20140502213626-silla-historiador-santa-clara.jpg

 

3:21:37 p.m. 

Por Mercedes Rodríguez García 

Se pueden plantar 18 tamarindos, uno por cada uno de los memorables núcleos fundacionales de la Gloriosa Santa Clara; o 325, uno por cada año que cumplirá este 15 de julio la ciudad; incluso, 240 543 de esos árboles, de acuerdo con el número de ciudadanos que la habitan. Pero ello es propio de aniversario, no de memoria histórica. La memoria de una nación, de un pueblo, de una familia es asunto del día a día, pues una vez que se ha perdido, ya no queda nada. 

Perder la memoria —o irla perdiendo poco a poco— es muy grave. Y ello no debe ocurrir en Santa Clara, única de las capitales de provincia que ha mantenido vacía, durante años y años, la silla del Historiador de la Ciudad, legada excepcionalmente por el filósofo y literato Manuel Dionisio González Yanes (1815-1883), quien una vez licenciado en el habanero Seminario de San Carlos regresó a la querida villa natal, donde alcanzó nombradía por fundar publicaciones periódicas. 

Y aunque a la ciudad no le faltaron ilustres, cultos, doctos y reconocidos hijos que asumieron la promoción, conservación y divulgación de la historia local, ninguno fue ordenado como tal para ocupar la silla, legítimamente ganada por el autor de Memoria histórica de la villa de Santa Clara y su jurisdicción, un texto de obligada referencia desde que viera la luz en 1858. 

Incluso, llegado el siglo xx el nombramiento oficial fue postergado una y otra vez. Tampoco se logró después del triunfo revolucionario de 1959, cuando se valoró como candidato a Fausto Vilches de la Maza, y apareció en la palestra pública el Dr. en Filosofía y Letras Luis A. García González, solo reconocido como Historiador por Excelencia poco antes de morir, a los 86 años. 

Pero no fue hasta 2002 cuando Santa Clara tuvo su historiador oficial: Ovidio Cosme Díaz Benítez, graduado de Historia en el entonces ISP Félix Varela, máster en Historia y Cultura cubanas en aquellos momentos, y con una vasta experiencia gracias a sus largos años de trabajo en el Archivo Provincial de Historia. Santaclareño, profesor e investigador de probada ejecutoria intelectual y revolucionaria, hombre culto, de carácter afable y excelentes relaciones humanas, Ovidio se propuso muy en serio salvar los desarraigos y torpezas de una ciudad absorbida en el ritmo sustancial y apremiante de lo cotidiano. 

Pero como dice el refrán, la alegría dura poco en casa del pobre. Un buen día —malo para su ciudad—, hace ya más de cinco años,  Ovidio decidió marcharse a La Habana por asuntos familiares. Aunque en realidad, creo que no se le atendió como debía. Incluso, el Historiador jamás tuvo Oficina.

Inconcebible, pero cierto. Tan cierto como la soledad de una silla que aún permanece vacante, y que vuelve a convertirse en reclamo de una ciudad urgida no solo de beneficios materiales y maquillaje embellecedor, sino de acciones inteligentes y colegiadas en aras de de rescatar y mantener viva su historia, leyendas, tradiciones, costumbres. Esas que perduran en familias, barrios, instituciones, hombres y mujeres que la habitan.

Todavía recuerdo aquella entrevista1 que me concediera en julio de  2001, durante un recorrido por La Habana Vieja,  el paradigmático Historiador de la capital cubana Eusebio Leal. «Emboscado» por un grupo de colegas en medio del bello Palacio de los Capitanes Generales, me atreví a preguntarle si una ciudad como Santa Clara necesita un historiador.

 «[…] Una ciudad tan histórica, con elementos tan importantes de historicidad, con su teatro, su parque Monumento Nacional, su Plaza de la Revolución Ernesto Guevara, sus museos, el Memorial del Che, con todo esto, requiere de un historiador que realce una labor continúa y constante, y, al menos, de una oficina donde pueda centrarse toda la labor de conservación y divulgación de los temas que le son propios».

Una década y tres años después «el cuartico está igualito».  Trabajo me cuesta pensar que no exista un hombre o una mujer que reúna las cualidades humanas, revolucionarias, educacionales  y culturales para ello. Digamos, una persona honorable, conocedora de la vida pasada y presente de su ciudad, sus tradiciones, identidad, evolución y actualidad; dispuesta a asesorar a los funcionarios del Gobierno, del Partido y demás autoridades locales en lo que a Historia se refiere, en el momento que sea necesario; alguien dispuesto a hacer que su criterio se escuche y a buscarse problemas, porque  sabe lo que quiere y ama lo que defiende, porque es gente trabajadora, sabia y respetable, porque es afable, modesto, sencillo.

Resulta imprescindible un hombre o mujer —un nombre— que al frente de un equipo, con voluntad y abnegación, ordene, encauce, salve y enaltezca; eduque, oriente y contribuya a proteger lo legado. No debe dilatarse más. La Oficina del Historiador de la ciudad de Santa Clara debe existir no solo para la preservación patrimonial, sino también para proponer toda una filosofía ciudadana en aras de reafirmar los conceptos de identidad, el sentimiento nacional, el patriotismo. Al futuro solo se puede ir desde el pasado, y desde este salir a combatir por todo lo que amamos.

Podemos seguir plantando cualquier cantidad de tamarindos cada 15 de julio. Pero mi Santa Clara querida necesita urgente de uno, aquel bajo el cual ha de cobijarse una silla ocupada. Desde ella habrá de verse y pensarse la ciudad y su pueblo trabajador, el que levanta, el que construye, el que la hace día a día gloriosa y memorable.  

Nota:

1 «Mientras esperan Marta Abreu y el Niño de la Bota», en Vanguardia, 7 de julio 2001, p. 3.