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10/02/2012 17:37:34

 

Por Mercedes Rodríguez García

 

Poco tiempo antes del asalto a los cuarteles Guillermón Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, la cabeza de Fidel es un torbellino de ideas. No sabe mucho de música, pero ya piensa en una composición de carácter épico que resuma los ideales y el espíritu patriótico de los revolucionarios. 

 

Cuenta Agustín Díaz Cartaya, entonces integrante de la célula de Marianao, que sólo necesitó tres días para componer la Marcha de la Libertad que lo trascendió entre las páginas de la historia cubana, y que el 12 de febrero de 1954 —entonada por los asaltantes—,  taladraría los oídos de Fulgencio Batista, de visita en el Presidio Modelo. 

El General presidiría junto con su comitiva, la inauguración de la nueva planta eléctrica, situada a menos de 20 metros del salón del penal de la Isla de Pinos donde se hallaban encarcelados los moncadistas. 

Dentro del aposento corrió la noticia. Con largos pasos y gesto pensativo, Fidel daba vueltas. De pronto se detuvo y los llamó a todos, quienes se agruparon entorno del  líder. Tras breve discusión aceptaron unánimemente la idea. Almeida, encaramado a una ventana vigilaría el momento preciso en que el tirano fuera a salir una vez terminada la aspaventosa ceremonia…

«¡Ahora!», gritó. Y veintiséis voces al unísono (no se encontraban Ciro redondo ni Abelardo Crespo), «con la fuerza acumulada de la rebeldía toda de un pueblo, matizaron de hidalguía aquella mañana […] con la desafiante letra y música de un himno de combate que después recorrería el mundo entero: la Marcha del 26 de Julio». 

Al escuchar aquel coro el dictador sonrío, pensando tal vez que se trataba de un gesto de halago «adicional por parte de la dirección del Reclusorio». Mas, a medida que fue centrando la tención, captó la letra, desapareció la sonrisa y apretó los labios. A los pocos segundos preguntó: «¿Quiénes cantan»? Y sin esperar respuesta salió «intempestivamente seguido por su entonces una enfurecida cohorte». 

«¡Los mato!, ¡Los mato!», se escucho gritar en el pabellón al decompuesto cabo Ramos, apodado Pistolita, debido a sus bufonescas poses provocativas. «Pero de ahí no pasó en ese momento la nueva exhibición de guapería», acota el escritor investigador Mario Mencía, y continúa: 

«Ni la engolada voz de un politiquero local que le hizo entrega al General de un diploma declarándolo hijo adoptivo  predilecto, ni lo manjares y licores del banquete que le fue ofrecido por un terrateniente local, fueron suficientes remedios para borrar las huellas de disgustos e la cara del tirano, que horas después, para su regreso a Batabanó, retomaba aquel sábado el lujoso yate escoltado por unidades de la Marina de Guerra en que había llegado esa mañana a Nueva Gerona». 

El resto del día transcurrió tenso para los moncadistas, en espera de una represalia. El domingo, después de almuerzo se presentó el teniente Perico y leyó un listado: « Ramiro Valdés… Oscar Alcalde…Ernesto Tizol…Israel Tápanes…» Al salir al exterior el Teniente les indicó doblar a la izquierda rumbo al pabellón dos (de los enfermos mentales, con sus celdas individuales de castigo. Allí fueron encerrados. 

Después Perico regresó al salón colectivo y gritó: «Fidel Castro». Lo trasladaron de la sala del pabellón uno para una celda dentro del mismo pabellón, donde permaneció hasta su salida el 15 de Mayo de 1955.

El lunes 14 fue llamado Agustín Díaz Cartaya. «Abrieron la celda y me cayeron encima», recuerda. Lo desnudaron, le dieron trompones, patadas y vergajazos. Sobre el piso de la celda número nueve amaneció herido y maltrecho el cuerpo del negro «el negro Thompson», dado su parecido tan grande con el tercera base del Club Habana, conocido como «La Ametralladora Thompson», (Harry Thompson). 

En su versión original la Marcha contaba de cuatro estrofas, pero la tercera era distinta a la que se conoce. A sugerencia de Fidel fue cambiada «para reflejar lo ocurrido en las fortalezas de Santiago de Cuba y Bayamo, y que el recuerdo de los hermanos caídos sirviera como sagrado factor para la unidad y para la continuación de la lucha». 

En pocos días Cartaya modificó la marcha a la que dio el nombre de Himno de la Libertad, aunque sería más conocida como El Himno del 26 de Julio. Con posterioridad fue sustitutita la palabra Oriente por Cuba, en la estrofa sustitutiva, y cambiado el título por Marcha del 26 de Julio. 

Otras veces los moncadistas habían entonado aquel himno ante los enfurecidos carceleros de la prisión de Boniato, y públicamente, mientras eran conducidos hacia el Tribunal de Urgencia, a la sesiones del juicio en que fueron condenados. 

Pero nunca canto de guerra alguno tuvo rehechura de coraje en circunstancia similar, cuando, prácticamente cara a cara, la voz primera, en la vanguardia de una revolución temporalmente encarcelada, abofeteaba el rostro del bárbaro opresor.