20140112131553-trinidad.jpg

 

7:02:16 a.m.

Con una imagen renovada, como en los tiempos más notables de su existencia, la villa de Trinidad, Patrimonio Cultural de la Humanidad, al centro sur de Cuba, llegó este 12 de enero a su primer medio milenio de fundada por los españoles.

Todo luce distinto en la también llamada Museo del Caribe, con sus retorcidas y estrechas calles empedradas, su verjas, amplia puertas y hermosos ventanales.

Cada familia hizo suya esta celebración en la tercera villa fundada por los conquistadores ibéricos en 1514.

Los interiores de las viviendas, los palacetes, recuperan el toque de nobleza de sus creadores, los amplios patios con sus macetas y el aljibe muestran la atracción por lo mudéjar.

En 1988 la Unesco le otorgó la condición de Patrimonio Cultural de la Humanidad al centro histórico de Trinidad y al Valle de los Ingenios o San Luis, donde se trabaja en la conservación de cerca de 80 sitios arqueológicos industriales.

Peregrinar por la zona histórica de Trinidad permite conocer no sólo a una de las villas mejor conservadas de América, sino también elevar el espíritu con las bellezas arquitectónicas que posee y con un pasado de leyendas y realidades inigualable.

Las antiguas mansiones y palacetes guardan muchas historias. En sus amplios salones brilló lo mejor de la intelectualidad cubana en sus asiduas tertulias.

Por su Plaza Mayor se paseó el sabio alemán Alejandro de Humboldt, un francés —radicado en la villa— forjó campanas para iglesias y una simbólica pérgola, mientras otras figuras de renombre, el poeta cubano Plácido, también detuvo su mirada en esta parte de la Isla.

Muchas de estas mansiones, convertidas hoy en Museos, ofrecen al visitante la posibilidad de descubrir el esplendor de una época, donde la riqueza de unos pocos, basada en la industria azucarera, estuvo sustentada por la más infame de las ignominias contra el ser humano: la esclavitud. 

Pero Trinidad no existiría sin el Valle. Gracias a la mano de obra esclava nació una insipiente producción azucarera, creando la opulencia en que llegaron a vivir sus dueños, criollos y españoles.

En 1840 en esta planicie, al pie de las montañas, surcada por fértiles ríos y arrojos, existían 48 ingenios o fábricas de azúcar. De aquel esplendor económico a costa de la explotación del negro se conservan importantes huellas: pailas, torres, ruedas dentadas y mansiones, como la del ingenio Guáimaro.

En 1827 aparecían censados oficialmente en el Valle 11 mil 697 esclavos, de los cuales la mayoría eran hombres.

La torre del ingenio Manaca-Iznaga, con siete descansos es la más prominente, símbolo que prevalece en el valle con sus 43,50 metros de altura rodeada de leyendas y mitos.

Las piedras: símbolo distintivo

En las calles trinitarias se conserva otros de los símbolos, sus piedras acomodadas para que las aguas fluviales corran raudas por su centro.

A nadie, de los oriundos, se le ocurriría renunciar a ellas, porque son el símbolo de una bella ciudad que la magia natural detuvo en el tiempo.

El obispo Morell de Santa Cruz, quien visitó a Trinidad en 1754, decía que la villa era una cantera de piedras con un polvo que todo lo enlodaba.

Entre los documentos históricos uno afirma que ya en 1773 —se detalla en un acta capitular— se estaban situando piedras sobre el barro para asegurarlas.

Cincuenta años después empieza el empedrado por orden del teniente gobernador de Trinidad Don Pedro Carrillo de Albornoz, así como la construcción de la Plaza de Paula, que a partir del 1906 se denominaría Parque Céspedes.

Las piedras que cubren todo el centro histórico urbano de esta ciudad fueron extraídas de las cuencas de los ríos de la zona, formando grandes mosaicos de diferentes colores y formas.

Mientras una leyenda acredita que para darle utilidad a las piedras que servían de lastre a las embarcaciones se decidió colocarlas en las angostas calles de la villa para evitar la erosión y elevar su belleza.

En 1838 ya estaban cubiertas un total de 62 mil 56 varas planas de calles y plazas, que correspondían fundamentalmente a la zona alta. 

Para esta importante empresa los vecinos aportaron grandes sumas de dinero, mientras otras fuentes de ingreso fueron los donativos de funciones de teatro y hasta las multas impuestas a infractores por la contravención de regulaciones dictadas por el Cabildo, entre otras.

Muy interesados se mostraban los integrantes del Cabildo que emitieron regulaciones para transitar por las empedradas calles considerando que dañaban el entorno: unas daban vía a los choches y otras prohibían el paso de carretas tiradas por bueyes.

El empeoramiento de la economía de Trinidad hacia la segunda mitad del Siglo XIX y los efectos de las guerras de independencia contra el colonialismo español, entre otros factores, influyeron negativamente en estas vías empedradas, aunque no varió el interés por su conservación, incluso durante la etapa republicana.

Un hecho muy curioso, que demuestra el amor inmenso por el terruño y su protección, lo demostró Rosalía Fernández Quevedo, quien ofreció su capital para impedir que se retirara el empedrado de la calle Gutiérrez.

Hoy día la protección de las vías empedradas está entre las prioridades de la Oficina del Conservador de la Ciudad.

Para suerte, tanto de la localidad como del patrimonio mundial, Trinidad, conservó sus atributos de antaño, supo manejar bien los engaños de la modernidad y se mantuvo firme en su decisión de conservar un legado a sus 500 años.

(Fuente: PL / Raúl I. García Álvarez)