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La explosión tecnológica de este siglo invade hoy los más disímiles espacios de la sociedad. Desde la vida económica de un país hasta la producción espiritual de las personas transitan por las ventajas y desventuras de la era digital.

En medio de la vorágine de dispositivos, símbolos y sentidos, el consumo cultural del cubano se aleja de la prominencia comunicacional del Estado para sucumbir, con una fuerza insospechada, ante el famoso «paquete».

Series, novelas, películas, shows, dibujos animados, deportes, videos musicales, humorísticos; documentales, juegos, aplicaciones para celulares llegan cada semana a miles de nuestros hogares, por tarifas que oscilan entre 5 y 50 pesos en moneda nacional.

Entretenimiento y calidad garantizados en copias rápidas y libres de virus, según anuncian los proveedores, personas que, en franca burla a derechos de autor y recepción, aprovechan los restringidos servicios de televisión satelital, una conexión a Internet o el suministro de quienes provienen del extranjero, para lucirse con «lo último que trajo el barco».  
 
Usted encuentra aquí desde el más reciente partido de la Champions League hasta el concurso musical en que una monja italiana interpreta exquisitamente una canción de Alicia Keys. Un aluvión de programas de televisoras extranjeras que circulan a través de discos duros y memorias USB, y configuran un cosmos audiovisual donde el individuo elige qué, cómo y cuándo consumir el producto.

El cubano, embebido en los problemas del día a día, hastiado de programas insípidos y aventuras retransmitidas por enésima vez en la pantalla chica, busca en el paquete algo para relajarse por unas horas. Y rara vez regresa con el pendrive vacío.

Nos exponemos así al neocoloniaje cultural de las transnacionales mediáticas, que resuenan en nuestras narices mensajes tan huecos como peligrosos: la doctora Ana María Polo tiene la solución a tus pleitos legales, la chica de pueblo podría convertirse en nuestra belleza —¿vergüenza?— latina o en la nueva voz de España, México, Estados Unidos, Italia. Y ni hablar de las series coreanas, que venden más de lo mismo, pero con personajes de ojos rasgados.

Lo banal, lo morboso, el chisme de farándula, la llamada pacotilla ocupa más de la mitad de los 800 GB de audio y video. A tal principio responden las industrias del entretenimiento del mundo capitalista.

Pero el paquete también incluye series de excelente factura dramática y efectos visuales atractivos, documentales interesantísimos de historia, arquitectura, medicina, economía; las películas ganadoras de premios Oscar, Goya, y de festivales como el de Cannes; incluso, filmes cubanos poco divulgados en el país o ausentes de las cinematecas locales.

¿Qué oferta, a cambio, la televisión nacional? Poco, muy poco.

Gran parte de su parrilla la ocupan los mismos productos que tanto criticamos: novelas rosa, largometrajes hollywoodenses, animados mangas, seriales estadounidenses, australianos, asiáticos. Claro, casi todos con atrasos respecto a la mercancía del vituperado paquete.
 
Suerte nuestra que todavía disfrutamos de productos inteligentes y bien concebidos, como Espectador crítico, Vivir del cuento, Pasaje a lo desconocido, De nuestra América, Sitio del arte y algunos (re) transmitidos por el canal Multivisión. Privilegiados también por acceder a la red multiestatal TeleSUR, con una dinámica informativa y educativa envidiable, más allá de la superioridad de recursos a su alcance. Y por suerte, mejor atendidos ahora con las emisiones de partidos internacionales de béisbol, baloncesto y fútbol.

El resto de la programación televisiva se compone de presentaciones musicales con propuestas semejantes, pero distintos conductores, dibujos animados tan didácticos como empalagosos y aventuras de décadas pasadas. Indirectamente, lanzamos a nuestra audiencia tercermundista a los contenidos virales de la televisión primermundista.

El cubano medio no siempre cuenta con las herramientas adecuadas para interpretar tales productos, para distinguir lo esencial y lo frívolo del espectáculo foráneo. Por tanto, corre el riesgo de asumir de modo inconsciente patrones extranjerizantes, incoherentes con los valores del proyecto social de la nación.

La solución no está en castigar o censurar ese flujo ni en imitar contenidos que fomenten la desmemoria histórica, el consumismo, la mercantilización. Tampoco, en lamentarnos de la escasez de recursos, pues la década de los 90 complació al público con policíacos como Su propia guerra, popularmente rebautizado como El Tabo.

Se impone mirar hacia adentro, reformar las expresiones insubstanciales, los puntos neurálgicos de la cartelera televisiva. Tenemos que repensar el quehacer de salas de cine, centros de enseñanza, museos. Solo así cautivaremos a nuestros receptores y los alejaremos del paquete, ese instrumento virtual de transculturación con más de 400 GB de pacotilla. 

(Fuente: Vanguardia /Laura Lyanet Blanco Betancourt)