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6:02:05 p.m.

Por Mercedes Rodríguez García

Los 33 países que integran la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños declararon este miércoles  a la región como Zona de Paz.Culminaba así la II Cumbre de la Celac que durante los días 28 y 29 reunió en La Habana a dignatarios y jefes de delegaciones de los estados miembros, convocados para integrarse y emprender acciones diversas contra el hambre, la pobreza y la desigualdad.

Puede parecer un sueño, una quimera, una utopía, concordaron muchos de los que intervinieron, algunos de manera enérgica y categórica; otros, muy diplomáticamente, nada desafiantes. Pero todos sabedores de la gran responsabilidad que comparten hacia la unidad del inmenso y rico territorio, desgraciadamente muy mal distribuidos sus recursos, fruto de «sistemas perversos», como precisó el presidente de Ecuador, Rafael Correa.

Muchos discursos. Pero ninguno tan vertical, intenso, vital, apasionado, como el de Cristina Fernández, la presidenta argentina. Con firmeza pidió a los demás jefes de Estado y de Gobierno allí reunidos, reconocerse como iguales, una vez que elegidos por «voluntad popular, democráticamente  representan a todos los pueblos de América Latina y el Caribe».

Y aunque Argentina es el país latinoamericano con más desarrollo de energía nuclear pacífica, Cristina habló de paz, e instó una vez más a Reino Unido para que entregue las Islas Malvinas: «Eso tiene que ver con la desmilitarización del Atlántico Sur, es vital para el desarrollo de la región que se conserve la desmilitarización».

Cristina, testigo de todas las reuniones regionales que se han realizado desde 2003, imprimió confianza en la Celac y en «el proceso sin precedentes que más tarde o temprano, con más o menos dificultades, deberá necesariamente darse, porque el mundo está marchando claramente a la confrontación de bloques», y nuestra región es «particularmente favorecida»: recursos naturales sin precedentes, capacidad de producción de materia alimentaria, «y sin embargo junto a todo esto, subyace el problema de la desigualdad, de la injusticia, la brecha entre los que tienen más y menos. Y es nuestro continente el más desigual».

Para la mandataria argentina el primer desafío de la Celac es construir una agenda que «deje de lado la burocracia y no nos convierta en un organismo multilateral con declaraciones que nunca se cumplen. La primera cuestión para que esto sea posible es considerar que todos los aquí sentados, más allá de las diferencias, somos iguales y tenemos las mismas obligaciones».

En esencia, se trata de reconstruir una identidad común que facilite la cooperación, lo que no significa que todos los presidentes asuman el reto de la misma manera ni bajo el mismo prisma ideológico ni con la misma exigencia. Cada gobierno tiene sus «urgencias, sus sobredosis, sus sobrecargas». Y no habrá soluciones mágicas.

Sin embargo, como afirmara también ese hombre sencillo y luchador que preside la República del Uruguay y al que todos llaman Pepe Mujica, «existe un sentimiento histórico, una tradición cultural y hondas raíces desde tiempos de los libertadores por la integración», que es la lucha para «ser alguien en este mundo». 

Se trata de una marcha larga, pero se puede emprender juntando fuerzas, voluntades, recursos; «luchando por ser fuertes y poder influir en este mundo a favor de defender la vida», pensando como especie. «Tenemos que integrarnos», exhortó. Porque si la humanidad «sigue pensando apenas como país, y como clase social, y pensando solo en lo nuestro, entonces la civilización está condenada», precisó.

Sus palabras, tan bien alineadas con la personalidad de quien vive como piensa y piensa como vive, fueron concluyentes, conmovedoras, tanto que muchos mandatarios echaron mano apresurada a la escritura. Y hubo quienes tragaron en seco, entornaron los ojos o sonrieron amargados. Grande, grandísimo es el reto. «Lo bueno viene con lo malo de la mano, no hay mundo perfecto, tenemos que integrarnos por nuestro propio desarrollo, que no es solo sumar riquezas, es la lucha por la felicidad humana», enfatizó.

La Patria Grande ha cobrado conciencia gracias al Eterno Comandante Hugo Chávez, legítimo descendiente de Simón Bolívar y de José Martí, el mejor amigo de Cuba, de Fidel, de Lula. Chávez, padre de la Celac, que tanta altura y brillo alcanzó recientemente en La Habana, erigida por dos días capital de América Latina y el Caribe.

Cuba, sí. Profunda y solidaria, crisol de vergüenza, resistencia e intransigencia. Cuba firme, indoblegable. Cuba escenario garante para convocar, desde la diversidad, a la unión, a la concordia. ¡Nunca como ahora se vio desde su capital, el mundo!

Cada cual contó de sus pasos en aras de los objetivos comunes. «La pobreza, el hambre, la desigualdad, son síntomas de las economías débiles que no crecen a un ritmo suficiente para mejorar la situación de los pueblos», manifestó la primera ministra de Jamaica, Portia Simpson.

«Es nuestra obligación continuar con el proceso de liberación. Tenemos que seguir reduciendo la pobreza y lograr que los recursos naturales sean de los pueblos bajo la administración de los Estados. Esa es la experiencia del pueblo boliviano», afirmó Evo Morales, quien no vaciló en denunciar la política exterior injerencista y el espionaje de los Estados Unidos. Y hasta bromeó sobre el tema cuando dijo que sin ese país en la Celac «no habrá golpes de Estado»,  cuando al recordar un discurso de Obama diciendo que no espiaría a las naciones «amigas», comentó sonriendo: «Si hay que hacer espionaje para la seguridad mundial, todos espiemos a Obama, y así habrá seguridad mundial».

Daniel Ortega,  el mandatario nicaragüense, recordó que cuando se libraban las batallas por la independencia contra España en toda nuestra región, se dio el momento de unidad tanto en el Sur de Nuestra América como en Centroamérica, pero no fue posible. Sin embargo, dijo: «Ahora hemos retomado el camino, hemos alcanzado un alto grado de madurez los latinoamericanos y caribeños». Y se mostró agradecido a Fidel y a Raúl. «Gracias a Cuba que nos da la fuerza para creer en que las revoluciones victoriosas son posibles y en la convicción de que el socialismo es posible». Nicaragua ha retomado el camino.

Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, resaltó la manera diferente en que cada nación o grupo de países dentro de la región manifiesta su forma de pensar, su camino, sus ideas. En ese sentido, aludió a la experiencia de la Alianza del Pacífico (Perú, Chile, Colombia y México), basada en mecanismos económicos y financieros.

Mencionó los avances de su gobierno en los indicadores de pobreza, desigualdad y creación de empleo, pero dijo que aún quedaba mucho por hacer. Agradeció el apoyo de los países de la región al proceso de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) que se desarrolla en La Habana, especialmente a Cuba, país garante, y a Chile y Venezuela, que fungen como acompañantes.

Al respecto, Santos se mostró «más optimista de lo que era hace un año». Reconoció voluntad de ambas partes, y afirmó: «No hay valor más importante que la paz. Si seguimos como vamos, ojalá en la próxima Cumbre en Costa Rica, podamos decir que el conflicto armado en Colombia ha terminado. Seguiremos trabajando muy duro para que así sea».

Kenny Anthony, primer ministro de Santa Lucía, compartió el criterio de otros jefes de gobierno cuando advirtió sobre el peligro de que la Celac se convierta en una organización que se mida en declaraciones y abogó por diálogos más francos. «No sería honesto si no expresara mi desencanto ante las reacciones a los desastres naturales recientes que golpearon a tres países del Caribe Oriental». Recalcó que la solidaridad es más que una empatía, y puso el ejemplo del auxilio ofrecido por Cuba y Venezuela, que han «ayudado a cambiar la calidad de vida de nuestro pueblo».

El presidente de Guyana, Donald Ramotar, y el primer ministro de Barbados, Freundel Stuart, también reconocieron la ayuda de Cuba a la región. Para Ramotar la unidad es  imprescindible para enfrentar las consecuencias del cambio climático, fenómeno que a su juicio «ha afectado nuestra habilidad para garantizar la seguridad alimentaria en nuestra región». Por su parte, Stuart señaló la capacidad de «comunicarse para ser más fuertes» y a la Celac como «un espacio para compartir prácticas y aprender unos de otros».

Otros presidentes y primeros ministros requirieron la necesaria energía política para combinar esfuerzos y poner fin de una vez a la pobreza, encauzar los deseos en acciones concretas, y hacer de la Celac «expresión de nuestras más legítimas aspiraciones comunes», como expresara el vicecanciller de Honduras, Roberto Ochoa Madrid. O como refiriera Ollanta Humala, presidente del Perú, al referirse a las emisiones globales contaminantes y a las urgentes labores de adaptación para canalizar recursos, conocimientos y tecnología de parte del mundo desarrollado hacia el subdesarrollado: «Es preciso actuar para asumir compromisos», zanjando diferencias de forma «madura y responsable».

En fin, no habrá espacio suficiente en ningún periódico del mundo para escribir sobre una agenda que en esencia e intento ha estado históricamente presente en quienes han luchado por la defensa de los principios de respeto y de inviolabilidad de la soberanía de las naciones.

«Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz». Palabras de Benito Juárez, conocido como Benemérito de las Américas. Su vida puede decirse que es la historia misma de México en las décadas centrales del siglo xix. Cuánto conviene, junto a Bolívar y Martí, estudiar a ese indígena zapoteca, electo en dos ocasiones presidente de su país. Abogado y patriota que supo hablar de socialismo como «tendencia natural a mejorar la condición, o el libre desarrollo de las facultades físicas y morales». Tendencia que avizoró mayor «mientras mayor sea el despotismo y la opresión».

Por Juárez se puede admirar mucho más a Evo Morales. Como por lo que dijo acerca de la mujer a Cristina: «La mujer es nuestra compañera, y como tal, y jamás como esclava, debe ser tratada. Elevándola, nos elevamos nosotros mismos».

Ojalá que juntos, hombres y mujeres que rigen los destinos de América Latina y el Caribe, lleguen a convertirse en dignos representantes de las 33 naciones independientes que se abrazaron, no tan tímidamente como algunos puedan pensar, en La Habana, durante una Cumbre «surgida sobre el acervo de doscientos años de lucha por la independencia y basada en una profunda comunidad de objetivos», como expresa en su discurso de apertura el presidente cubano Raúl Castro Ruz, y de algún modo ratificara Laura Chinchilla, presidenta de Costa Rica, país que asume la presidencia pro témpore de la Celac.

Se trata del logro político más importante de la región, y su impacto ha de sentirse en el sistema-mundo. Por La Habana anduvieron por primera vez los ojos de Ban Ki-moon, el secretario general de la ONU. Dilma Rousseff, la presidenta de Brasil, y Michelle Bachelet, de Chile, calificaron de histórica la magna cita. La primera ministra de Trinidad y Tobago, Kamla Persad-Bissessar, afirmó que la Celac ha hecho realidad lo soñado por mucho tiempo.

Valgan entonces los pensamientos distintos e, incluso, diferencias. La II Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), ha multiplicado las luces del Maestro en el año 161 de su natalicio.  Sirva lo acontecido en su entorno para levantar el optimismo de los cubanos en el futuro socialista y próspero de la patria, para sentirnos orgullosos de nuestro incansable Comandante en Jefe. Pero sobre todo, para agradecer eternamente a Chávez el haber hecho realidad el sueño bolivariano de una América unida y el haber depositado antes de morir toda su confianza en Nicolás Maduro, ese hombre que hoy cumple y defiende con hechos, la paz, la soberanía, la unidad y la dignidad venezolana. 

¡Qué bueno! Cuba en la Cumbre de la Patria Grande. ¡Qué bueno! La región de «las venas abiertas» ha decidido «juntar su sangre en un solo Amazonas, alzar sus brazos en un solo Aconcagua». Pueblos con una misma historia y cultura, sin amos, sin tutelas, sin exclusiones, empiezan a entenderse.