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08/11/2012 16:42:50

 

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Mientras el Che es capturado y conducido a La Higuera, diez guerrilleros tratan de romper el cerco que le han tendido unos 145 soldados. Durante horas entablan combate. Cuatro pierden la vida. Los seis restantes intentan ganar la parte más alta de la Quebrada del Yuro.


Según cuenta Harry Villegas Tamayo (Pombo), ante la amarga realidad de la muerte del Che juran combatir unidos, sin que nadie caiga prisionero ni abandone el grupo. El hoy General de Brigada, asume entonces el mando, e Inti (Guido Peredo Leigue) continúa como político de la guerrilla.

A golpes de audacia continúan la marcha, perseguidos por más de 300 efectivos. Avanzan de noche, duermen uno contra el otro para aminorar el penetrante frío con el calor de sus cuerpos; continúan de día cuidando deshacer las huellas, trepando a los árboles para escudriñar a los militares, internándose en los ríos para despistar el olfato de los perros.

Se han trazado como objetivo llegar a Cochabamba. Pero, luego de analizar las posiciones ocupadas por el enemigo, deciden cambiar el rumbo y dirigirse a Valle Grande. Desde el punto en que se encuentran, divisan las luces de la ciudad localizada en las estribaciones de los Andes, a unos 2.030 metros sobre el nivel del mar.

El 14 de noviembre de 1967, auxiliados de un mapa bordean la ciudad para continuar rumbo a Mataral, donde esperan hallar información y comprar alguna ropa. Eligen a Urbano (Leonardo Tamayo Núñez) y Ñato (Julio Méndez Korne) para que obtengan información y comprar alguna ropa.

Una mujer les comenta que la guarnición está reforzada, «por la presencia de insurgentes», de ahí que deciden abandonar de inmediato el caserío y reunirse con sus compañeros Darío (David Adriazola Veizaga) y Benigno (Dariel Alarcón  Ramírez) —este último traidor a la Revolución—, quienes les esperan ansiosos. Caminan toda la noche hasta que el agotamiento los vence.

Entre las nueve y las diez de la mañana del día siguiente se produce el último combate frontal que sostendrán los guerrilleros. Ñato, que estaba de posta, siente la llegada del enemigo y corre a despertar a los demás. De inmediato emprenden la retirada en medio de una violenta balacera.  Cuando están llegando al firme se dan cuenta de que Ñato se ha retrasado en el intento por recoger un saco con alimentos. En ese instante un disparo le atraviesa la columna vertebral.

«Ante la imposibilidad de caminar el bravo guerrillero exige que se cumpla el compromiso contraído por todos de que si alguien quedaba en esas condiciones se le quitara la vida antes de caer en manos del enemigo. La situación resultó muy difícil por el enorme respeto y cariño profesado al compañero con quien habían compartido múltiples peligros y vicisitudes», escribe Elsa Blaquier Ascano en su libro «Seguidores de un sueño».

El coronel retirado Leonardo Tamayo contó a la colega Elsa como  Ñato entrega su fusil y la canana, e irguiendo la cabeza ordena el disparo que terminó con el insoportable dolor, y con su vida. De acuerdo con lo narrado por Urbano, aquel fue el momento más terrible que enfrentaron los sobrevivientes.

Julio Méndez Korne tenía 30 años. Había nacido 23 de febrero de 1937, en el poblado de Loreto, cercano a Trinidad, capital del departamento de El Beni, Bolivia. Miembro del Partido Comunista de esa nación, ayudó a escapar a guerrilleros supervivientes del Ejército de Liberación Nacional de Perú, razón por la cual figura entre los seleccionados para organizar el foco guerrillero y recibir entrenamiento militar en Cuba.

Como «uno de los hombres más útiles de la guerrilla», lo definió Pombo. «Especie de resuélvelo todo, cuya capacidad de trabajo, espíritu de sacrificio y condiciones revolucionarias le hizo acreedor del respeto y cariño entre los combatientes […] experto tirador, machetero, cocinero, carnicero. Era quien construía los hornos para pan; el carpintero de la casa de calamina, el jefe de abastecimientos en los primeros días de preparación… […] Ñato se convirtió en una de taller ambulante, pues transportaba en su mochila: hacha, alicates, clavos, suelas, bigornia, enseres para coser, en fin todo lo que fuera útil para la supervivencia guerrillera».

Prácticamente recién llegado a Cuba redacta su última carta dirigida a la familia residente en el poblado de Guavaramerín. En ella les avisa que no podrá escribir ni decir donde está, e indica a sus hermanos varones que tiene «un fusil para cada uno y cuando los mande a llamar será para pelear contra los enemigos».

De acuerdo con el relato de la colega Elsa, Julio les dice «a su hermana Nelly y a su padre: «No tengan pena de mí… De lo mío pueden disponer con toda confianza que ya no lo necesito pues me estoy yendo al monte». Respecto a ocho discos de música cubana que les envía, lamenta el no poder regalárselos «porque son el  recuerdo de mi novia, ahora si yo muero en la batalla […] les quedarán como recuerdo».

Julio se integró de manera definitiva a la guerrilla el 11 de diciembre de 1966, y es asignado al Centro, bajo las órdenes directas del Che, quien consignará en su Diario las múltiples misiones encargadas a Ñato, ya sea buscar alimentos, llevar un mensaje, realizar exploraciones, acondicionar una cueva, construir una balsa, hallar un lugar seguro para esconder medios y pertrechos, o su designación como bazuquero.

El 11 de septiembre de 1967, el jefe guerrillero lo evalúa por última vez definiéndolo como muy bueno. «Es protestón —apunta— pero ha resultado firme y un buen combatiente amén de que sus múltiples habilidades lo hacen hombre orquesta». Bien lo sabía el Che, cuyos pies habían encontrado alivio en las rústicas pero cómodas abarcas, que el día antes le confeccionara el Ñato y llevara puestas el día que lo asesinaron.

Los restos del bravo guerrillero boliviano fueron encontrados el 13 de febrero de 1998. El 30 de diciembre de ese mismo año fueron colocados en un nicho del Memorial Comandante Ernesto Che Guevara, en Santa Clara.