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06/08/2012 8:28:08

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Gustaba decir Lucía Tamayo, que cuando lo trajo al mundo «en Mayarí rugieron los leones». Efectivamente,  aquella noche del 31 de mayo de 1936, «llegaron los del circo». Y mientras ella se retorcía de dolor, «armaron la carpa» bajo la cual acróbatas, malabaristas, payasos y domador, trajeron por unos días la felicidad a los habitantes del caserío del Guaro, en el oriental poblado Santa Isabel de Nipe.

 

Después, «casi recién nacido fue lo de la pistolita» que le trajo José Ramón Martínez, el padre. Con ella inició sus «fingidas cacerías infantiles de gatos, perros,  chivos, y  que de adolescente se volvieron casi reales encima del caballo y con la escopeta calibre 22 que le regaló el abuelo paterno».

Decía Lucía que José María siempre fue  «audaz, agresivo.  Yo le llamaba mi Antonio, por lo de Maceo. Y a su hermano, René, que escribía versos y leía a toda hora, mi Martí. Incluso, entre ellos mismos se gritaban “¡Oye, Maceo!”, “¡Oye, Martí!”. Entonces,  ¿cómo mis hijos no iban a ser revolucionarios si desde niño se identificaban con tan grandes patriotas?».

En una conversación recogida en el libro «Seguidores de un sueño», de Elsa Blaquier, Lucía cuenta: «Papi  creció sano y fuerte, pero solo asistió a la escuela hasta el cuarto grado. Mi hija más pequeña enfermó y tuve que llevarla a La Habana. Papi quedó con el abuelo y cambió el aula por el trabajo en el campo. [...]  A través de los años continuó estudiando de forma autodidacta y yo misma le daba clases de gramática. En realidad aprendía con mucha facilidad».

Muy joven, uno de sus amigos, el jamaicano Zili Hubert,  le enseñó a manejar un tractor, así que se hizo tractorista. Araba y tiraba caña en el central Preston, hoy Guatemala.

Cuando se enteró que en Guaro existía una célula, Papi se sumó al Movimiento 26 de Julio, «hasta que un día cogió su fusil 22 y salió rumbo a las montañas». Sobre el tractor dejó una nota manuscrita que decía: «Me voy para la Sierra. Libertad o Muerte».

Falló en su primer intento y marchó hacia la capital, donde de inmediato buscó contacto con el Movimiento 26 de Julio hasta que regresó a las montañas orientales, incorporándose al Se­gundo Frente Oriental «Frank País», dirigido por el comandante Raúl Castro.

Raúl Tamayo, quien fungía como jefe del campamento rebelde de la Güira, conocía a Papi del pueblo. «Tiraba bien. Cuando llegó pidiendo integrarse a la lucha, de inmediato lo acepté y con él estuve hasta el final de la guerra. [...] Era poco conversador. [...] Planteaba las cosas tal y como las veía y sentía. Era exaltado, pero sabía analizar y aceptar una crítica. [...] Mostraba una especial inteligen­cia, arrojo y valentía a la hora de combatir».

Termina la guerra con el grado de sargento. Al triunfo de la Revolución integró la tropa del entonces comandante Abelardo Colomé Ibarra,  Furry, designada para la unidad de tanques de Managua. Aprendió a pilotar aviones y a conducir carros de carreras. Realizó entrenamiento en el curso para oficiales en la escuela de Tropas Especiales del MININT y recibió preparación en distintas disciplina del trabajo secreto operativo. habilidades que ampliaron su horizonte a favor de una brillante hoja de servicios afianzada en su vocación solidaria e internacionalista.

En plena Crisis de Octubre partió hacia Guatemala a cumplir la difícil misión de trasladar hasta Cuba a los dirigentes Turcios Lima y Yon Sosa, quienes se entrevistaron con Fidel y el Che, regresándolos posterior­mente hasta su país con grandes medidas de seguridad. A esta tarea sucedieron otras que lo ligaron al comandante Guevara, por quien sintió gran respeto y admiración.

Su probada trayectoria hizo que este lo escogiera como el tercero al mando durante la misión internacionalista en apoyo al Consejo Supremo de la Revolución Congolesa, dirigido por Gaston Soumialot y Laurent kabila. En tierra africana demostró un notable dominio de la lucha guerrillera y clandestina. Combatió bajo los seudónimos  Mbili  (en lengua swahili, el dos)  y Chinchu.

Bajo documentos colombianos, en marzo de 1966, es el primer cubano que arribó a Bolivia, donde se dio a la tarea de crear las condiciones idóneas para facilitar la llegada del Che. Sin tomar un descanso de la campaña en el país africano, Mbili asume el nombre de Ricardo, en honor al periodista Jorge Ricardo Massetti, con quien colaboró durante 1963  en la creación del foco armado en la Argentina.

En la nación andina retoma los contactos iniciados en aquella época con los hermanos Coco e Inti Peredo Leigue y comienza a dar los primeros pasos organizativos de la guerrilla, además de cumplir la encomienda dada por el Che durante su estancia clandestina en Praga, de ser el enlace con el Comandante en Jefe para esta operación. También es el encargado de recepcionar a los compañeros que conformarán el foco insurgente. Busca armas, casas y las posibles zonas de asentamiento.

Con apenas 30 años el capitán Martínez Tamayo acumulaba ya una amplia experiencia de labor clandestina nunca detectada por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

Como guerrillero cumplió múltiples y complejas misiones como la señalada por el Che en su Diario durante el análisis de noviembre: « [...] los principales  colaboradores de Ricardo se alzan contra viento y marea (...)», o las del  11 de diciembre, cuando expone: «Se discutió con Papi, resolviéndose que todavía tiene que hacer dos viajes para traer a Renán  (o Iván, aparecen indistintamente) y Tania [...]».

De su actuación como combatiente el hoy coronel Leonardo Tamayo Núñez, (Urbano) reseñó:

«He participado en numerosos combates al lado de cientos de compañeros, pero de la estirpe de Ricardo no he visto otro. Era de los hombres que había que aguantar para que no saliera de su posición y avanzara hacia el enemigo. [...] Recuerdo muchas veces al Che recomendándole que no hiciera eso, y tantos otros pedidos de él al jefe, para que lo dejara avanzar y coger prisioneros a los soldados. Olía la pólvora y ya estaba en pie tirando, era intrépido y también de corazón noble, desprendido de todo bien material. Pasó la caminata inicial cargando un par de botas y cuando el primer compañero quedó descalzo, se las dio».

El 30 de julio, junto al río Rosita, Ricardo cayó luchando con la intrepidez de siempre. Él y Aniceto (Aniceto Reinaga Gordillo, boliviano) estaban haciendo la guardia en el camino que bordeaba el río Rositas, por donde avanzó el enemigo. Ricardo quería ganar tiempo, por lo que despreció el trillo indicado y corrió por el playazo en dirección a la corriente de agua.

El enemigo abrió fuego directo, Ricardo cayó al agua. Raúl  (Raúl Quispaya Choque, boliviano) lo levantó para ayudarlo a seguir, pero recibió un balazo en la boca. Fue Pacho (Alberto Fernández Montes de Oca) quien logró sacarlo del charco  a Papi e introducirlo en la manigua. Estaba herido de muerte.

Sobre los últimos momentos del héroe, Urbano relató;

«Yo jamás había visto un moribundo tan sereno y valiente. « [...] Estaba tan tranquilo que pensé no moriría, pero el médico opinaba lo contrario. [...] Poco antes de morir dijo que tenía frío y yo le hice dos hogueritas, una a cada lado, para que le dieran calor. [...] Pidió un poquito de café y Che ordenó que le hiciéramos casi el único café que nos quedaba. Y cuando se lo hice, y fui a dárselo, ya estaba tan mal que tuve que coger un tubito y por el tubito dejárselo caer dentro de la boca  [...] dijo que estaba caliente  y me pidió que lo pusiera a enfriar... [...] Preguntó por su hermano. Olo (Orlando Pantoja Tamayo) lo había puesto de guardia y, como es lógico, el Che lo reprendió por ello y mandó a buscarlo. Cuando René llegó puso la cabeza de Papi sobre sus piernas. Papi se quitó el reloj y se lo entregó diciéndole que se lo diera a Jorgito, el mayor  de sus dos hijos. “Ayúdalo porque es fuerte con la abuela”, le pidió».

A René, su hermano menor, el Arturo de la guerrilla, le aconsejó lo mismo que en una vez le recomendó Massetti,  « [...] Que Fernando (el Che) nunca tenga que llamarte la atención y si te toca caer hazlo como los hombres, combatiendo».

Similar consejo Papi lo recibió de su madre, antes de partir «a otras tierras del mundo». Relató Lucía en una oportunidad: « [...] No disponía de mucho tiempo y solo pude decirle que no se dejara coger preso para que no lo torturaran, pues nadie sabe como va a comportarse un hombre torturado. Le pedí que guardara una última bala pues prefería verlo muerto a que me dijeran que mi hijo hizo algo que no debía hacer. Se mantuvo en silencio por unos instantes pero después, mirándome fijo a los ojos, me respondió: “Vieja, por mí siempre vas a poder caminar con la frente muy en alto”. Me lo dijo con ternura pero con mucha firmeza. [...] Sabía que si ese momento le llegaba, no lo volvería a ver. Papi prometía nada que no cumpliera [...]  Papi  nació para hacer la guerra».