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31/01/2013 19:20:04

 

No es tanto el desenfado de Víctor y la presunción de Pestano. No hay nada vulnerable en Pestano. Ni sus talones. Ni su promedio. Ni los repetidos fracasos del Cuba; Tampoco el manoteo ambulante de Víctor, su desparpajo ante las cámaras, su sinceridad o sus caprichos. Víctor y Pestano tienen todos los defectos que queramos sacarles, pero son maestros en lo suyo. Entonces,  ¿Cuán grave puede ser que dos hombres se contradigan? 

 

Por Carlos M. Álvarez 


Algún día Víctor Mesa y Ariel Pestano se reconciliarán. O no. Por lo pronto, han logrado enfundar en un mismo saco lo que Mañach define como las tres formas cíclicas de la nacionalidad: la pelota, la bola y la bolita. 

El equipo Cuba es una charada, integrarlo podría volverse tan azaroso y gratificante como sacarse un número, y una realidad de esa índole trae consigo su respectiva y amplificada cuota de rumor. 

Al menos nadie puede cuestionar que ambos, Víctor y Pestano, han hecho la película un poco más atractiva, con todo el morbo y el suspense que aún no estamos capacitados para digerir. Nos hemos pasado los años especulando sin ningún fundamento y ahora que tenemos enfrente una trama con conflicto la condenamos por escabrosa. Pero no es escabrosa, sino placentera, y la condenamos, en verdad, porque no sabemos qué hacer con ella. 

El duelo center field legendario versus receptor intocable, el duelo Zeus contra Aquiles, el duelo Kramer contra Kramer se nos escapa sin prisa delante de nuestras narices porque no desciframos quién es el héroe y quién el villano. Buen síntoma. Nuestra mente cambia. Vamos entendiendo que en la vida real no hay duelos de héroes o villanos, ni ninguna receta fácil para la tranquilidad de nuestras conciencias. 

Parece instintiva en el ser humano la necesidad del bien y del mal, o de acogerse a fórmulas partidistas. Fue lo que hicimos hace poco con Silvio y Pablo, por ejemplo. Algunos condenaron a Pablo por haber hecho concesiones y a Silvio —¡a que no adivinan!— por haber hecho concesiones también. Pablo como lanza de una derecha desvirtuada y Silvio de una izquierda envejecida. Yo no creo que ninguno de los dos sea símbolo de nada salvo de ellos mismos, o de algo que los supera a ellos mismos, es decir, de sus respectivas maestrías. ¿Qué maestría? La belleza. 

Balzac era absolutista y escribió un par de novelas en las que Marx y Engels aprendieron sobre la sociedad burguesa lo que no aprendieron en ningún tratado de la época. Borges se retrató con Pinochet, pero escribió la literatura más revolucionaria de su tiempo. O sea, qué importan esos gestos personales, qué importa un pasaje, determinada declaración. Un hombre es héroe o villano de acuerdo a lo que haga con su vida, por lo que sea capaz de entregarle a la humanidad —suena tremendista, pero es real— y no por lo que diga, ni mucho menos por las convicciones que asegure profesar (el demagogo se pasa la vida asegurando lo que no es, simplemente porque no lo es y teme que lo descubran). 

En un mundo decente, la medida política para un deportista o un artista, y también para un funcionario, si así lo prefiriese, sería la belleza. La belleza debería ser la medida política de todas las cosas. En ese sentido, Víctor y Pestano son hombres absolutamente de izquierda, pero tanto al artista como al deportista le convendrían no existir fuera de la obra o del terreno, porque entonces ya no serían artistas ni deportistas, sino personas, entiéndase puros desastres. 

Ambos, fuera del estadio, clasifican como centro derecha, tal vez como centro izquierda. Andan por ahí. En la silueta monástica y sacrificada que nosotros tenemos del revolucionario, no cabría nunca el manoteo ambulante de Víctor, su desparpajo ante las cámaras, difícilmente su sinceridad o sus caprichos. Pestano es más diplomático, diputado al Parlamento, pero su altanería no podríamos tomarla como provechosa sin antes pecar. No hay nada vulnerable en Pestano. Ni sus talones. Ni su promedio. Ni los repetidos fracasos del Cuba. 

En fin: no es tanto el desenfado de Víctor y la presunción de Pestano como el encorsetamiento y la falsa modestia nuestra. Y no es tanta la gravedad de la situación como que a nivel público nunca sucede nada. 

Víctor habló de Bell. Bell respondió. Se contradijeron. Bueno, eso no está mal. Pensemos. Son palabras. En este mundo hay guerra, el tiempo pasa, hay niños en las calles, hay mezquinos que no conocerán la miseria, solo el lujo y París, hay cables de fibra óptica. Entonces, ¿cuán grave puede ser que dos hombres se contradigan? 

Víctor y Pestano tienen todos los defectos que queramos sacarles, pero son maestros en lo suyo. No Mesías. Cuando nos zafemos de los Mesías, cuando no nos encomendemos a un salvador bíblico, y entendamos que la gente que juega y dirige es como nosotros, puede que las derrotas nos duelan menos y las victorias nos deleiten más. 

Si queremos añadirle morbo al asunto, pensemos, pues, que Pestano, por conocimiento y aptitud, se vislumbra futuro director. Manager de Villa Clara y posiblemente del Cuba. Pensemos que el hijo de Víctor tal vez juegue por Villa Clara o que quizás sea tan bueno como el padre aunque no lo suficiente y entonces tenga que eliminarse con otro jardinero para el Clásico en la séptima edición. 

¿Ven? Es fácil. La vida está cargada de acción y de posibles venganzas. La vida, mierda, es cíclica, y sádica, y no se agota, y nadie la puede capturar. Es como un tenedor contra el piso. O como una línea entre dos. 

 

(Fuente: Cubadebate/Tomado de OnCuba)

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