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Por Mercedes Rodríguez García

Era un hombre que sabía reír a carcajadas, pero las más de las veces lo recuerdo serio o sonriente, aunque con Pedro Méndez, el director de Melaíto, la hilaridad le era obligatoria.

De constitución maciza, poseía el vigor necesario para no cansarse entre tantas tareas que ejecutaba en un día. Lo recuerdo de una o dos reuniones y de aquella vez que cuando, en la última función del circo soviético en Santa Clara, me le planté enfrente y le espeté sin miramientos:

—Milián, dice el director del periódico que si publicamos su presencia aquí esta noche.

Ahora no preciso detalles de su fisonomía, pero sí su mano animosa volviéndome al hombro la correa de la cámara fotográfica, que ya iba cuesta abajo y sin freno.

—Dígale a Ángel Álvarez que el director es él. Pero mañana, en la Universidad Central, hay una recepción de despedida a los  artistas, no deje de ir, que me parece mejor para informar y comentar.

Le gustaba la exactitud, la puntualidad, y esa idea la confirmé una mañana cuando, haciendo yo «botella» a la salida del reparto Riviera, detuve un auto que resultó ser el Volga gris de Milián.

—Me podría adelantar hasta Cienfuegos, se me fue la guagua de Cultura…

—¿Se quedó dormida?

—Más  o menos.

—Eso no sirve en una periodista. Y ¿qué hay en Cienfuegos que lleva la camarita?

—El Festival de la Nueva Trova.

—No la puedo llevar porque voy a una reunión en Planta Mecánica, y me quedan apenas unos minutos. Lo mejor que hace es virar para atrás y que mañana la lleve un carro del periódico. Le explica a su director lo que le pasó por impuntual.

Pero esto fue después. Porque antes, cuando era la secretaria de Vanguardia y él venía, mi misión se concentraba en tener listos los vasos y las tazas para el agua y el café, ordenados y al día los informes de los trabajos publicados por reporteros, sectores y géneros periodísticos, amén de bien sacadas y afiladas las puntas de aquellos temibles lápices bicolor con que señalaban errores, erratas y disparates.

Por lo que me contaban los más viejos y avezados periodistas. Milián me inspiraba mucho respeto. Era el  primer secretario del Comité Provincial del PCC en Las Villas y miembro del Buró Político. Preguntaba mucho y de todo, así que yo lo esquivaba para no correr el riesgo. Le gustaba el periodismo serio y profundo, y lo catalogaba de oficio difícil y comprometido, sin mucho margen para la improvisación porque, amén de la noticia, lo coyuntural o contingente —decía— lo demás, bien se podía planificar, organizar, desarrollar y controlar. Y así lo exigió siempre.

Era un hombre prudente, educado, culto, y un líder sabio al que hasta el propio Fidel consultaba. Bajo su dirección fueron puestos en ejecución planes para la producción de azúcar, tabaco, café, viandas, vegetales y frutas, así como del ganado vacuno, porcino y la avicultura. Creo que por eso lo nombraron Vicepresidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Agricultura.

A su casa en La Habana fui una tarde con Pedro Hernández, por entonces director del periódico. Me parece que ya Milián estaba enfermo. No bajé del auto porque debo confesar que nada bueno se le había pronosticado. Y aunque estaba consciente del privilegio de visitarle junto con su familia, debo confesar mi temor a ese último recuerdo físico, tan distante de los años plenos.

Bajo su dirección había trabajado diez  de los 18 años que aquel hijo de Jagüey Grande estuvo al frente de Las Villas, consagrado por entero a los esfuerzos para hacer avanzar el territorio y lograr el cumplimiento de las metas fijadas para su desarrollo socioeconómico.

Le recordaré como un militante de fila, animoso, enérgico, optimista, bondadoso y por momentos paternal; casi siempre en camisa de mangas cortas o guayabera, llegada la ocasión, de cuello y corbata, pero siempre con su inseparable tabaco, prendido o apagado entre los dedos; un bigotillo apenas dibujado sobre una boca de tenue labio superior, frente amplia, pelo blanco, cejas negras, perfil solemne; brazos mocetones, de pelotero; piernas tenaces, de futbolista, siempre andando ligero y cadencioso.

Murió en La Habana, el 1º de julio de 1983. En la capital fue sepultado.  Raúl despidió el duelo. Me enteré de su muerte por la radio. Recién había dado a luz el segundo de mis hijos y andaba alejada de los quehaceres reporteriles. Mi firma no aparece en el libro de condolencias. Este domingo sus restos descansarán para siempre en el cementerio de Santa Clara. En cuanto pueda, iré a ponerle una flor.