20131022113559-33249.jpg


 

22/10/2013 5:26:52 

 

Más de 60 personas fallecen anualmente en Cuba víctimas de descargas eléctricas, por lo que se convierte esta en la primera causa de muerte por eventos atmosféricos.

 

«El diablo se enfureció y mandó los poderes contra ellos, solo sintieron un fuerte estruendo y los enterradores dicen que fueron a la tumba con los pelos de punta».

—Oye, deja la bobería que aquí no hay diablo ni muertos. Vamos a aprovechar el aguacero, que está riquísimo.

Achacándoles a las leyendas el verdadero efecto de los fenómenos atmosféricos, la mayoría de la población muestra total irreverencia ante las tormentas eléctricas y tan solo tapan sus oídos para no sentir el molesto estampido, que cuando deja de escucharse es porque la descarga que mata, ya pasó.

No apuesto por la brontofobia, temor patológico a los truenos, relámpagos y tempestades, pero es bueno un tilín de susto para aquellos que retan a Zeus, sin percatarse de lo letal que pueden resultar las armas del poderoso padre de los dioses, según la mitología griega.

Más de 60 personas fallecen anualmente en Cuba víctimas de descargas eléctricas, por lo que se convierte esta en la primera causa de muerte por eventos atmosféricos.

En Villa Clara, según cifras del Departamento de Estadísticas de Salud Pública Provincial, en el primer semestre del año 2013 murieron dos personas por fulguración. Para algunos no resultará significativo hasta el día en que la suerte se quede dormida, no los acompañe y pasen a engrosar la lista de los occisos.

Estos fenómenos atmosféricos, que en la historia han sido atribuidos a la ira de los dioses contra los malos pasos de los humanos, realmente tienen un basamento científico. Según el Dr. Aldo Moya, especialista principal del departamento de Pronósticos del Centro de Meteorología de Villa Clara, la descarga eléctrica está compuesta por lo que las personas llaman relámpago, identificándolo por la luz; y el trueno, que es el sonido que retumba. 

«Las nubes tienen cargas eléctricas positivas y negativas que, al interactuar, originan una descarga en forma de chispa. Suceden como resultado de la diferencia de potencial eléctrico, y pueden ocurrir dentro de una misma nube, entre nubes diferentes o entre una nube y la tierra», explica Moya.

Las leyendas no han faltado y mucho menos las historias de los ancianos acerca de sus costumbres para protegerse de los rayos y centellas. Dictan tapar los espejos, no asomarse a la ventana, permanecer acostados lejos de cualquier elemento metálico y, aunque pueda parecer exagerado, algunas medidas deben respetarse.

Los meteorólogos explican que cualquier lugar es propicio para una descarga eléctrica, eventos característicos de los meses entre mayo y octubre. Los campos constituyen las zonas más peligrosas, pues son terrenos desiertos donde se encuentran varios puntos altos que buscan los rayos como canal para llegar a la tierra.

Es falso que los espejos trasmiten el relámpago, pero los teléfonos sí, están conectados por cables a un poste que puede servir de pararrayos. Además, son una amenaza para todos los equipos eléctricos.

«En medio de una tormenta, si estamos en el campo no debemos permanecer cerca de árboles. Lo recomendado es adoptar una posición en la que seamos el elemento menos alto del sitio, y evitar permanecer mojados. No debemos mantenernos en el mar durante la tempestad ni bañarnos en aguaceros mientras truene, ya que el agua de lluvia es conductora perfecta de la electricidad. Los radioaficionados deben tomar providencia con sus antenas», acota el experto meteorólogo.

«Existe un método básico para la protección, consistente en contar los segundos entre la luz y el trueno. La cifra, multiplicada por 340, nos da aproximadamente la velocidad del sonido, en metros por segundos. El resultado será la distancia aproximada en metros a la que nos encontramos de la tormenta. Una medición continua, en determinado período de tiempo, puede indicarnos también si la tempestad se aleja o se acerca».

Es preocupante la poca percepción de riesgo que tenemos los cubanos respecto a un fenómeno tan peligroso. Los jóvenes cometen locuras mientras truena, y  los truenos no son sandeces ni asunto de pura superchería.

Para las estaciones de tormentas eléctricas las autoridades competentes deberían crear estrategias educativas, para de la misma forma en que se logró enraizar en la población una cultura sobre huracanes, afianzar igual sabiduría en tales cuestiones que, si bien es cierto que no alcanzan la categoría de desastres, sí ocasionan muertes. Los medios de difusión masiva pudieran divulgar ampliamente los perjuicios que entrañan, así como historias reales. De seguro sería una vía más de persuasión para negligentes e ignorantes.

El consejo reiterado: «Niño, sal del agua cuando empiece a tronar», no siempre funciona. Y no es cuestión de dioses enfurecidos ni de cuentos del campo donde vivió por muchos años la abuela. Ningún capricho, más bien la experiencia. Las tormentas eléctricas son obra de la Naturaleza. No juegue con ella ni la rete.

 

(Fuente: Vanguardia / Miriam Elisa Peña)