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El neoliberalismo tiene la culpa. Son apenas cinco palabras que sentencian justamente lo que está sucediendo desde hace décadas con esos buitres que sobrevuelan a su antojo sobre la faz de la Tierra, con viento a favor, por encima del bien y del mal. Tienen licencia para matar, y absoluta soberanía para elegir a quién, cómo y cuándo quieren atacar.

Son buitres particulares, porque no se alimentan de animales muertos, como diría cualquier manual de ciencias naturales. Más bien, se nutren de países con alguna patología derivada de una herencia maldita. Son un nuevo espécimen de buitre, muy parecido al ser humano, con ojos, nariz y boca, pero sin corazón, ni sentimiento, ni ética.

Son realmente los denominados fondos buitre que inhumanamente se constituyen en juez y parte del designio de cualquier pueblo. No acuden a elecciones; dicen no participar de la política; buscan ser un sujeto parademocrático situándose por afuera del control democrático. Optan apodarse con eufemismos estafadores: mercado, libre mercado, seguridad jurídica o capital de riesgo.

Pero, por el contrario, los fondos buitre son seres inhumanos con nombres y apellidos, con amigos poderosos, que actúan mafiosamente poniendo a jueces, financiando campañas electorales, comprando medios de comunicación, creando fundaciones, centros de investigación, revistas académicas.

¿Por qué la culpa la tiene el neoliberalismo? Porque es el neoliberalismo el encargado de gestionar el mapamundi capitalista con reglas del juego a favor de unos fondos buitre sin necesidad de pasaporte, con visado propio. El neoliberalismo se empeñó en crear un nuevo mundo ficticio financiarizado. La economía real fue desplazada por un sinfín de apuestas, por la economía del casino, de ruleta rusa donde la pistola está trucada para que el disparo siempre vaya a parar a las sienes del pueblo.

Es la nueva economía de papel que nunca tiene valor de uso. El valor dominante es el valor de cambio que se impone en mercados encarcelados donde no hay competencia, ni libertad, ni justicia. El neoliberalismo fue la forma elegida por una reducidísima elite enriquecida para hacernos creer que el mayor de los disensos se puede denominar Consenso de Washington. Se crearon dogmas y mandamientos bajo amenazas, chantajes y castigos. En ese hábitat, nacieron los fondos buitre, que se especializan en comprar deuda pública de dudoso cobro que posee una empresa privada.

El fondo buitre justifica su existencia por asumir un supuesto riesgo por comprar un papel de complicado cobro. Del dicho al hecho hay un largo trecho. El fondo buitre nunca asume riesgo porque cuenta con todo a su favor para acabar obligando a pagar a quien sea, como sea y cuando sea. El fondo buitre tiene tanto dinero que compra toda la seguridad jurídica que exija su usurera tasa de ganancia. No hay riesgo; el fondo buitre sabe que no pierde por comprar una deuda a bajo costo por dudoso cobro, porque tiene el poder necesario para hacer pagar a ese país.

¿Cómo? Porque el neoliberalismo, en lo concreto, se dedicó minuciosamente a escribir la letra pequeña que regulaba este tipo de negociaciones. La trampa de los poderes hegemónicos es que el juez es también parte. El neoliberalismo obliga a ceder soberanía y, por consiguiente, el juicio sobre el pago de la deuda pública de un país acaba teniendo lugar en Nueva York, en La Haya o en Washington.

El gobierno kirchnerista heredó la deuda de los gobiernos neoliberales para uso ilegítimo de los fondos públicos. Se decidió pagar ese lastre, pero negociando. El 92,4 por ciento de los tenedores de la deuda aceptaron; el resto, no. Ahí entra en acción el fondo buitre, que se fija en esa supuesta carroña que no es tan carroña porque tiene todo a favor para que acabe logrando sentencias que obliguen el pago, embargo, bloqueo o amenaza.

El fondo buitre compra esos papeles para cobrarlos cuando pueda. No tiene prisa; es la paciencia que le concede ser poderoso sin necesidad de pronto cobrar. El gobierno argentino no conocía ni al fondo buitre ni le vendió nada a él. Y resulta que ahora está en sus manos. ¿Por qué no prohibir revender deuda pública al igual que se prohíbe revender las entradas en los mundiales? El neoliberalismo favorece a ese capitalismo financiero caníbal y, por ello, no prohíbe esta reventa.

La transitividad no siempre es válida como criterio de eficacia económica y social. En relación con la propiedad de la deuda pública, aceptar la imposición neoliberal de la transitividad es ir en contra de la soberanía.

Estar en manos de un buitre —o de cualquier juez en Nueva York— es lo mismo que aceptar los tiempos de la colonia, esto es, la periferia en manos de la metrópolis; el Sur dependiente del Norte. Es una oportunidad histórica para que Unasur, Celac, G77+China, Mercosur, Brics, todos esos nuevos actores en la transición geopolítica multipolar, sean inquebrantables con este tema y prohíban de una vez por todas que la soberanía del pueblo esté en mano de una apuesta de un jugador que sabe que tiene todas las fichas a su favor.

Es la ocasión para vedar la venta sobre venta de otra venta de algo tan soberano como es un título de deuda pública. Es momento de considerar a la deuda pública, en tanto pública, como parte de la declaración de los derechos humanos. Es la hora de tener mecanismos reactivos en las nuevas alianzas estratégicas regionales e internacionales que respondan con alternativas financieras que permitan pago de deuda pública en condiciones de soberanía. Es de imperiosa necesidad que la Argentina no acepte las condiciones de los fondos buitre, porque entonces el resto de acreedores también serán buitres.

La Argentina no está sola en este mundo y, por tanto, en vez de ir a Nueva York, deberá buscar acuerdos con todos los países amigos para hallar las vías de cobrar en otras latitudes que son igual de seguras que el suelo estadounidense. Si la Justicia del Norte no deja pagar, la voluntad política ha de ser encontrar otra forma de pago para aquellos que estén dispuestos a cobrar en las condiciones soberanamente establecidas. 

(Fuente: Pagina 12 / Alfredo Serrano Mancilla ,Doctor en Economía. Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (Celag)