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 23/02/2012 10:07:43

 

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Los libros y las ideas que promueven han sido fuentes de aliento y esperanza; gracias a ellos, conocemos lo que vale el injerto del talento y la bondad. Sus nombres se familiarizan y se repiten a lo largo de la vida durante años, que siempre nos parecen breves. 

(Interpretación libre sobre una idea del Comandante en Jefe)

 

 

Sé que caigo en la bolsa de lugares comunes al repetir que Fidel es un lector empedernido, pero no encuentro otra expresión para referirme al hombre que desde que le conozco, le escucho y le leo, ha dado prueba irrebatible de su pasión por los libros, hábito engendrado desde su infancia y que, entre otros factores históricos y genéticos, han hecho de él un presidente culto y sabio, tal vez el más culto y más sabio del planeta Tierra en la actualidad. 

Varias veces, dejando a un lado su típica modestia —para hacer gala de otra de sus cualidades, la honestidad— ha confesado  haber leído cuantos libros ha podido en su vida, y sentir dolor por no disponer de más tiempo para ello. «Sufro cuando  veo las bibliotecas, sufro cuando reviso una lista de títulos de todas clases, y lamento no tener toda mi vida para leer y estudiar», confesó a  Tomás Borge, en ocasión de una larga conversación sostenida durante los días 18 y 20 de abril de 1992, publicada ese mismo año en forma de libro, bajo el título «Un grano de maíz». 

Muchacho de su época, primero devoró no pocas historietas  o «muñequitos», como se le llamaba entonces. Luego, fue interesándose por la Historia, de modo que leyó no solo sobre los hechos acontecidos en su patria sino también aquellos de carácter universal, incluyendo las biografías de grandes personajes. En el bachillerato entró en contacto con la Literatura Española, fundamentalmente los clásicos. 

Al comandante sandinista reveló haber leído mucho no solo de historia sino también de geografía y literatura política. […] «Tengo una gran colección de libros sobre Bolívar, siento una admiración infinita por Bolívar. Considero a Bolívar el más grande personaje dentro de los grandes personajes de la historia […] Ya no te digo de Martí. Martí es un Bolívar del pensamiento, y Bolívar fue un genio de la política, un genio de la guerra, un estadista, porque tuvo las oportunidades que no tuvo Martí de dirigir Estados». 

Al preguntarle qué estaba leyendo últimamente, Fidel le responde:

«De todo he leído. Se me acaban los libros y entonces tengo que salir a buscar. Anoche estaba leyendo una novelita de ficción que se llama El Perfume, de Patrick Süskind. Es un tema inusitado, muy interesante, muy ameno. […] Voy por esa parte en que el noble francés está tratando de proteger a su hija pelirroja de los riesgos que significan las actividades que está realizando el personaje central, que es el perfumista Grenouille. […]Lo que he aprendido sobre los perfumes en esa obra es increíble, se puede decir que hasta la tecnología de la producción perfumes. Es muy variada la literatura. Tengo libros, algunos son más pesados, otros son menos pesados.  Tengo en remojo otra que se llama La muerte es un asunto solitario, de Bradbury, también de ficción. […]Todo depende, Tomás, del trabajo que tenga, de las actividades en que esté envuelto».

 

INTELIGENCIA, MEMORIA, SENSIBILIDAD…

 

Como la lectura es un hábito de los más benéficos y saludables,—factor genético aparte— la pasión de Fidel por ella debe haber influenciado también en su inteligencia, memoria, creatividad, imaginación y vitalidad, que ahora, a sus 85 años, desborda cualquier límite y hace que muchos lo tilden de profeta cuando en realidad  es un hombre dotado de infinitos conocimientos,  iluminado permanentemente por un ideal, y signado por su ilimitada confianza en los seres humanos. 

Miguel Barnet, el presidente de la Unión de Escritores de Cuba (UNEAC), durante la presentación de «Fidel Castro. Guerrillero del Tiempo», se referiría con palabras más precisas a algunas de estos caracteres  de  un líder político «que al final revelan la sensibilidad cincelada por los golpes de la vida: 

Gala de una memoria prodigiosa, con detalles insólitos que van desde la edad de dos años cuando aún no tenía idea de la muerte, y había presenciado el triste velorio de un tío hasta los hechos más recientes contados con precisión y vuelo imaginativo. […] Fuerza de carácter, espíritu alerta. […] Una lucidez  deslumbrante y una proyección dirigida a la colectividad, a los cambios sociales y al futuro. Una pupila que ve al ser humano en su devenir, sin menoscabo  del pasado y sus leyes; esa manera de enfocar a la sociedad desde un humanismo profundo singulariza su filosofía y los postulados martianos desde los cuales percibió el mundo». 

A Fidel hay que disfrutarlo de cerquita, y no una sola vez. Amén de su personalidad abrumadora, en muchas ocasiones fascina por ese niño que todos llevamos dentro y que en él aflora, en la mirada pícara y la sonrisa ingenua, bajo las cuales sucumben amigos y enemigos. Como si estuviera invitándote —durante el tiempo que perduran—, a no creerle, o si lo prefieres, a sumarte a sus pensamientos no expresados en palabras, fundados por la enorme información que ha procesado e interpretado con sano juicio y propiedad. 

En 1985, el periodista Joelmir Beting, le refiere lo agitado de su ritmo de trabajo: «Una hora y media de programa de radio todas la mañanas. Media hora de televisión por la noche. Y redacto una columna de comentarios económicos editada diariamente en 28 periódicos brasileños». 

Fidel —ya saben, no le gusta perder— le confronta: 

«Todos los días dedico una hora y media a la lectura de los cables internacionales, de casi todas las agencias. […] Si leo que se ha descubierto en algún país un nuevo medicamento o equipo médico innovador y de gran utilidad, mando a buscar rápido información sobre el mismo. […] Desgraciadamente, el tiempo no alcanza para recoger y analizar todas las informaciones que a uno le interesan. […] Quería actualizarme mejor para esta conversación contigo y mandé a buscar todas las noticias económicas internacionales importantes de los últimos dos meses. ¡Recibí cuatro volúmenes de 200 páginas cada uno! No es fácil seguir la dinámica de los acontecimientos, las aventuras del dólar y las consecuencias en la economía mundial de la nefasta política económica de estados Unidos». 

En la era de Internet los despachos pueden resultar infinitos. Pero su método interpretativo no falla. Parece no seguir la recomendación maximiliana de que «aprender a trabajar es aprender a descansar». No le fatiga conversar, descansa conversando. Sigue viviendo, sin prescripción facultativa, la emoción al riesgo, digo yo parafraseando a Ignacio Ramonet, quien asevera que los libros reflejan muy bien la amplitud de los gustos de Fidel.

 

ABRIR CAMINOS

 

En la memorable presentación, y al descubrir que entre el público a las madres de los Cinco, Fidel habló de Juan Cristóbal, de Romain Rolland, autor que durante toda su vida buscó medios de comunión entre los hombres, y cuya  imperiosa necesidad de justicia le llevó a buscar la paz más allá de la contienda durante y después de la Primera Guerra Mundial. La novela fue una de las que sobrevivió a la censura de la cárcel de Isla de Pinos. 

Pero si bien las autoridades de la cárcel le aplicaban la severidad de un régimen penitenciario arbitrario y absurdo, Fidel se imponía por encima de este un sistema de vida y de estudio mucho más riguroso y consciente, en que la lectura también le abriría el camino «para los grandes combates del mañana», según reseña Mario Mencía. 

« […] Todo lo quiero saber, y hasta las listas bibliográficas de cada libro las repaso acariciando la esperanza de leer los libros consignados. En la calle me inquietaba porque me faltaba tiempo, y aquí donde el tiempo parece sobrar también me inquieto.» 

En todo el tiempo que duró el presidio la relación de obras y autores que venció Fidel es asombrosa: 

Feria de vanidades, de William Thackeray; Nido de hidalgos, Iván Turgueniev; El capital, Carlos Marx. Además, ha comenzado a estudiar a autores cubanos como Félix Varela y Luz y Caballero, que alterna con las Obras de José Martí de la Editorial Lex. De Honorato de Balzac La piel de zapa; de S. Zweig, Biografía de Napoleón el pequeño; de J. Cronin, Las estrellas miran hacia abajo; de S. Maugham, El filo de la navaja; de Sigmund Freud, cuatro de los 18 tomos que componen las Obras Completas; y de Dostoievski, Los hermanos Karamasov, Humillados y ofendidos, Crimen y castigo, El Idiota, El sepulcro de los vivos, Las pobres gentes y el cuento Proachim. 

En Junto a una Gramática Latina, un Diccionario de Modismos y la Oratoria de Demóstenes, rodean su cama de la prisión: Técnica del golpe de Estado, de Cursio Malaparte; de Ortega y Gasset: La rebelión de las masas, Psicología de las multitudes, Fundamentos de la Política, El fascismo al desnudo, La época de la revolución religiosa, La reforma y la contrarreforma; de Tomás Moro, Utopía; las Obras completas de Homero, Cicerón y Mirabeau, y de José Ingenieros, El hombre mediocre. 

Las lecturas aumentan con los días: Las cien mejores poesías, Siete cantos, El lirio del valle, El ruiseñor y la rosa, de O. Wilde; Eugenia Grandet, de Balzac; Calle Mayor, de S. Lewis; Ana Karenina, de León Tolstoi; Cecilia Valdés, de C. Villaverde, y Juan Criollo, de Carlos Loveira. El tema histórico es constante: Martí, Morelos, Bolívar, Bonaparte, y los diez voluminosos tomos de la Historia de la nación cubana. 

Múltiples, variadas, sólidas y constantes lecturas, han hecho de Fidel —entre otras condicionantes—un hombre de ideas sólidas y con una extraordinaria visión. Astuto, curioso, de un torrente de palabras sencillas pero impactantes, su capacidad para valorar una situación concreta es enorme,  y admirable la rapidez de análisis que, acompañada de una información vasta y variada, le permite moverse con facilidad en cualquier medio. 

En mayo de 1955 escribió desde la cárcel, a su hermana Lidia Castro Argota: 

«Valdré menos cada vez que me vaya acostumbrando a necesitar más cosas para vivir, cuando olvidé que es posible estar privado de todo sin sentirse infeliz. Así he aprendido a vivir, y eso me hace tanto más temible como apasionado defensor de un ideal que se ha reafirmado y fortalecido en el sacrificio. Podré predicar con el ejemplo que es la mejor elocuencia. […] Libros solo he necesitado y los libros los tengo considerados como bienes espirituales…». 

Ese temple de estoicismo y confianza, Fidel lo ha impregnado a su pueblo, como un baluarte de moral y de espiritualidad que lo ha sostenido frente a las bajezas de las campañas más denigrantes y el aislamiento mayor.

El mundo podrá juzgarlo por actitudes que no alcancen una cabal comprensión, o por errores que él mismo se ha señalado, pero nadie tendrá el valor de dudar sobre su inteligencia. Los dramas de la humanidad lo han vigorizado. Los retos de cada día han acrecentado su valor. Los libros le han permitido escapar de la ignorancia. Es un hombre culto. En ese sentido, es temible.