abandonó el país y puso su avión rumbo a Estados Unidos, no sin antes negociar hasta el más mínimo detalle de su partida con el embajador norteamericano de turno, Lawrence Pezzullo.

El dictador accedió a dejar la silla presidencial pero legó el poder a Francisco Urcuyo, quien fue investido por el Congreso de la República ese mismo día en horas de la madrugada.

El papel de Urcuyo era cubrir el vacío de poder y traspasar el mando a la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, algo que debió suceder sin grandes contratiempos, tal y como se pactó.

Sin embargo, los hechos no sucedieron de esa manera.

Por alguna razón y contra todo pronóstico, el fugaz jefe de Estado se tomó muy en serio su ascenso y desechó lo acordado, a la vez que pidió la rendición a las fuerzas sandinistas que estaban a las puertas de Managua, muestra de su incapacidad para entender con cabalidad la situación en la que se encontraba.

En esos momentos la correlación militar favorecía considerablemente al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), que controlaba puntos estratégicos del territorio nicaragüense.

Managua era apenas un último reducto y en diferentes puntos de la capital se combatía y varias columnas enfilaban sus tropas hacia ese destino para dar el último golpe al régimen.

Debido al cambio de planes, la Junta de Gobierno que debió tomar el poder de manos de Urcuyo viajó de Costa Rica a León, a unos 140 kilómetros de Managua, y se instaló en esa ciudad para forzar y acelerar la caída de los restos del somocismo.

La correlación política también favorecía al Frente, que contaba con el respaldo de la comunidad internacional y había sido reconocido por diferentes gobiernos, a la vez que las naciones del Pacto Andino presionaban con un bloqueo petrolero.

Para salvar la honrilla, Estados Unidos -hasta entonces fiel aliado de los Somoza- cambió el guión a última hora y comenzó a amenazar a Anastasio Somoza con declararlo persona non grata si no influía sobre Urcuyo para que entregara el poder a la Junta.

La presión sobre el presidente provisional aumentaba cada minuto para que cediera el poder y evitara un baño de sangre innecesario.

Los cancilleres del Pacto Andino "conminamos a Urcuyo a que acate la obligación de transferir el poder, único motivo por el cual lo detenta. Pues su permanencia en él, sólo contribuirá a que la contienda actual adquiera nuevas y más violentas dimensiones bélicas", declararon.

Unas 43 horas después de asumir la presidencia, el último gobernante de la era somocista cedía ante la certeza de una victoria de la fuerzas sandinistas y ponía rumbo a Guatemala.

A partir de ese momento, sucedió lo inevitable. La Guardia Nacional huyó desbandada de todas las plazas que continuaban en sus manos, los frentes avanzaron hacia la capital donde la población comenzó a celebrar la llegada de los nuevos tiempos, el triunfo de la revolución.

Aunque la gesta militar y la toma del poder por las armas fue un hito, solo fue el principio de un período interesante no solo para el país, sino para la región.

Para el secretario general de la Federación de Profesionales Docentes de la Educación Superior, Fredy Franco, este fue el comienzo de un camino de transformaciones profundas.

Fue un asalto al cielo, el inicio de un período de cambios profundos en Nicaragua, dijo a Prensa Latina.

Por vez primera el pueblo llegó al poder y desde allí se hicieron transformaciones profundas que implicaron establecer un gobierno, un ejército y una policía popular, recordó.

Se impulsó la cruzada de alfabetización y una profunda reforma agraria, que en su opinión afectó de manera profunda el latifundio y al sector terrateniente, por solo mencionar algunas de las acciones que se realizaron en esa etapa.

La población ejerció un protagonismo, participó y ejerció el poder real, el popular, desde abajo, señaló el también académico y profesor de Historia.

Además, Nicaragua estableció relaciones diplomáticas con una importante cantidad de naciones y se sumó al concierto de países que demandaba un cambio en el orden económico y político internacional.

Luego vino la guerra y el bloqueo.

Según Franco, ambos fenómenos —financiados y orquestados por Estados Unidos— afectaron la dinámica de las trasformaciones, "aunque se continuó avanzando y los derechos fundamentales del pueblo se mantuvieron", dijo.

La guerra y la situación económica pasaron factura y en 1990 el FSLN perdió en las urnas ante una coalición que aglutinaba a todas las fuerzas políticas opositoras y entregó el poder que obtuvo por la vía de las armas.

Para Franco, la pérdida del gobierno no significó la de la revolución.

Gobernamos desde abajo, luchando contra el neoliberalismo, organizando al pueblo y utilizando los espacios que mantuvo el Frente Sandinista en diferentes esferas de la política.

No obstante, durante 17 años el escenario fue difícil y complejo. Diferentes administraciones impulsaron privatizaciones y recortes sociales en áreas como la salud y la educación, por mencionar algunas, en un desmontaje del proceso que comenzó en 1979.

Pero en 2007, el FSLN ganó los comicios y regresó al poder.

Una nueva etapa que a dio continuidad a las transformaciones iniciadas con el triunfo de la Revolución, opinó Franco.

A pesar del complejo contexto económico internacional, en poco tiempo se redujo significativamente la pobreza y la desigualdad y se restituyeron los derechos perdidos en la época neoliberal, señaló.

Hubo un impulso para la economía, los programas sociales y la estabilidad laboral, entre otros avances. El Gobierno -destacó- impulsó un plan nacional de desarrollo humano que se enriquece hoy con proyectos estratégicos como la construcción de un canal interoceánico y otros que buscan alcanzar la independencia energética a mediano plazo.

Trabajamos en distintas áreas de la economía para lograr que el proyecto tenga un sustento material, recalcó.

Aún hay mucho por hacer. Un proyecto social en un país tan pobre como Nicaragua tiene muchos escollos que superar para avanzar.

Sin embargo, Franco es optimista. Hacemos camino al andar, concluyó.


(Fuente: PL)