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09/05/2012 13:30:33

 

El domingo 6 de mayo pasado, Hernando,  periodista y escritor colombiano residente en Francia,  Colaborador de Le Monde Diplomatique,  fue a registrarse en el aeropuerto de Paris. «Me dijeron que había un problema informático con el vuelo de Air Europa, que cubría Madrid-La Habana. Por tanto, apenas llegara a la capital española se me entregaría la tarjeta para abordar».

  

Ya en el  aeropuerto de Madrid (Terminal 3), se dirigió de inmediato al punto de información de Air Europa. Ahí, después de una llamada, le dijeron que debía ir hasta la Terminal 1, donde le darían la tarjeta. 

Caminó hasta allá. Se presento a una taquilla. Le enviaron donde una joven, la cual realizó dos llamadas. Faltaban 40 minutos para las tres de la tarde. El mismo tiempo para que el avión partiera. 

«Al insistirle a la mujer por mi tarjeta de embarque, esta me dijo que no debía «esperar a la persona de la embajada». Extrañado, Hernando preguntó «que cuál persona, de qué embajada». Sin mirarlo y sin amabilidad, le repitió que debía esperar«a la persona de la embajada». Y Hernando, esperó. 

Al fin se apareció la muchacha junto con un hombre alto, de lentes, un poco gruesos, trigueño, con más de cincuenta años. En voz baja el sujeto le dice a Hernando que le permitiera su pasaporte. «Al creerlo parte de Air Europa lo entregué. Pero inmediatamente noté que tenía acento latino, y le pregunté: ¿Quién es usted? ¿Se puede identificar?  Y de inmediato me mostró un carnet que llevaba agarrado en la cintura, y que una especie de chaqueta escondía. El nombre que me dio era castellano. 

«Soy de la embajada de Estados Unidos de América», precisó. 

Sorprendido ante esa frase, Hernando le pidió que le devolviera el documento porque él no tenía ese derecho estando en España. Entonces, con voz calmada, le pidió el favor de no discutirle, o hacerle un escándalo porque podía crearse un problema innecesario. La mujer de Air Europa se había retirado desde un comienzo.

Sabiendo en qué arena se estaba moviendo, Hernando lo dejé ver y re-ver su pasaporte.

«Se hizo aparte, llamó y, en inglés, dio mis datos. Luego, amablemente, me llamó para preguntarme en donde estaba mi pasaporte colombiano. Le respondí que hacía 30 años no viajaba con un documento de mi país de origen. Y que si ese documento que tenía en sus manos era francés, era porque Francia me lo había otorgado».

Seguidamente quiso saber cuántos años tenía de casado, el nombre de su esposa e hijos. «Le contesté, con mucha cortesía, que él no tenía autoridad para que yo le respondiera eso. Que no se olvidara que él estaba en España. Y que lo mejor era que llamara a su embajada en París, donde sabían más de mi vida que yo mismo».

Después de hablar otros minutos más por teléfono, escribir algo en el mismo, y hacer anotaciones en un viejo cuaderno, el hombre fue hacia donde Hernando.

«Poniendo cara de apenado, me dijo que no podía irme en ese vuelo porque el avión sobrevolaría, por unos minutos, territorio estadounidense. Y yo estaba “en una lista de personas peligrosas para la seguridad de su país”».

Sencillamente, y con una sonrisa, le agradeció la información y hasta la decisión. Aunque poco de novedosas tenían.

«Quise  preguntarle por qué su gran impero siente temor ante mí, un simple periodista y escritor, cuando ni una escopeta de caza se manejar y le tengo temor al estallido de un “buscapiés”. Pero preferí volverlo a mirar a los ojos y seguir con mi sonrisa en los labios. ¡Él no podía imaginar cómo su gobierno me hace sentir de importante!»

Seguidamente, con gentileza, el hombre le preguntó si tenía una tarjeta de presentación para que se la diera. Hernando le respondió que no tenía problema para ello, pues ya se la había entregado a colegas suyos en Paris. Y que, como esos colegas habían hecho, podía llamarlo algún día para invitarlo a tomar vino, y entre copas volverle a proponer trabajar para su gobierno. «Me encanta conversar con ustedes. Aprendo mucho», le dijo Hernando antes de ver partir al hombre como cualquier otro visitante de ese aeropuerto.

«Después realicé los reclamos pertinentes a la empresa Air Europa, en particular para que se solucionara mi viaje a Cuba. Atónito, les escuché decir que era mi responsabilidad por ¡no saber el trayecto de ese vuelo! De nada sirvió decirles que en octubre 2011 no había tenido problema».

Casi en confesión uno de ellos le dijo, que ese paso de «unos minutos» sobre el espacio estadounidense hacia Cuba, se había hecho por presión de Washington: así se obtenía la lista de pasajeros que iban a la Isla, en tiempo real. 

Aunque trató de no demostrarlo, Hernando sentía rabia e impotencia. Más lo segundo.  Y en medio de todo se preguntaba:

«¿Cómo era posible que un funcionario de la seguridad estadounidense pudiera pedirle el pasaporte, confiscárselo e interrogarlo  en pleno territorio español? ¿Quién le entregó ese derecho soberano? ¿Por qué no se envió a un aduanero o a un humilde agente de tránsito, pero de nacionalidad española? ¿Por qué me dejaron ir hasta Madrid, cuando, muy seguramente, desde el momento que compré el pasaje, diez días antes, los servicios de seguridad de Estados Unidos y Francia supieron mi recorrido?».

 Estaba casi convencido que ellos lo sabían: «unos y otros me han dicho que mis teléfonos, computadoras y pasos, regularmente se escudriñan. Algunas veces lo he comprobado».

Durante el vuelo de regreso a Paris, Hernando pensó en sus tantas amistades españolas… «Como son personas dignas, se asombrarán al saber de esto, pues no logran acostumbrarse a que la soberanía del país siga cayendo tan bajo… Ah, y la única alternativa que me dejan para viajar a Cuba, desde Europa, es Cubana de Aviación. Ahí tienen dignidad!»

 

(Fuente: castellano)

 

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