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21/04/2012 6:41:11


Por Mercedes Rodríguez García

 

Algunas de las amistades y familiares nunca hallaron justificación a las convicciones revolucionarias de aquel joven que, de pequeño,  disfrutaba las piezas ejecutabas al piano por doña Elvira Viana, una dama de la alta sociedad boliviana que lo trajo al mundo el 5 de enero de 1939.

  

De seguro sus ideales ya venían en lo genes del progenitor, don Humberto Vázquez, prestigioso escritor e historiador de Bolivia, promotor de la nacionalización de los yacimientos de hidrocarburo de la Standard Oíl Company.

¿Cómo creer que Jorge Vázquez Viaña,  hombre culto e inteligente, militara en el Partido Comunista de Bolivia (PCB)? ¿Cómo explicar  que asimilara la lucha armada como única alternativa de liberación? ¿Cómo suponerlo recibiendo entrenamiento militar en Cuba? ¿Cómo no mostrar recelo de que Jorge, cortés, atento y gentil en todo momento fuera  el Loro integrante de la vanguardia de la de Guerrilla del ce en Bolivia?

Pues sí. Existieron incrédulos. Diríamos  que hasta 1996, cuando el periodista Carlos Soria Galvarro, en su reportaje «Tras las huellas del Che en Bolivia» (Diario La Razón, La Paz, 9 de octubre de 1996) publica algunas imágenes y datos hasta ese momento guardados «bajo siete candados» en las bóvedas del Banco Central de Bolivia, luego de que fueran sustraídos y recuperados, a punto de rematarse en una subasta londinense, el 26 de febrero1986.

Hoy no quedan resquicios a la duda. Ni siguiera alentada por la remotísima esperanza de que sus restos nunca fueran hallados. Jorge, también conocido como Bigote (s), cometió un error que más tarde le costaría la vida, y que la maquinaria mediática aprovecharía para poner en evidencia su fidelidad, sin que falten a estas alturas testimonios apócrifos que tildan de hereje al Che y de mito a la Guerrilla.

El día que Jorge desapareció  —22 de abril de 1967— la intención del Che el  era cargar una camioneta  que acababan de ocupar Eliseo Reyes, Manuel Hernández, y Orlando Pantoja,  y avanzar con la vanguardia hasta el cruce del camino a Tikucha, situado a cuatro kilómetros del punto en que fueron sorprendidos por el enemigo.

«Al anochecer —anota el Che en su Diario— una «avioneta comenzó a dar vueltas en torno a nuestra posición y  los ladridos de los perros de las casas vecinas se hicieron más insistentes, […] evidencias  de que se había detectado nuestra presencia, cuando comenzó un corto combate y luego se oyeron voces intimándonos a la rendición».

La guerrilla se movilizó velozmente para evitar el cerco, por lo que pierden de vista al Loro.  […]  «Todos estábamos descuidados y no tenía idea de lo que pasaba, afortunadamente, nuestras pertenencias y mercancías estaban sobre la camioneta. Al rato se organizaron las cosas; faltaba solamente el Loro pero todo indicaba que hasta ahora no le había pasado nada, pues el choque fue con Ricardo  […]», precisa el Che. 

Sin resultados en la búsqueda, y pensando que la ausencia  del  Loro sería «transitoria», los guerrilleros continúan la ruta trazada.

Pasan los días. De la suerte o desgracia del  Loro, nada se sabe. Hay quienes especulan una posible fuga. Al finalizar abril, en el acostumbrado resumen mensual, el Che lo consigna como baja y lo da por «desaparecido luego de la acción de Taperillas».

No fue hasta el 4 de mayo que la radio divulga el arresto de Jorge Vázquez Viaña, «capturado el 29 de abril, mientras huía de efectivos militares». Al respecto razona el Che en su Diario:

«Está herido en una pierna, sus declaraciones son buenas hasta ahora. Según todo parece indicar, no fue herido en la casa sino en otro lado, presumiblemente tratando de escapar». Sin embargo, el día 5, se muestra en extremo lacónico: «Del Loro nada», refiere.

El 29 de mayo la radio difunde un comunicado oficial  que  informa entre otros pormenores y con el marcado interés de convencer a la audiencia, la fuga del guerrillero Jorge Vázquez Viaña. En el resumen correspondiente al mes el Che la califica como «la noticia del mes», y supone que ahora el Loro «deberá incorporarse o dirigirse a la Paz a hacer contacto».

En una oportunidad, al evocar los hechos, el hoy coronel Leonardo Tamayo (Urbano) contó: «Estábamos en una emboscada y Orlando Pantoja le ordena ocupar una posición, que todo indica no llegó a hacer. Estoy completamente seguro que se perdió y no nos abandonó […]».

En realidad el Loro andaba «dislocado» cuando un campesino lo avista y le ofrece ropas y guardar sus pertenencias. No obstante el cambio de vestimenta, un proveedor de materiales de la construcción, informó a las autoridades. Por un tiempo logra evadir al enemigo internándose en la selva. En la espesura, oculto en un árbol, le descubren, disparan y capturan.

Cuenta Roberto Varona Fleitas en sus «Crónicas sobre la historia de la guerrilla que dirigió Ernesto Che Guevara en Bolivia» que vivo lo trasladaron a Vallegrande y luego a la jefatura de la IV División, en Camiri, donde los asesores norteamericanos y los agentes de la CIA lo sometieron a brutales torturas. Pero de Vázquez Viaña el enemigo no pudo obtener la más mínima información.

Versiones periodísticas de aquellos días, publicadas en periódicos bolivianos, «aportaron elementos contradictorios acerca de supuestos intentos de fuga del Loro. Otros observadores, más preclaros, alertaron sobre una posible desinformación a cargo de la Central de Inteligencia yanqui», indica Varona Fleitas, quien reconoce en el libro «Desde Ñacahuasu a La Higuera»,

la investigación realizada en Bolivia por sus autores Adys Cupull y Froilán González, también citados por la colega Elsa Blaquier en su libro «Seguidores de un sueño».

De acuerdo con lo consignado por el matrimonio de historiados cubanos  a los jefes del comando militar les preocupaba «qué hacer con el Loro por la importante familia a que pertenecía». Por ello había que buscar un pretexto y fabricar la situación para desaparecer al Loro sin dejar rastros.

La inteligencia boliviana —con la CIA como tutora— se encargó del asunto. Le dirían a Vázquez Viaña que sería «llevado a juicio y presentado a la prensa, sin permitir ofensas al gobierno ni al honor de las Fuerzas Armadas». De lo restante se encargarían dos colaboradores. Uno, en el papel de enfermero del guerrillero-paciente, y otro, en el rol de periodista «enviado por el Gobierno cubano».

Llegado el momento se armó un «disturbio» a la entrada del hospital y detuvieron a unos periodistas. Inmediatamente, el «enfermero»  fue donde El Loro a contarle lo ocurrido. Más tarde entró en acción el «periodista» quien le dice que su misión «obtener noticias sobre el Che», no sin antes compartir nombres y hechos «claves» del  conocimiento de Vázquez Viaña.

Del resto de la se encargarían dos habilidosos oficiales, indicados para informarle a Vázquez Viaña que el «periodista» era un agente de la CIA de origen cubano», y «prometerle garantías, dinero y comodidades en la República Federal de Alemania,

donde se encontraban su esposa e hijos, a cambio de que delatara a los miembros de la red urbana y ubicara las casas de seguridad».

Como respuesta —relata Elsa Blaquier— «el revolucionario se aba­lanzó contra militares, quienes lo golpearon y ordenaron matarlo».

No bastó un tiro en la nuca y los propios pilotos del general Barrientos lo montaron en un helicóptero y lo lanzaron al vacío.

Doña Elvira Viaña solo pudo ver a Jorge  a escondidas y desde lejos, cuando se encontraba herido en uno de los hospitales. Nunca recibió una comunicación oficial sobre el día que mataron a su hijo, ni el lugar donde yacen sus huesos.

En las pocas veces que concedió entrevistas, Doña Elvira reconoció el coraje y el valor de su hijo guerrillero Jorge, aunque no compartiera con él la totalidad de sus ideas, como sí sucedía con la música y las artes plásticas. Le  gustaba verlo bailar y muchas veces trataba de que fuera su pareja de baile. Para ella resultaba inconcebible un Jorge desleal ni cobarde.

Por eso admitió como ciertas las palabras del hijo al enfrentarse a sus asesinos: «Pueden ustedes matarme, pero moriré con la conciencia de haber luchado por mi Patria».

No están grabadas, ni referidas en un documento desclasificado u oculto todavía. Lo contaron algunos individuos involucrados en los acontecimientos, y nadie ha salido a desmentirlas.