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11/5/2013 20:14:40

Por Mercedes Rodríguez García

Ya casi nadie compone canciones a la Madre ni le escribe versos como antaño; pocos libros y películas la tienen como protagonista, y muy rara vez algún pintor la representa en sus cuadros. Hace un siglo las madres eran prolíferas, parían de manera natural y amamantaban a sus críos sin que de sus pechos se agotara la leche; los abuelos y abuelas amontonaban años, y aunque muchas tías se quedaban solteronas —Dios no le daba hijos— el diablo las «premiaba» con sobrinos, asunto que ahora corresponde a los amigos y amigas.

¿Tanto ha cambiado el mundo? ¡El mundo y el tiempo!  El primero resulta difícil de arreglar, pero al menos pudiéramos intentar salvarlo; el segundo, sí que nadie logra atajarlo en su marcha inexorable. Y no se trata de volver atrás, sino de emprender el rescate de todo aquello que deparó seres humanos más virtuosos y menos hedonistas, cuestión que no se resuelve con una canción, ni un poema, ni una novela, ni un film, ni una caja de temperas. Es cierto. Mucho menos con un regalo costoso ni una comida exuberante en un exquisito restaurante. Se trata de la permanencia e inmanencia del amor, porque no existe otro más magnánimo que el de madre, esté donde esté y tenga los años que tenga. Alguien dijo que sólo una madre sabe lo que quiere decir amar y ser feliz; otro, que la madre ha venido al mundo para perdonar;  un tercero, que quien honra a la madre amontona tesoros y que al perderla se nos va la vida. ¿Frases hechas? ¿Frases almidonadas? Frases cuya veracidad resulta comprobable solo cuando dejamos de ser hijos e hijas para convertimos en madres y padres, abuelos y abuelas. Está bien, tíldenme de cursi, anacrónica, improcedente, equivocada. ¡Pero cómo se disfruta todavía aquella canción del cubano Antonio Machín, suerte de himno maternal en mayo dominguero: «Madrecita del alma querida/ en mi pecho yo llevo una flor/no te importe el color que ella tenga/ porque al fin tú eres madre una flor [...] ¡Ah!, es que ya no se usa la flor que el Día de las Madres se llevaba en el pecho. Blanca si estaba muerta; roja, si viva. ¿Y aquellos versos de la chilena Gabriela Mistral?: «Madre, madre, tú me besas/ pero yo te beso más/ y el enjambre de mis besos/no te deja ni mirar [...]» ¿Besos? Si ya casi nadie extiende su mano para apretar la nuestra,  y el beso es un saludo en una esquina del rostro, sin color ni sonido, a cualquiera, a cualquier hora. Bien acepto. Los tiempos han cambiado. Existen el correo electrónico y la reproducción asistida; los pinceles, pianos, compendios digitales y la diversidad sexual. Pero a ella le urgen música del corazón, lienzos singulares, poemas especiales; besos únicos, cotidianos, cálidos, exclusivos. Y no es reclamo sino requiebro de mujer especialísima, cauce, acequia principal, apoyo, coraje, fundamento.  Aunque el planeta Tierra haya dado no sé cuanto millones y millones y millones de vueltas, y no sea más que uno el hermano, y tantísimos los tíos como amigos. En esencia las madres no han cambiado. Vayamos donde ella. La única capaz de de arreglar con una flor el mundo y detener el tiempo en el instante magnífico de un beso.