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Por Mercedes Rodríguez García

Raúl García Martí, uno de los 18 sobrinos del Héroe Nacional de Cuba, José Martí, radicó en Santa Clara mientras participó en el montaje de la fábrica de sacos (Sakenaf) en esta ciudad. De esa época es el testimonio en el que descarta las teorías del suicidio y la inmolación, tejidas alrededor de la caída en combate del Apóstol, el 19 de mayo de 1895. Este es el relato de mi primer encuentro con Raúl García Martí, sobrino de nuestro Héroe Nacional, quien radicó en Santa Clara entre principios de 1960 y mediados de 1980 del pasado siglo. 

El ya entonces octogenario ingeniero textil me refirió su versión sobre la caída del Maestro, el 19 de mayo de 1895, así como los argumentos en que basó su negación sobre la posibilidad de un acto suicida o de inmolación. 

Solo me urgía escuchar su opinión para definir una polémica en la que me había metido, inspirada por las clases de Literatura Martiana que recibía como parte de mis estudios de Filología en la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas. (UCLV) 

Serían los años 1978 ó 1979. Un amigo de mi padre, el doctor Entralgo, me manifestó que él podía localizar al ingeniero García en el hotel Modelo, que «era gente amistosa», y que «si además le decía quien me mandaba, no se negaría a recibirme.» 

Efectivamente, un mediodía, en la habitación 85, compartí varias horas con Raúl García Martí, uno de los 18 sobrinos del Apóstol, hijo de Rita Amelia (la mejor de sus siete hermanas), y el único de los 28 familiares directos que quedaba vivo en Cuba. 

Le expliqué que por aquellos días me hallaba enfrascada en una ponencia sobre las circunstancias que rodearon la caída de su tío en Dos Ríos, y que él, mejor que nadie, podía saber cual de las versiones se ajustaba más a la realidad de acuerdo con el carácter y la personalidad del héroe. 

Sus ojos saltones, salidos de las órbitas, sobredimensionaron la fealdad de un rostro pletórico de arrugas. Sin mediar palabras se levanto cuan alto era y, colocándome su larga y delicada mano sobre la cabeza, me respondió con otra interrogante: « ¿No has leído lo que escribí al respecto, verdad?» 

Tuve que confesarle que no, aunque sí lo conocía como autor de una biografía familiar, muy llevada y traída en la época en que vio la luz. 

«Aquí no tengo ninguno, pero dígale al doctor Entralgo que le facilite uno, yo le entregué dos ejemplares que me quedaban», añadió. (Nunca me lo prestó, era un «bibliófilo», tacaño y egoísta.) 

Pensé que había metido el delicado y no me seguiría contando. Mas se sentó al borde de la cama, prendió un tabaco y, luego de sucesivas chupadas y exhalaciones, comenzó a hablar: 

«Mire, yo me adhiero a lo que contó Máximo Gómez en su diario. Él estuvo a su lado hasta poco antes de su caída. Quienes fundan una teoría suicida solo piensan en vituperarlo. Copado por fuerzas muy superiores, prefirió morir, sí, y no por la espalda, sino como en sus Versos sencillos, de cara al sol». 

Fue como si la conversación hubiera terminado, porque se levantó y encaminó sus pasos hacia la puerta entreabierta... ¡Qué bueno!, la cerró y volvió a la posición anterior. Respiré profundo y, sin darle tiempo a su elocuente verbo, le transmití algunas consideraciones que quizás partían -le aclaré- de la respuesta que Martí diera a la carta abierta de Enrique Collazo, misiva que le llega como una daga en su exilio neoyorquino, cuando ya había logrado unificar los distintos clubes y estaba a punto de fundar el Partido Revolucionario Cubano. 

«Mire, jovencita, Collazo, quien termina embarcándose con mi tío hacia Quisqueya. Fue muy injurioso al tildarlo de Capitán Araña, y decirle que al volver a encenderse la guerra, continuaría predicando la acción, pero sin ir al combate. Como era de esperar, la reacción de Martí no podía ser tibia, sino ardiente, elevada y aleccionadora. 

Y citó de memoria y textualmente la respuesta: «Creo, señor Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que ya no me falta, el valor necesario para morir en su defensa». 

—¿Coincide usted conmigo en que dicho mensaje pudo motivar cierta fantasía sobre el arrojo de su tío? 

—Tal vez, pero le repito que no hay buenas intenciones en ese tipo de hipótesis que en la década del 50 del ayudó a afianzar una película muy mediocre, mexicano-cubana de El Indio Fernández titulada «La rosa blanca». 

—¿Recuerda alguna escena, Raúl? 

—Existe una escena donde se aborda la reacción de Martí ante la carta de collazo, casi junto a otra de la partida hacia los campos de Cuba en armas. Se ve la estela del barco y, a continuación, mi tío, enfermo y atribulado, dictando la respuesta. En los espectadores quedaba la impresión de que aquel viaje era impulsado por aquella cita pública de Collazo. Pero analice usted. Entre ambos hechos, en realidad, ¡hay nada menos que tres años, fundamentales y decisivos! 

—Raúl, el doctor Entralgo me mostró una foto del cadáver de su tío en el momento en que se procede a una nueva exhumación, el 26 de mayo de 1895. Fue publicada en una revista Bohemia de 1959, acompañando un artículo en el cual su autor afirma que Martí quedó herido y no muerto al instante... 

—¡Eso es mentira!, dígale a Entralgo que me mande esa Bohemia. 

—Espere, déjeme terminar. También en esa misma publicación, en un número de 1953. Parece un encendido comentario acerca de cómo fue recolectado el dinero para construir el monumento que preside la actual Plaza de la Revolución en Ciudad Habana... 

—Es posible de suponer que mi tío cayera gravemente herido. Y lo pienso por la nota que dejó al Jefe de la Fuerza que lo conducía, en la tienda de doña Modesta. Por allí pasaron, en su rápida retirada, con la valiosa presa. 

—Sí, traigo anotado el texto. Le leo: «Martí, herido, lo cuidaré y se lo devolveré». 

—Así mismo es. Pero dado el fanatismo reinante entre la tropa española, al conocerse de quien se trataba, quizás rematasen su vida con el tiro de gracia, que pudiera ser el que presentaba su cadáver en la cara. 

—Eso se lo dejo a los investigadores, no quisiera especular. Deme sus puntos de vistas. 

-Lo demás es bien conocido: arrastraron su cuerpo por el fango y lo enterraron inhumanamente, sin lienzo ni ataúd, como acto de cruel ensañamiento. 

 —¿Y lo del monumento? 

—A mi juicio constituyeron unas honras que mi tío hubiera rechazado de seguro. Por decreto número 42 de septiembre de 1952, y no por conciencia y voluntad popular, se recolectó el dinero a base de impuestos y exacciones económicas. Fue una medida general y obligatoria: días de haber del personal de comercio e industria, portes de contribuyentes al seguro de salud y de Maternidad Obrera y de todo aquel que se ganara el pan con el sudor de su frente, profesionales, empleados, asalariados, instituciones. Diez centavos por cada una de las cabezas de ganado vacuno sacrificado, quintal de café limpio o beneficiado, tercio de tabaco en rama; veinte centavos por cada millar de tabaco y uno por cada catorce ruedas de cigarrillos fabricados en ese año. 

—Era por el año del centenario del nacimiento Apóstol. 

—Y de la politiquería... 

—¿Y si alguien se negaba? 

—Se preveía la desobediencia y el castigo. Yo me pregunto: ¿Por qué no cogieron ese dinero del Tesoro Público? Claro, ya estaba exhausto debido al vals de la política de la época, el usufructo tomado del poder. Palacios, fincas, yates propios, cuentas en bancos extranjeros. Todo salido de las aras nacionales para beneficio de particulares, de privilegiados de la sinecura y la botella. Una forma más de corromper el sentido honorable del trabajo y de la educación del pueblo. Se malgastaba la plata necesaria para escuelas y hospitales... 

Iban a dar las cinco de la tarde, y Raíl, metódico en sus costumbres, me advierte la hora. 

—¿Puedo venir otro día? 

—Venga cuantas veces guste, me avisa antes. Ya me conoce. Prescinda del doctor Entralgo. Prefiero conversar por las mañanas, son más frescas y me fatigo menos. 

Como por ese tiempo me había picado el «bichito» del periodismo, pensé que sería bueno. Regresé dos o tres semanas después, en compañía de un colega. En mi agenda de entonces, hallada años después durante una de esas limpiezas generales a al papelería acumulada. 

Nunca escribí un artículo con fines publicables. Hasta el año 1999 durmieron las notas y la transcripción de la breve entrevista. Se cumplían entonces 104 años de la caída del Apóstol. Tuve que hilvanar recuerdos y darle forma a detalles enriquecedores del memorable encuentro. 

De Raúl García Martí supe que falleció en los años 1990, en un hogar de ancianos de la capital cubana. 

Guardo de él también el testimonio sobre su madre y su abuela doña Leonor, así como el que con relación a su persona me ofrecieron dos mujeres que le brindaron su amistad y cuidado, desde que abandonó su quinta en Tapaste y llegó a Santa Clara para entregarse en cuerpo y alma a la construcción y montaje de la fábricas de sacos (SAKENF), cuyas primeras máquinas donó y echó a andar. La misión le fue confiada por el entonces Ministro de Industrias Comandante Ernesto Guevara de la Serna. 

Nota: Versión de la entrevista versión de la entrevista publicada por la autora en la edición de Vanguardia del sábado 15 de mayo de 1999.Página 4.