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11/01/2012 12:23:53 

 

El miércoles 28 de diciembre de 2011, a los 66 años de edad, en Estados Unidos, falleció un viejo amigo, caracterizado por su nobleza, sentido del humor, fina ironía y disposición permanente para ayudar a los demás. Lo conocí en1971, en el taller literario Juan Oscar Alvarado, de Santa Clara.

 

Al decir de otro compañero de taller, el escritor y poeta Félix Luis Viera, actualmente residente en México, Rafael Altuna «tenía talento y muchas lecturas. Pero como todo ser humano, poseía defectos, carencias: quizás le faltó voluntad para sobreponerse a las tantas adversidades que debió enfrentar en su vida particular y en el entorno social político en que vivió la mayor parte de su vida.»

Se fue de Cuba un día, que nunca supe hasta que una tarde lo encontré de vuelta, por una calle inmediata al parque Vidal. Lo hallé con mejor compostura física, y me invitó a tomarte una cerveza en el café Europa. Fue entonces cuando me contó y le conté, cuando nos volvimos a acercar y un poco que alejar definitivamente, hasta el día de hoy que me entero de su muerte, en ese Miami en el que no me lo imagino buscándose la vida, al menos, como «literato».

Altuna publicó, un solo libro de cuentos,  «Una tarde en el río», narraciones «que daban fe de una capacidad innata y que parecía anunciar una obra superior». Posteriormente comenzó varios proyectos que no concluyó.

En breve crónica ajena al obituario, Viera lo describe como nadie. Ambos fueron inseparables compañeros de aquellos tiempos de poemas al aire y cuentos en segunda persona, estilo que no sé porqué rayos se puso de moda entre los noveles talleristas de oriente a occidente cubano.

Cuenta Félix Luis:

Fue un hombre retraído pero a la vez,  nacido con un humor fuera de serie, que tantos le agradecíamos. Y solidario. A finales de la década de 1990, cuando en Cuba las penurias alcanzaban tanto la alimentación como la falta de electricidad como al transporte, se sabe que bajo el sol de su ciudad, Santa Clara, arreaba con uno de sus amigos, día por día y durante cuatro kilómetros, en la parrilla de su bicicleta para llevarlo al tratamiento médico diario que aquel necesitaba. Y hay muchos otros actos de amor semejante en este hombre que parecía no esperar nada de la vida. Una mañana de 1972 me localizó para decirme que era necesario viajar unos 60 kilómetros con el propósito de «echar un puñado de tierra en la tumba de ese hombre». Se trataba de alguien que habíamos conocido hacía poco y que se había destacado por defender el libro y la literatura, fallecido aquel día, de un infarto, en un pueblo lejano. (…) Altuna no sabía hacer daño ex profeso, y aun era inocuo en su relación con el semejante».

Sé que he tardado en escribir estas «letrillas postmorten». Pero ha sido un retardo intencional por falta de valor. Lo mismo me ocurrió cuando murieron René Batista Moreno y Agustín de Rojas Anido, dos más de la pandilla fundadora de los talleres literarios.

De todos ellos aprendí mucho en todos los sentidos. Cuando me toque, los buscaré donde quiera que se encuentren, no importa todo el mar o todo el cosmos que deba atravesar. No hay mayor alegría que en reencuentro de los amigos muertos.