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14/07/2013 14:15:33

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Si a un país no pueden hacerle «cuentos» es a esta islita tan llevada y traída por la gran prensa internacional. En ella algunos han encontrado el paraíso; y otros, el infierno. Y puede que en lo a adelante hallen el purgatorio aquellos urgidos de expiar sus culpas y purificar sus almas, por ineptos, timoratos e insinceros ¿responsables?, a quienes poco —o nada— importan los destinos de su Patria, asediada y sufrida, pero alegre, solidaria, libre, independiente y soberana a la hora de escoger el camino y decidir su destino. 

  

No estoy sugiriendo una cacería de brujas contra tales personajillos. Mucho menos, la búsqueda de chivos expiatorios o cabezas de turco;  tampoco, la guillotina —asociada solo con la Revolución Francesa de 1789 pero que también funcionó en el Reino Unido, Bélgica, Suecia, Italia y Alemania—, y ¡Dios me libre!, ofrecer recomendaciones cismáticas o heterodoxas para deshacernos progresivamente de esa camaleónica plaga, carente de ejemplaridad pero con mañas suficientes para seducir y arrastrar al averno a cierto tipo de subordinados renuentes a vivir con el sudor de su frente. 

No voy a repetir lo mismo que expuso Raúl al concluir, el pasado domingo 7 de julio, la Primera Sesión Ordinaria de la VIII Legislatura de la Asamblea Nacional. Nuestro Presidente fue tan claro, preciso y categórico que no lo estimo pertinente, pues  —como él mismo aconsejara— lo perfecto sería leer y releer su discurso. Sin apresuramientos, con cabeza fresca y ánimo reflexivo, buscando entre líneas lo que entre líneas está dicho, y que en aras del tiempo —o tal vez por bochorno o pundonor— no se atrevió a expresar y calificar. 

Acostumbrada desde muy joven al difícil oficio de lidiar con la palabra impresa para comunicar ideas de la manera más clara y precisa posible, no niego mis reservas hacia la oralidad, que va desde el grito de un recién nacido hasta el diálogo entre amigos. De ahí mis circunspecciones, ya que en cuestión de decir hablando suele el viento echar a volar los parlamentos, y los ruidos, obstaculizar el mensaje. 

Entonces enfatizo en que lo expresado por Raúl en esta oportunidad no deberá tomar rumbos aerostáticos. Sus  planteamientos no son del todo nuevos, solo que nunca antes los había manifestado de modo tan directo, crudo y concluyente, lo cual no es de extrañar dado su estilo discursivo desprovisto de rodeos, enigmas y fingimientos de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen, y que en su voz cobran importancia vital dada la autoridad del que habla y las circunstancias específicas del contexto en que trascienden. 

Casi todas las situaciones expuestas por Raúl ya habían sido expuestas por la población en Cartas a la Dirección del periódico Granma, sección que cada viernes los lectores leemos con avidez. Ya sea para solidarizarnos y hacer catarsis en tertulias post beisboleras; cuestionar desatinados planteamientos, o escudriñar ansiosos la respuesta de las entidades implicadas o sujetos aludidos por quienes escriben al Órgano del Comité Central del Partido Comunista de Cuba (PCC). Aunque a decir verdad para este tipo de periodismo conocido como ciudadano, correspondencia o tribuna libre, harían falta cuatro páginas más. 

 De modo que Raúl ha vuelto a poner su enérgico dedo sobre llagas que la sociedad está obligada a resanar, dado el carácter fulminante de las más, y la gravedad de aquellas que aparecen de modo recurrente porque solo han porque han sido «parcheadas»,  mal diagnosticas o prescriptas a destiempo. De ahí que subsistan, convertidas ya en una especie de bacilo lepromatoso, que no ataca solo la piel y los nervios periféricos, sino que se extiende a los demás órganos. 

Existen los antibióticos —invasivos o no y de todas las generaciones—, para un tratamiento meticuloso y prolongado que permita la recuperación total o hasta límites permisibles, en todos los órdenes, sean de índole objetiva o subjetiva, como suele generalizárseles,  pero que yo prefiero dividir en «problemas que dañan el cuerpo» y «problemas que perturban el alma». Por supuesto, de la nación. 

Para nadie constituye un secreto que, con el triunfo de la Revolución, el cubano fue dejando de pensar, hablar y actuar en términos económicos-financieros, permaneciendo al margen de los procesos de producción, intercambio, distribución y consumo de bienes y servicios. Justificado entre los cinco primeros decisivos años de reivindicaciones sociales, pero desacertados a partir de ahí, cuando los acuerdos comerciales firmados con la URSS comprometieron el desarrollo del país, y el régimen de subsidios y gratuidades de toda índole lo hizo, en definitiva, insostenible. 

El desconocimiento, la improvisación, se pagan caros, hay veces que a largo plazo. No se puede hacer política social sin una economía eficiente. Y para ganar en eficiencia hay que institucionalizar el mercado, porque sino no existe mercado jamás habrá eficiencia. Por suerte, presiento que esta vez—citando a Martí— «ha de verse la luz», porque de verdad, «ha llegado la hora de los hornos».

Y no se parte de la nada, sino de las experiencias pasadas, aprovechando  la savia raigal que proporciona la autoctonía en sus diversas manifestaciones. Para no tener otro proceso de rectificación de errores y deficiencias, ni volver a la etapa más cruda del todavía inconcluso período especial. De lo contrario la historia nos pasará cuenta definitiva. 

Poco aportan hoy en día —tal y como  marcha jorobado este mundo— asirse nostalgias,  lo cual no significa convertirnos en seres pragmáticos y nihilistas, doctrina y filosofía que sobrevendría negación de todo principio ético y, por consiguiente, negligencia o autodestrucción. 

Urge desterrar de nuestras vidas el escepticismo, y a nivel de sociedad, recuperar la fe, que es la creencia o la confianza en la verdad de una persona, idea o cosa. Eso y más. Decir la verdad y hacer el bien, sin que nos lo impida el duro bregar cotidiano;  hacer del honor, la vergüenza y el sentido del deber, himno y bandera y, en última instancia, escudo único para protegernos de actitudes egoístas, hedonistas, ególatras, megalómanas… 

Ya me han dicho que no se vive «del aire» y que hay que comer para vivir. Cierto. Bueno, por ahí anda el quid de la cuestión. Pero ¿no es irrefutable asimismo que «el que no trabaja no come», y ¿por qué no mejor, «el que no produce no come»? Sin embargo, ahora comen todos —poco o mucho, malo o bueno— y no precisamente mejor, los que más trabajan. 

¿¡Nada!? No. ¡Todo. La mesa patas arriba habrá de colocarse con sus cuatro apoyaduras —y no tres, que así también se sostiene — en terreno nivelado. Para que soporte y resista el peso de una carga grande y pesada como es la sociedad, con sus necesidades siempre crecientes. La sociedad en un estado de bienestar común, perfeccionada, llevadera. 

No escribo más, porque sobre el tema —con sus subtemas— llenaría más de una página y hasta pudiera concebir un libro. Y aquí sí que resulta disfuncional, inadecuada, contraproducente, permitir que las palabras se las lleve el viento. Mucho menos las de Raúl, que no es de esos a quienes apunta una antigua tonadilla infantil que por estos días un desalmado conocido me trajo a colación, tergiversando de hecho el sentido de su letra. 

Luego de preguntarme con ironía —y no sé cuales intenciones— qué me parecía «el último discurso del Presidente» la entonó con melodioso cinismo: «…palabras son palabras/ cartas son cartas/ palabras de los hombres/ siempre son falsas». 

Tuve intenciones de darle un criollísimo galletazo y mandarlo para ahí mismo donde usted está pensando, pero contuve mis impulsos. Precisamente, recapacitando acerca de lo todo lo que acabo de escribir. Entonces le pedí conversar. Y como sabe que vivo en el último piso de un edificio de 12 plantas, fue más letalmente impúdico: 

«Sí, en el balcón, allí arriba soplan ráfagas de 20 kilómetros por hora». 

Y sonriendo le espeté el más delicioso, jacarandoso y anticristiano de los carajos… Con el perdón de Raúl que tan fuerte criticó el «uso indiscriminado de palabras obscenas», y quien con seguridad lo hubiera enviado directamente al infierno.