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10:04:08 a.m.

Acaba de irse San Valentín, fecha en la que todo el mundo celebra el amor entre parejas. Y aunque en Cuba tiene lugar como Día de los Enamorados,  extendiendo la efeméride del más universal de los sentimientos a todos los seres humanos, la tradición circunscribe el 14 de Febrero a la relación entre dos personas —ya no importa mucho el sexo— a las que además del cariño los une la pasión, el apetito o el afecto vehemente.

Y nada de flechazos disparados por Cupido. No. Resulta que ahora, en la era de los matrimonios gay y la lucha contrala homofobia, la ciencia afirma que el amor es solamente pura química, aseveración que explicaría el comportamiento, muchas veces estúpido, que seguimos cuando nos enamoramos.

El filósofo José Ortega y Gasset definió el enamoramiento como una situación de «imbecilidad transitoria». Por fuerte que nos parezca esta definición, lo cierto es que debemos admitir que cuando nos fijamos en una persona, comenzamos a realizar cosas estúpidas (como celebrar San Valentín, pensarán algunos).

Empezamos a hablar de «él» o «ella» como si nada más existiera en el mundo, nuestro ritmo cardíaco se incrementa, se generan más glóbulos rojos para mejorar la oxigenación de nuestro organismo, y en ocasiones dejamos de lado al resto de personas que nos rodean, sean o no de la familia.

Aunque muchas de estas reacciones son puramente fisiológicas, ¿qué desencadena este torrente de actividades que suceden en muchas ocasiones cuando nos enamoramos?

Algunos científicos definen al amor como pura química. Y seamos realistas (aunque estemos en San Valentín), razón no les falta. El comienzo de esa intensa enfermedad, por la que nos «obsesionamos» con alguien, no es más que una curiosa mezcla de reacciones bioquímicas. En cierta manera, el corazón nubla a la razón, condicionando nuestro comportamiento y voluntad.

Las culpables resultan unas sustancias químicas que, actúan en la corteza del cerebral, y desencadenan finalmente una serie de reacciones fisiológicas sobre nuestro organismo.

Cuando conocemos a una persona que nos atrae, las primeras sustancias que empiezan a jugar con nosotros mismos se denominan feromonas. De ahí eso de que el amor es ciego, ya que estas moléculas de bajo peso llegan a través de nuestras fosas nasales. Es decir, que la primera atracción se determina por la nariz. Sí señor, el flechazo inicial es cuestión «de narices» y no de ojos, aunque el refrán diga que la «cáscara guarda el palo».

Entonces son las feromonas las sustancias que determinan esa atracción inicial, que de hecho puede continuar o desvanecerse. La responsable de que se mantenga es la feniletilamina, encargada de  propiciar esa sensación, antes del primer encuentro sexual, típica de «euforia» y «pasión» que sentimos cuando nos enamoramos.

Resumiendo. El cerebro se turba gracias a la acción de esta sustancia, la vista deja de ser periférica para focalizarse, empezamos a escuchar sonidos internos y evitar el «ruido externo» e incluso, perdemos la coordinación de nuestros movimientos.

Pero esa «imbecilidad transitoria» no dura eternamente, sino que nuestro organismo decidirá finalmente si la persona en cuestión merece o no la pena. El cerebro regresará a un «estado de calma», y equilibrará el caos momentáneo en el que se vio envuelto.

Y es en este punto donde entran a jugar otras nuevas sustancias químicas, las conocidas como endorfinas y encefalinas. En realidad se trata de opiáceos (drogas naturales del placer), con las que nos «teletransportamos» a una especie de inframundo divino.

Pero no hay amor sin atracción. O al menos eso piensa nuestro organismo, que también se ve sometido a la acción de determinadas hormonas, como la testosterona y los estrógenos, que favorecen el conocido deseo sexual. Otras sustancias, como la oxitocina o la vasopresina, también intervienen «estrechando nuestros lazos» con esa persona.

Un verdadero el cóctel que se produce en nuestro cerebro y trasciende al resto del organismo. Una mezcla bastante «explosiva» de sustancias que funcionan sobre nuestra mente y sistema endocrino, y que explican el por qué de esos «flechazos» que desencadenan el  llamado enamoramiento de la persona en cuestión.

Concluya usted. Pero a mi todo indica que la fidelidad no es más que una cuestión hormonal, aunque la demostremos con flores y otros regalos materiales un día tan específico, como el llevado y traído Día de los Enamorados, Día del Amor, o de San Valentín, que pudiera ser también de Santa Valentina, para seguir la corriente de que promueve la igualdad de género.