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26/01/2011 19:36:46


Por Mercedes Rodríguez García

Corren tiempos difíciles para la humanidad entera, pero la más cercana —la de Cuba mía— me dislocar  el sueño. Necesito ver detrás de las paredes, ganarle un par de años al calendario, adelantar el futuro pero desde la seguridad del presente, sin pesimismo, a partir de lo hecho y lo que resta por hacer.

¿Acudir a la esfera mágica de cierta pitonisa? ¿Preguntar  al espejo de la madrastra de Blanca Nieves? ¿Tirar las cartas del Tarot? ¿Leer la palma de las manos? No, nada de adivinaciones aunque sigan valiendo los pronósticos. ¿Lo axiomático?: lo que somos. ¿Lo predecible?: la pelea por la vida.

Quienes lean e interpreten  la información que publican los medios de prensa, coincidirán conmigo. Lo que dicen en palabras y muestran en imágenes nos echan encima toneladas angustia.

La Naturaleza devora a la Madre Tierra. La Tierra grita su dolor junto con el dolor humano. Como los hombres en muchas latitudes, los volcanes protestan, los ríos se revelan, los bosques acusan, los mares rezongan. Y no esperan, se disparan, reverberan. Agua, viento, fuego, ¡furia!  Contra hogares, cultivos, animales, alimentos almacenados, torres de telecomunicaciones, postes y tendidos eléctricos. El mundo está siendo devastado, colapsan  infraestructuras económicas y sociales.

Podemos encender velitas y pedir en puro acto de fe, «Señor, ruega por nosotros», u  ofrecer  addimú, otí  y owó  a los orishas  para que nos quiten toda suerte de desgracias.  Y aunque cirios y rezos, ofrendas de comida, aguardiente y dinero, no dejan de constituir una salida cuando fallan la ciencia y la capacidad personal para resolver problemas, vale todo lo que no dañe y haga renacer, crecer e imponer  la fe y la solidaridad.

Porque a estas alturas de la vida, con tanto descarrilamiento ecológico, guerras y hambrunas apocalípticas,  epidemias, y amenaza nuclear, sobreviven egoísmos y vanidades. Parafraseando al colega uruguayo Eduardo Galeano, se trata de un «mundo patas arribas», infinito y finito, que tal vez no tenga remedio porque, agotado y gastado, agoniza.

Y Cuba pertenece al mundo, pero no es ni ancha ni ajena. Larga, estrecha y solidaria se estira en el Caribe.  Y carece y padece. Mas, soberana, se aprieta el cinturón y a veces hasta le falta el aire. Pero respira, sin estertores ni arritmia cardíaca severos. Llamada a capítulo, impedirá  el infarto.

Tiempos difíciles  presentan las narices y olfatean resquicios por donde también desovan las serpientes. Y no las «extranjeras», sino las «nacionales», no venenosas, ni letales. Más bien ofidios encubados por errores, por ciertas distracciones y bloqueos mentales.

Es en ese tipo de culebras en las que afloran veleidades, vacuidades, infundios, desvaríos. Y el antídoto, existe: lo extraordinario, lo hondo, lo raigal. Extraído de corazones y espíritus valientes. Donantes voluntarios.

Por eso enfurece el desmedro ante la necesidad acrecentada. Por eso dan rabia los que todavía evaden responsabilidades,  acaparan, alteran las balanzas, inflan precios de productos y servicios por cuenta propia, no detienen el vehículo para recoger a un compatriota, atienden mal a los clientes, piden y no dan, poseen y no comparten, los que ostentan baratijas y ropas de mercados pulgueros.

Por eso irritan los inconformes sin razón, los que lucran a costillas de sus hermanos, compatriotas todos; los que aún siguen empeñados en hacer dinero fácil, abandonan sus puestos en plena jornada laboral, los oportunistas y arribistas, los que mienten, los que inventan, los que continúan jugando al capitalismo, los mediocres, los extremistas, los improvisadores, los demagogos y charlatanes, en fin, los que ponen en juego el más importante de los empeños: el bienestar y el futuro de todos los cubanos.

Se habla de Cuba. Y sé bien que existen quienes la piensan nada más que en malecón y playa, mulatas y ron, acuarela y guaguancó, aunque al menos saben que existe el tocororo y la flor de mariposa. Lo difícil resulta imaginarla en Martí. Martí en alma e intento, que ya es dejar de pensar en una fiesta de arrebato y color para sentirla bandera, escudo, himno. 

Por ello, sin haber perdido la vergüenza ni tocado el fondo de barril, la nación volverá a levantarse en bienestares, ya sin arritmias para siempre. No queda otro remedio, no hay más alternativas. Muy pocos aciertan antes de errar.

No, yo no espero milagros, aunque en los 90 se haya hablado mucho  de un milagro cubano. Ni magia, al no ser la del trabajo, principal motor de la economía, sin «artísticos» discursos de directivos trasnochados tras unas copas de marxismo adulterado.

Sigamos juntos, como hermanos los cubanos todos.  Y no hagamos mucho caso de los aprensivos pronósticos de «expertos» sobre los destinos de Cuba. Que impere el orden jurídico, perfecto, pero es mucho más importante  la realidad social del orden.

Somos y seremos lo que hacemos, día tras día. No lo que pensamos ni lo que sentimos. Continuemos  buscando el bien de nuestros semejantes, para hallar el propio.

Y cada cual a lo suyo, sin odios, ni resquemores, ni abusos, ni patrañas,  ni argucias, ni astucias, ni pretextos, ni exordios, ni cantos de sirena.