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12/03/2012 20:15:39

 

Es latinoamericana y le corresponde el honor de encontrarse entre las caricaturas más famosas de la historia de la humanidad. Habla castellano y como la definió el colombiano Daniel Samper, «capaz de atar cabos invisibles; alguien con malicia suficiente como para sembrar el pánico con una pregunta que a simple vista parece inocente».

 

¿A quien corresponde la paternidad de esta chiquilla que al decir de Umberto Eco se comporta como «una heroína iracunda» en aras de reivindicar su derecho a «seguir siendo una niña que no quiere hacerse cargo de un universo adulterado por los padres?».¿Cómo, cuándo y dónde vino al mundo?

«En la vida real yo nací el 15 de marzo de 1962», según escribió por mano de su padre para una carta de presentación. Así que dentro de tres días esta niña de frases contingentes, lúcidas y punzantes estará celebrando sus 50 años.

El embrión comenzó a formarse cuando la marca de electrodomésticos Manfield buscaba promocionar sus productos, de ahí que pidiera al joven dibujante llamado Joaquín Salvador Lavado (Quino) que ideara una familia típica de clase media cuyo personaje destacado tuviera un nombre que comenzara con la letra «M».

Recordó Quino que en la novela «Dar la Cara», de David Viñas, se hablaba de una niña llamada Mafalda. El nombre le gustó, pero la campaña publicitaria no se llevó a cabo, así que Mafalda fue a parar a los archivos del dibujante. Luego de dos años Julián Delgado, jefe de redacción del semanario Primera Plana, lo animó a publicar una tira cómica con su personaje.

De tal modo, el martes 29 de septiembre de 1964 salió el primer episodio de Mafalda. De ahí pasó al matutino El Mundo, con una periodicidad diaria,  situación que le obligó a aumentar la familia y a crear nuevos personajes.

Aparecen entonces el sempiterno soñador Felipe —alter ego del propio Quino—, el despistado Miguelito; el materialista, calculador y comerciante inescrupuloso Manolito; la conservadora y frívola Susanita; la pesimista y militante revolucionaria Libertad, y Guille, el entrometido hermanito de Mafalda.

Los padres de la chica conformaban una típica pareja de la clase media urbana, con su bagaje de ilusiones y frustraciones encima.

Deliberadamente la pequeña —con sus agudas reflexiones sobre la actualidad política y social— representaba la resistencia ante la injusticia y el desatino de un mundo que marchaba hacia la autodestrucción y encarnaba la rebelión juvenil de los sesenta. Los personajes que le acompañaban complementaban un universo que reflejaba distintas formas de entender y actuar ante esa realidad.

De tal manera, y con una gran dosis de ironía, Quino pudo abordar los temas más diversos y denunciar la miseria política de finales de los sesenta, riéndose de la Guerra Fría y poniendo en jaque a los padres en medio de un mundo  lleno de mediocridades y frustraciones pequeño burguesas. El globo terráqueo, por ejemplo, es otra obsesión de Mafalda. Siempre herido, el planeta es observado con lástima, sea porque le duele el Asia o porque no sabe cuál es su sexo. Típicas inquietudes mafaldianas.

Pero cuando se instauraron las dictaduras en América Latina y comenzaron los presos políticos y desaparecidos, Mafalda  esquivó el tema. Esta coyuntura adelantó el fin del personaje. Como el propio Quino manifestara a Tiempos del Mundo: «Dejé de dibujar a Mafalda cuando en Argentina corría bastante sangre. Creo que vi venir la cosa, además no me habrán dejado publicarla, hice bien en no seguir».

En los años setenta Mafalda trasciende del papel al celuloide al rodar una serie televisiva,  algo que a Quino le pareció horrible. Ocasionalmente y por razones humanitarias  Mafalda ha hecho varias apariciones, la última vez durante la Gran Exposición que tuvo lugar en Madrid, España, entre el 9 de abril y el 14 de junio de 1992, y donde le fue concedido  el premio «Quevedo», del humor gráfico, algo así como el Nobel de los caricaturistas.

En 1987, el periodista Rodolfo Braceli, en un larga entrevista que aparece publicada en la introducción al libro «10 Años con Mafalda», preguntó a Quino si tenía algún estimulo para trabajar.

«Sobre todo uno, el trabajo mismo. Es cuestión de ponerse... Además leo muchísimo la Biblia, pero no como libro religioso sino como fuente de ideas, en ella está todo: la poesía, el sexo, la política... la Biblia me estimula el humor. Yo la leo al azar y he aprendido a saltarme las partes morosas. Me parece que siempre la leo por primera vez, como me ocurre con Borges y con ciertos pintores como Picasso», respondió.

Lo cierto, con sus 50 años Mafalda continúa dándole vueltas al monigote con que algunos elevan el papalote en noches de insomnio, entre ellos ciertos lectores del libro «Para leer a Mafalda», sujetos trasnochados para quienes la chiquilla se comporta como un agente de la CIA o como  una anticastrista a ultranza.

En realidad la irreverente Mafalda vivió durante mil 982 tiras que hicieron reír y reflexionar a millones de lectores de todo el orbe. Sin lugar a dudas, constituye la historieta latinoamericana que más ha recorrido el mundo. Y aunque ya su padre no dibuja más historietas sobre ella, bien pudiera aparecer en cualquier diario o página web, sin cambiar en un ápice su descubrimiento de que ¡paz! es la onomatopeya de una bofetada.

 

(Fuente: periodistas.es/ Víctor Rey)