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21/02/2011 0:39:40


Por Mercedes Rodríguez García

 

Hace poco leí varias noticias que daban cuenta  del descubrimiento de un nuevo fallo en Windows Server Message Block (SMB). Una fisura que, según un experto, podría permitir a los ciberdelincuentes tomar el control remoto del ordenador. Y lo peor: el código que permite explotar este supuesto agujero de seguridad fue publicado en la red.  

 

Tres o cuatro días después accedí a varias informaciones sobre un ordenador de 2.880 núcleos y 15 terabytes de RAM. Su fabricante (IBM) lo llamó «Watson». Gobernado por Linux basa su funcionamiento en un sistema de análisis semántico que le permite dar respuestas precisas.

Días después, pasé la vista a ciertos consejos para el mantenimiento de la privacidad en internet, el uso de los antivirus, y cómo evadir a los hackers. No me quedó más remedio que carcajearme delante de mi PC de 2 núcleos y 2 gigabytes de RAM, conectada por modem interno a 56 kbs/seg.

Y es que nada de lo que suceda en materia de informática y comunicación me asombra; así como tampoco me quita el sueño lo relacionado con  la seguridad ni los  datos personales en la red, tan vulnerable como puedan ser sus dueños administradores de dominios, servidores, etc., etc. Claro, como recurso necesario la utilizo y disfruto, pero sin importarme mucho que mis datos queden colgados en Internet o las trazas que siempre permanecen al visitar determinadas páginas.

Por sobre todas las cosas, mantengo mi integridad como ser humano, soy la misma donde quiera que me pare. No tengo porqué ocultar ni edad, ni sexo, ni profesión, ni estado civil. Mi vida es la de una mujer normal, aunque no muy común y corriente, pues hoy en día es difícil encontrar la que considero mi principal virtud: la autenticidad, que mi permite ser coherente en lo que pienso, lo que digo y lo que hago. Cualidades que no abundan ni en la «virtualidad» ni la realidad cara a cara.

Tampoco poseo cuenta bancaria, ni phone, ni tarjeta de crédito, ni vida privada, ni negocios, por no hablar de asuntos políticos, filosóficos ideológicos, que siempre van a resultar cuestionados por unos o por otros, según las filiaciones, pasiones e intereses, sobre todo estos últimos que en la actualidad mueven más al mundo que el amor y hasta el mismo cristianismo, que cada día pierde más adeptos.

No lo niego, me aterra tanta promiscuidad y «chismorroteo» en la red. Tanto, que  temo más a una hecatombe de bits que a la explosión de las más de 13 mil armas atómicas —cuyos  arsenales superan las 27 mil cargas—, diseminadas por la faz de la Tierra. ¡O quien sabe!, ya anden desperdigadas por ese conjunto de cientos o miles de millones de estrellas llamado galaxia, o sus códigos sean revelados cualquier día de estos por Wikileaks y los tantos Julián Assange que aún andan «sueltos y sin vacunar».

Ente aspecto, confieso mi admiración por los hackers y su conocimiento profundo del funcionamiento interno de un sistema, en particular de computadoras y redes informáticas, sobre todo los de esa comunidad de entusiastas programadores y diseñadores caracterizada por el lanzamiento del movimiento de software libre. (De hecho, la World Wide Web e Internet en sí misma son creaciones de hackers).

Por supuesto, incluyo en la lista a otro grupo de aficionados a la informática doméstica o demoscene, encargada del crackeo de software, entre ellos, los juegos de ordenador que tanto me apasionan.

Otro sentimiento bien contrario es el que siento por los incompetentes, que por lo general pretenden hacer hacking sin tener conocimientos de informática, y  solo se dedican a buscar y descargar programas para luego ejecutarlos, no importa si terminan colapsando los sistemas o destrozando la plataforma en la que trabajan.

La tipología de los hackers es variada y ambigua. Mas,  llámense como se llamen (Samurái, Phreaker, Wannabe, Lammer o script-kiddies, Newbie), la controversia clasificatoria no impide que el común de los mortales piense en los hackers como criminales informáticos.

Otro de los miedos «virtuales» son los virus. Los hay de todos los colores, olores y sabores. Ya he estudiado y probado varios, y no creo que haya uno mejor que otro, aunque algunos posean más fama gracias a la publicidad comercial.

Y no me pelee ni me contradiga, porque estos son solo juicios basados en mi experiencia. Mucho dependerá de las características de su PC y de sus «viajes, visitas y zambullidas» a los extensos y profundos mares internetianos, nunca tan peligrosos con una memoria flash desconocida, con «material» de dudosa procedencia. Algo así como quien practica sexo a «primera vista», sin acudir al preservativo.

En definitiva todos estos circunloquios sirven para que usted se haga la idea de que en la red no existe privacidad. Si quiere guardar un documento «top secret», escríbalo en un papiro, introdúzcalo en una botella de vidrio, séllela con lacre y ¡entiérrela a tres metro de profundidad! (Miren todo los rollos que ha armado Assange.)

Amo la ciencia, la técnica, la informática, la cibernética, las telecomunicaciones… ¡pero no puedo dejar que ninguna de ellas controlen mis emociones, ideas o sentimientos a la hora de escribir tal o más cual «cosa», pensando más en si va ser leído por tal o más cual sujeto, que el mensaje que deseo transmitir.

Eso sí, de acuerdo al auditorio (receptores), utilizo uno u otro término, cuido del lenguaje, la gramática, la sintaxis, la ortografía, el contenido y estrictamente de la ética profesional, aspectos olvidados o desconocidos por millones de irresponsables que deciden subir sus artículos o bajar otros para luego reproducirlos sin la más mínima revisión ni confrontación ni validación ni reconocimiento de las fuentes o autores.

Sé muy bien que lo que una escribe da una imagen de ti a los demás, de ahí que refleje de manera coherente las ideas, de manera que no pueda crear malentendidos indeseables con nada ni nadie, aunque siempre existen los «tera» perspicaces, que leen Diego donde puse Digo, o lo que es peor, no entienden ni un comino del artículo por su daltonismo político o su glaucoma cultural.

En fin, cada cual sabe lo que hace, lo que dice o lo que escribe para la «virtualidad» de la red de redes, aparentemente sin control, ni manipulación ni censura y lo que es peor, con una insalubridad ética rayana en pandemia.

Cuando apareció la imprenta las responsabilidades éticas de quienes escribían las llamadas actas diurnae, (informaciones que circulaban de mano en mano) no se cambiaron, sino que se multiplicaron. Ya no se trataba de unas cuantas personas, sino muchas más las que se beneficiarían de una noticia de calidad, o las que tendrían perjuicio por la mediocre o mala calidad de lo escrito.

Igual sucedió al llegar la radio, o la televisión como instrumentos para difundir noticias. La responsabilidad se intensificó y fueron mayores las implicaciones éticas del uso de un poder mayor en la comunicación.

Con los nuevos medios electrónicos no será necesario descubrir una nueva ética, sino las nuevas implicaciones de la ética antológica, la de siempre.

Ahora, el periodista deberá continuar respondiendo por los contenidos y por los efectos de la divulgación de esos contenidos. Se trata, pues, de una responsabilidad que se aumentó al crecer las audiencias cubiertas por los medios.

Internet multiplica de modo incalculable las audiencias, permite el uso de la palabra escrita, de la imagen y de los sonidos, intensifica la interlocución entre emisores y receptores, pero también, el receptor puede ser emisor y disponer de volúmenes desmesurados de información. Así que el poder mediático es desmesuradamente mayor que el que proporcionó cualquiera de los medios en el pasado.

La ética, no depende de los aparatos o situaciones nuevas, aunque existan PC dotadas de un sistema de análisis semántico que le permite dar respuestas precisas, como la «Watson» de IBM, sobre la que no dije que en un «duelo» contra dos competidores históricos de un famoso programa televisivo norteamericano, terminó en tablas.

Mis miedos «virtuales», no son a los hacker, ni a los virus. Mis grandes miedos de todos los miedos posibles, son el de la desobediencia a la naturaleza humana, el de la negación de uno mismo, el de los condicionamientos cívicos y morales, éticos y deontológicos. Miedos que valen tanto para la nebulosa internet, como para la galaxia Gutemberg, y los cuales venzo cada día, con cerebro y corazón, frente de mi PC de 2 núcleos y 2 gigabytes de RAM, conectada por modem interno a 56 kbs/seg.