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23/07/2013 12:04:52

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

No soy pitonisa, ni adivina, ni vidente. Pero les puedo asegurar que nuestro periodismo cambiará. Claro, en la medida y con la disposición que el país lo haga, como resultan aconsejables los cambios, como lo sugiriera Raúl: «sin pausa pero sin prisa». Aunque en honor a la verdad —que nunca será unívoca ni absoluta— el apremio signa al periodismo, y la lentitud, lo malogra. 

 

Lo digo sin ironías ni suspicacias ni subterfugios. De ahí que en nuestro caso apueste por la premura responsable, muy semejante a esa que obliga al cirujano a seccionar por lo sano, sin pérdida de tiempo, sin temor al tamaño de la herida ni al como quedará la sutura. Salvar a como sea el doliente es su misión. Existen antecedentes, estudios científicos y experiencia suficiente, pero se prorrogan decisiones no estratégicas que permitirán soltar las muletas de una vez y salir a entrenar de nuevo las atrofiadas alas. 

Y aquí sí funciona aquello de que el fin justifica los Medios —de Comunicación, por supuesto—, apremiados por el pueblo que ve en ellos una forma de hacer valer sus derechos ciudadanos —no solo de acceso a la información, como constitucionalmente está prescripto—, sino aquellos directamente vinculados a los servicios públicos, de los cuales resultarían «víctimas» fatales de no encontrar una sección, un espacio, un programa al cual volver la mirada y cifrar sus esperanzas para que se solucionen problemas, se erradiquen deficiencias o se apliquen medidas punitivas contra los «victimarios». 

Así que no voy correr el riesgo de reiterar axiomas tan antiguos ni tan bien formulados acerca del rol  social de la prensa, ni tampoco a cambiarle una coma al concepto expuesto por nuestro José Martí: 

«La prensa no es aprobación bondadosa ni ira insultante, es proposición, estudio, examen y consejo», escribió en el periódico Patria, «nacido a la hora del peligro, para velar por la libertad, para contribuir a que sus fuerzas sean invencibles por la unión, y para evitar que el enemigo nos vuelva a vencer por nuestro desorden». Su periodismo revolucionario, patriótico y valiente debía convertirse en paradigma —de hecho—, y no tanto de repetir como consigna o de anteponer como exergo. 

Hacer un periodismo que se parezca más a la sociedad en que vivimos, con sus virtudes y contradicciones, vuelve a esbozarse como suerte de anagrama, de acertijo. Hallar el cómo, es la cuestión. Y no será coser y cantar, ni vendrá por obra gracia de un santo benefactor que nos dotará de la infraestructura material indispensable ni —mucho menos— del sofisticado e indefectible herramental para transplantar cerebros inteligentes y corazones impetuosos a todo aquel que lo necesite, incluso, dentro del mismo gremio. 

Dicen por ahí que este Congreso fue «lo mismo con lo mismo», y que Fulano dijo lo mismo que Zutano en 1986; y que sí, pero que «no es el momento». Y que si las ruidos, y que si las nueces. En fin, catarsis pura. Siempre sucede. Pero no quejas, ni desesperanzas, ni pesimismo; ni los sueños, sueños son. ¿Por qué? ¡Ah! Porque mucho tenemos de soldado, porque no somos bastardos de una historia sin gloria sino hijos de las circunstancias. 

Me gusta la música. ¿Cantar?, no  puedo, mi voz, ya saben. No importa, escuchen, sin guitarra y sin violín, a capella: «Alánimo, alánimo la fuente se rompió/ Que sí, que no, que caiga un chaparrón…» Sí, mucha, mucha agua para ver si se llenan del líquido transparencia las fuentes, los embalses, las presas, y termina de una vez el vergonzoso secretismo. No ese «silencio que ha tenido que ser porque hay cosas que para que sean han de andar ocultas», lo cual es cierto y efectivo. 

El IX Congreso de la Unión de Periodistas (UPEC) ha concluido. Y las expectativas siempre han precedido este tipo de cónclave, en cualquier sector, en cualquier lugar del mundo. Lo de falsas o verdaderas, dependerá del archiconocido vaso de agua. Si somos optimistas, medio lleno; si pesimistas, medio vacío. 

Ya lo dije. No soy pitonisa, ni adivina, ni vidente. Mas, como he vivido la vida y me he quemado bajo el sol —cubano—, espero, sí, que nuestro periodismo retome el rumbo del día a día; sin demasiada nostalgia por la estruendosa rotativa de antaño ni los ásperos tecleos de las robustas y ya folklóricas máquinas de escribir. Amo las nuevas tecnologías y no concibo marcha atrás. 

Pienso que no existe mejor oportunidad para el cambio. Nuestra prensa —como dejó sentado en su tesis doctoral el maestro de maestros Julio García Luis— tendrá que ser coherente con el contexto en que actúa, adoptando en su organización, estructura, formas de gestión y funciones, los estilos y contenidos que resultan del sistema social prevaleciente, bajo la determinación que abarca un determinado sistema político y jurídico, un contexto cultural y social, un régimen de propiedad y un ordenamiento profesional dado. 

Creo en las utopías y no asumo actitudes cómodas, ni para mí ni para nadie. Me encanta pulsar aquí y allá para contrastar opiniones. Consecuente en el modo de pensar, decir y actuar, pienso lo que digo y hago lo que digo. Odio el «mentireo», las medias tintas y las posiciones extremistas. Admiro la inteligencia y la autenticidad por sobre todas las buenas cualidades humanas, y odio a los oportunistas, impostores y timoratos. 

A estas alturas de una vida intensamente vivida, se impone una especie de retrospectiva. Siento pulsaciones, pero no cansancio. Y no hay virajes, ni  azares, ni destinos. Seguiré hasta las últimas consecuencias esta aventura enriquecedora y apasionante que es el periodismo… 

Siempre y cuando no revele oídos sordos ni entrevea ojos ofuscados, propenderé al diálogo. Será un placer, un venturoso desafío, en medio de una vejez llevadera que espero compartir, del mismo con los siempre ansiosos, pero capaces y decididos muchachos y muchachas que tuve como alumnos, y que ahora puestos «a horcajadas sobre mi pecho» le hacen cosquillas digitales a mi analógica, señera y respetable testa.