20121015135955-hombres-de-la-guerrilla.jpg


15/10/2012 7:58:23

 


Por Mercedes Rodríguez García

 

A las seis y treinta de la mañana del 9 de octubre de 1967 un helicóptero tocó tierra en el camino que conduce al caserío de La Higuera. Sus ocupantes llevaban la orden de ejecutar al Che, capturado herido el día anterior, durante un cerco  en la Quebrada del Yuro. Pasado el mediodía, el suboficial MarioTerán, sin escrúpulos de ninguna índole, cumplió el mandato.

 

Mientras tanto Moro (Octavio de la Concepción de la Pedraja), Chapaco (Jaime Arana Campero), Pablito (Francisco Huanca Flores) y Eustaquio (Lucio Edilberto Galván Hidalgo) continuaban alejándose rumbo a la zona de contacto que les diera el jefe guerrillero en caso de dispersión.

Durante tres lunas se desplazaron lentamente, fuera de los ojos de  las fuerzas enemigas, que los perseguían. Extenuados, ascendieron  por el curso del Río Grande hasta la confluencia con el Mizque. En un paraje de la región de Cajones, acamparon la noche del 11.

A la lumbre de una fogata, mitigaron el hambre y el frío, pero también alertaron a los soldados. El centinela de una compañía del batallón de Asalto 2 detectó la luz, y hacia ese punto se dirigieron 145 efectivos del ejército, dispuesto a  concluir el cerco.

Al amanecer del 12 de octubre, las tropas que ocupaban posiciones en la otra margen del río avistaron a uno de los guerrilleros. Al verse descubiertos enta­blaron un fiero combate. Por espacio de una hora cuatro hombres, tres de ellos en malas condiciones físicas, enfrentan a 145 soldados hasta que el parque se les terminó.

Al llegar al lugar, los soldados encontraron un guerrillero muerto y tres heridos. Moro, Chapaco, Pablito y Eustaquio. No tuvieron ni valor ni ética ni clemencia. La orden de matar prevaleció contra quienes enfermos y heridos se encontraban totalmente indefensos.

MORO, EL CIRUJANO

 Tras su partida de la finca donde fue concentrado el grupo de cubanos para salir hacia Bolivia, el cirujano Octavio de la Concepción de la Pedraja, (Moro, Moro, Morogoro, Muganga o Médico) viaja junto a Arturo (René Martínez Tamayo) por varios países y llegan a La Paz el 9 de diciembre de 1966.

Al otro día atraviesan el altiplano hasta llegar a Cochabamba, desde donde continúan hasta Santa Cruz, y el 11 arriban al campamento, que el Moro describe en su diario como «un lugar de monte sin agua cerca, con gran cantidad de jejenes, guasasu y bichos de toda clase, así como sus víboras de vez en cuando, por la noche hay que taparse y por el día el calor casi es irresistible, si te quitas la camisa te pican los jejenes, si te tapas y te metes en la hamaca te ahogas de calor…»

Durante 11 meses Moro es uno más para explorar, cazar, pescar, cocinar, abrir caminos, cuidar de los enfermos y hasta combatir. Sin embargo su estado de salud va en deterioro. El 1º de febrero de 1967 contrae paludismo. No obstante, realiza largas mar­chas y atiende a compañeros y enemigos heridos.

«Es difícil concebir un buen cirujano que sea capaz de mantener el carácter a través de pruebas duras para los de su oficio».  Con este comentario y la calificación de muy bueno evalúa el Che a Octavio de la Concepción de la Pedraja el 11 de marzo de 1967, a los tres meses exactos de su llegada al campamento guerrillero de Ñacahuazú.

Octavio de la Concepción y de la Pedraja había nacido el 16 de octubre de 1935 en La Habana. Poco antes de cumplir los dos años marchó con sus padres al central Fernando de Dios, en Tacajó, actual provincia de Holguín. Al terminar la escuela primaria partió a La Habana a cursar el bachillerato en el Colegio de Belén.

En 1952 matriculó la carrera de Medicina en la Universidad de La Habana. Mientras estudia trabaja gratuitamente en el hospital Calixto García. Al cierre de la Universidad, el joven decidió volver a Tacajó, donde se vinculó a las acciones del Movimiento 26 de Julio, y prestó asistencia médica en el hospitalito del central hasta su definitiva incorporación al Ejército Rebelde.

Al triunfo de la Revolución fue designado jefe de Sanidad Militar en la zona de Baracoa, Guantánamo y Yateras. En febrero de 1959 regresó a sus estudios, al tiempo que laboraba en el hospital de la Policía Nacional Revolucionaria. Después hizo el internado en el «Carlos J. Finlay» y volvió a Baracoa para cumplir su servicio social, lugar donde alcanzó la militancia del Partido Comunista de Cuba.

En 1963 vuelvió al Calixto García para cursar la especialidad de cirugía, sin abandonar su condición de médico militar, hasta que se sumó a las fuerzas internacionalistas comandadas por el Che, en el Congo.

María Josefa Gómez, la esposa, recuerda la primera despe­dida, a mediados de agosto de 1965: «Octavio Manuel, el mayor de los niños, era pequeño y Luis Oscar sólo tenía 45 días de nacido. Dijo que marcharía  a cumplir una misión, pero no explicó donde. […] Cuando se despidió a fines de noviembre de 1966, quería darle el reloj que había usado en el Congo a su hermano Oscar pero después dijo que no, porque eso le olía a herencia y él estaba seguro que iba a regresar». Y así fue. Hasta que el Guerrillero Heroico lo incluye otra vez entre los combatientes que lo acompañarán en su sueño libertario por los oprimidos de América.

CHAPACO, EL DE TARIJA

Chapaco se les dice en Bolivia a los nacidos en Tarija, ciudad a orillas del río Guadalquivir, en el centro de un ameno valle, renombrada cariñosamente La ciudad de las flores. Allí, el 31 de octubre de 1938, en el seno de una familia de clase media, nació Jaime Arana Campero.

Cuenta su hermana Marta que Jaime manifestó inquietudes políticas desde la etapa en que estudiaba la carrera de ingeniería en la Universidad de San Andrés, y  llegó a ser dirigente del Movimiento Nacional Revolucionario (MNR), en la ciudad de La Paz.

«A su preferencia por la hidrotecnia unía la pasión por la poesía, la actuación y el deporte, aficiones que le harían popular entre los becarios cubanos del edificio de 12 y Malecón, donde vivió mientras cursó estudios en Cuba, y entre los que se distinguía por su alta estatura, fuerte complexión y el negro mechón de pelo lacio caído sobre la frente», cuenta en su libro «Seguidores de un sueño», la periodista Elsa Blaquier Ascano, a quien pertenecen  las referencias biográficas de los cuatro combatientes.

Motivado por las ideas políticas de muchos de sus compatriotas Jaime pidió militar en la célula de la Juventud Comunista boliviana integrada por los estudiantes radicados en La Habana.

Compañeros de estudios lo recuerdan preocupado siempre por cumplir sus obligaciones como jefe del albergue y exigente contra lo mal hecho, muy  interesado por los cambios sociales que se operaban en Cuba.

Uno de ellos, Carlos Manuel Gómez Viciedo, relata que en febrero de 1966 organizaron un festival deportivo que incluyó carreras de bicicletas. «A la llegada de los ciclos, el loco Arana, como lo llamaban los amigos por sus ojos algo saltones, tomó la iniciativa de darles mantenimiento y custodiarlos para que nadie los tocara hasta el día de la competencia. Su participación resultó decisiva para el éxito del evento y el cuidado de los equipos cuya entrega realizó personalmente».

Jaime  llegó al campamento de Ñacahuasú en marzo de 1967. Entrenado militarmente junto a sus coterráneos Inti Peredo Leigue, Aniceto Reinaga Gordillo, Benjamín Coronado Córdova y Walter Arencibia Ayala, integró el grupo del Centro bajo las órdenes del Che, quien en su Diario lo cita en 19 ocasiones, referidas en su mayoría a acciones de cacería y exploración.

Significativas resultan las del 6 de agosto, en ocasión de unas palabras que Chapaco pronunció «referentes al día de hoy, de la Independencia Boliviana», y la del 13, cuando le señala «pruebas crecientes de desequilibrio», y ante lo cual decidió hablarle al siguiente día para que si lo deseaba abandonara la guerrilla, pero «Chapaco manifestó que no se iría pues eso es una cobardía».

Antes las difíciles condiciones dadas por la falta de sueño, agua y alimentos, los hombres ddieron muestras de agotamiento psíquico e incluso, de desobediencia. Es el caso del 12 de septiembre cuando el Che sancionó a Chapaco a tres días de ayudantía. En varias de sus anotaciones continúa juzgándolo duramente, sobre todo por sus desavenencias con Antonio y Arturo.

La última vez que lo nombra es el 1º de octubre. Dice: «Chapaco cocinó frituras y se dio un poco de charqui con lo que el hambre no se hace sentir». Los días que siguieron fueron tensos y angustiosos. Sin embargo Jaime Arana Campero se mantuvo firme, leal, dispuesto a morir antes que claudicar.

PABLITO, EL MINERO DE ORURO

El 11 de septiembre de 1967 el Che escribe en diario: «Hablé largamente con Pablito, como todos está preocupado por la falta de contactos y estima que nuestra tarea fundamental es restablecerlo con la ciudad. Pero se mostró firme y decidido, “de Patria o Muerte” y hasta donde se llegue».

Contaba sólo 21 años cuando Francisco Huanca Flores se unió al destacamento de Ñancahuazú. A su llegada muchos dudaron que pudiera enfrentar los rigores que entrañaría la lucha. Pero el muchacho evidenció su clase y se convirtió en un curtido combatiente.

«Sobresalió tanto que se le consideró como uno de los mejores compañeros del grupo de Moisés Guevara y un ejemplo entre los miembros de la Vanguardia: «[…] Tenía buen nivel político, mostró todo el tiempo un magnífico espíritu combativo y nunca se le vio en problemas con ningún compañero. Se adaptó a la idiosincrasia de los cubanos, con quienes se llevaba muy bien. En la zona casi desierta donde se movió la mayor parte del tiempo no pudo desarrollar sus dotes de dirigente».

Desde el 25 de abril de 1967, cuando por primera vez el Che lo citó en su diario al consignar la posición ocupada por el joven durante la emboscada tendida contra el ejército, «Pablito se convier­te en un puntal de la Vanguardia a la hora de explorar, hacer un camino, apresar un sospechoso o detener el avance enemigo».

El 17 de septiembre el Che inicia las anotaciones con el nombre del joven minero, que ese día cumplía años. En el diario queda recogido: «En honor de Pablito se hizo, para éste, un poco de arroz».

El dispuesto valiente y callado muchacho boliviano, natal del poblado de Laja, de­partamento de Oruro, cumplió hasta el último día de su vida con la confian­za en él depositada.

EUSTAQUIO, EL TÉCNICO DE RADIO

De la actitud mantenida por Eustaquio durante los combates librados por la guerrilla boliviana, el hoy coronel Leonardo Tamayo Nuñez (Urbano) dijo: «Fue un buen combatiente, además de cumplir con la responsabilidad de reparar y dar mantenimiento a los equipos de radió de corto alcance con que contaba la guerrilla, labor bien difícil debido a los escasos medios que poseían y las duras condiciones de su desplazamiento.

«Sus conocimientos resultaron muy útiles, ade­más de ser un compañero disciplinado, que cuando veía algo mal hecho, de inmediato llamaba al compañero y se lo decía, sin que ello afectara sus relaciones con el grupo».

Lucio Edilberto Galván Hidalgo había nacido el 7 de julio de 1937 en Huancayo, capital provincial del mismo nombre situada en el departamento de Junin, Perú. Era uno de los siete hijos de una familia campesina que emigró a la ciudad en el afán de mejorar su situación económica.

Al concluir los estudios secundarios matriculó un curso por correspondencia de técnico de radio y telegrafista, al tiempo que  laboró como ayudante de panadero y auxiliar de farmacia.

Desde muy joven se ligó a la lucha revolucionaria y formó parte del Ejército de Liberación Nacional de Perú. Al fracasar ese movimiento se sumó al grupo de Juan Pablo Chang-Nava­rro Lévano (El Chino), quien le planteó acompañarlo a Bolivia para unirse al foco guerrillero que comandaba Guevara. Lucio aceptó de inmediato.

El 14 de marzo llegó al campamento de Ñaca­huazú junto El Chino y el médico peruano Restituto José Cabre­ra (Negro). A partir de ese día formó parte de la columna del Centro, bajo las órdenes del Guerrillero Heroico. Cumplió las funciones de radiotécnico, pero fue El 14 de agosto el jefe guerrillero lo evaluó como bueno: «Ha demostrado firmeza y disposición para mejorar», acotó. 

Al combatir hasta la muerte Eustaquio dio una vez más muestra de la formación revolucionaria adquirida durante largos años de lucha en su país natal.

La sangre peruana de Lucio, junto a la cubana de Octavio y la boliviana de Jaime y Francisco, se fundieron para siempre en el recóndito paraje de Cajones donde encontraron la muerte. Sus cuerpos fueron enterrados clandestinamente, y hallados el 12 de diciembre de 1995. Desde el 30 de diciembre de 1998 descansan en el Memorial Comandante Ernesto Guevara, en Santa Clara.