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30/12/2010 6:52:44

Por Mercedes Rodríguez García

Corren los últimos días de diciembre de 1958. Placetas ya está en manos rebeldes. En la habitación 22 del hotel Las Tullerías, el Che ultima detalles para caer sobre la capital provincial.

—La fecha ya la conocen: entre las 23:00 y 24:00 horas del 27 las tropas deberán estar formadas y listas para partir. Núñez, tú que le sabes a la topografía, necesitamos un camino que nos conduzca a Santa Clara sin tener que ir por la Central.

—Sí, Comandante, existe un camino vecinal poco transitado,

— ¿Y hasta dónde llega exactamente?

— Cruza por Sabanas Nuevas, Callejón de las Casas y otros puntos. Termina al fondo de los terrenos de la Universidad.  Le dicen «La Vallita».

—  Ya sabemos los puntos ocupados por el enemigo. Es preciso que Acevedo salga a explorar desde Camajuaní, por la carretera que une al pueblo con Santa Clara.

EN LA UNIVERSIDAD CENTRAL

La madrugada del 28 los hombres de la Columna 8 «Ciro redondo» instalan campamento y comandancia la Universidad Central «Marta Abreu» de Las Villas.

Entre los obreros que han quedado cuidando las instalaciones está el tractorista Longino. Las pisadas fuertes y los pasos acelerados de los rebeldes lo sacan de la cama. De inmediato se pone a las órdenes del Che. En el local que ocupa una pequeña fábrica de conservas, comienza a trabajar en la fabricación de botellas incendiarias.

Hasta él llega un joven barbudo:

—Deje lo que está haciendo, que él Che quiere verle, acompáñeme.

Una vez frente al jefe guerrillero Longino le extiende la mano y se ofrece «para lo que sea».

—Amigo, preciso que me informe sobre el estado y la disponibilidad de los tractores y, sobre todo, de una buldócer que tienen por acá, ¿cierto?

— ¡Cómo no!, Comandante, ahora mismo vamos a ver esos equipos.

—Y la buldócer ¿es fácil de manejar, qué tiempo puede estar con el motor trabajando…?

—Mejor no la quiero, está en perfectas condiciones, es una Caterpillar, americana, fácil de manejar.

Pues revise el combustible y téngala lista que no las llevamos.

Ese mismo día, todavía oscuro, la tropa rebelde parte hacia Santa Clara. Forman dos columnas a ambos lados de la carretera.

Los pelotones delanteros de Alfonso Zayas, Miguel Álvarez, Ramón Pardo y Emerio Reyes, divisan una tanqueta que avanzaba con ametralladora descubierta. La mayoría de los rebeldes se tiran al suelo, se arrastran  sobre la cuneta y alcanzan los portales de las casas marginales. El enemigo dispara sin piedad. Repuestos del sorpresivo ataque los guerrilleros repelen la agresión y toman la ofensiva. La tanqueta retrocede hacia la ciudad; los rebeldes, hacia la Universidad. En un aula velan a sus muertos y en otra se improvisa un hospital de sangre.

Luego la columna se reorganiza y emprende nuevo la marcha hacia Santa Clara.

ARENGAS Y FANFARRONERÍAS

El día 26, por orden expresa de Fulgencio Batista el general José Eleuterio Pedraza se reincorpora al ejército y viaja al centro de la Isla y habla a la soldadesca reunida en el Regimiento Leoncio Vidal».Con palabras presuntuosas y alardes de valor, arenga a la tropa.

—Bien, yo soy el general Pedraza y he venido aquí para restablecer la  ley y el orden, de ahora en lo adelante vamos a ver qué pasa. Nosotros, las Fuerzas Armadas, somos el poder.  No quiero escuchar un reclamo, una queja, una lamentación. En Cuba hay un solo ejército, los demás son forajidos que pretenden echar abajo el orden constitucional…

Luego del discurso salió a recorrer las calles de Santa Clara con la intención de mostrarse y provocar un estado de opinión, se expuso deliberadamente, se exhibió en los lugares más públicos y repitió algunas fanfarronadas.

Pero las poses teatrales fueron efímeras. En realidad ya sentía la guerra en sus narices y regresó tan pronto pudo a La Habana. Desde entonces su puesto de mando sería la torre de control del aeropuerto de Columbia.

— ¡Aviones, aviones, aviones y más aviones! Se creen que tenemos una fábrica?

—Santa Clara está siendo atacada, no hay agua ni corriente eléctrica.

—Pues caven  pozos y alúmbrense con chismosas. Ya salieron bombarderos B-26, cazas a reacción y avionetas, llevan bombas hasta de 500 libras, cohetes de gran fuerza de penetración, ametralladoras con balas calibre 50… Así que háganse dueños del cielo de Santa Clara que por tierra ya avanza el blindado.

DESCARRILAMIENTO Y RENDICIÓN

Es lunes 29 de diciembre. A la entrada de la ciudad las tropas del Che mantienen a raya a los soldados del tren apostados en la loma del Capiro. Con la «Caterpillar», levantan un tramo de de más de 30 metros de la línea férrea, y atraviesan la motoniveladora.

Como a las 03:00 horas aparece el tren en marcha atrás, a regular velocidad. No tuvo ni tiempo de frenar. Descarrilado el gascar de cola y volcado uno de los carros sobre un garaje inmediato a la línea, el resto del tren queda paralizado, bloqueando el tránsito por el lugar.

Sin darles tiempo a que reaccionaran comienza el combate. Por el lado de Camajuaní avanzan refuerzos y hacia allá va el Che a disponer la defensa. Al frente de las operaciones queda el capitán Pardo Guerra, quien pasadas las 04:10 horas propone una tregua. Los guardias aceptan.

—¿Quién es el jefe del convoy, quiero hablar con él?

Del vagón más cercano se tira un teniente con una Thompson en la mano.

—No vamos a rendirnos, mejor dígale a los suyos que lo hagan, ya vienen los tanques del ejército y contra ellos no van a poder

—Con usted no tengo nada que hablar y tampoco nos van a intimidar. ¿Dónde está su jefe?

Entonces aparece el comandante Ignacio Gómez Calderón, jefe del tren blindado.

—¿Quién los manda?

—El comandante Guevara.

—¡Ah, el Che, el argentino! Pues búsquelo, no puedo abandonar el tren bajo ningún concepto.

Una vez recibido el aviso el Che llega y por última vez advierte:

—Si no se rinden de todas formas van a caer prisioneros, pero si continúan peleando serán responsables por el derramamiento de sangre que habrá.

—No nos rendiremos.

—Pues dentro de 15 minutos reanudamos el combate.

Antes de cumplido el plazo la tropa especial del Cuerpo de Ingenieros, depone armas. En camiones son embarcados hacia Caibarién.

DENTRO DE SANTA CLARA

Pequeños grupos han penetrado   en la ciudad y ocupado cuanto vehículo encuentran en los garajes con el objetivo de atravesarlos en las calles: ómnibus, rastras, autos, motoniveladoras, cilindros…

Los cocteles Molotov hacen  estragos  contra los tanques y posiciones enemigas. Para pasar de una casa a la otra, dueños y rebeldes rompen las paredes. De ese modo lo mismo podían conseguirse alimentos de una bodega, que petróleo de una tintorería o acceder a determinado enclave, como hizo «El Vaquerito» para poder llegar lo más próximo posible a la Estación de Policía.

Pero lo más temibles resultan los B-26. Bombardeaban y ametrallaban la ciudad, el escuadrón 31, la Policía Motorizada, la cárcel, la Audiencia y, con más saña, los alrededores de la intersección ferroviaria hacia donde se encuentra el Tren Blindado.

Las fuerzas batistianas se han atrincherado en los puntos más prominentes y desde allí disparan sus armas automáticas. También hay francotiradores del ejército en los techos de las casas y azoteas de los edificios más altos. Luego de estas mismas posiciones dispararían los rebeldes sus Garand y Sprinfield.

Los combates duran toda la noche del día 31. En manos rebeldes han caído las principales defensas batistianas.

Jefatura de la Policía Nacional. Ubicada frente al parque El Carmen. Unos 300 hombres entre policías, y chivatos y adictos al régimen allí refugiados. Para su defensa cuenta con ametralladoras de mano abundante parque, y dos tanques tipo «cometa». Al frente, el sanguinario coronel Cornelio Rojas.

Escuadrón 31 de la Guardia Rural. Situado en una manzana del terreno en la prolongación de la calle Colón. Para su defensa poseía alrededor de 250 soldados dotados de ametralladoras calibre 50 y 30, y dos tanques.

Gobierno Provincial. Situado frente al parque Vidal sirvió de fortificación a unos 30 hombres, entre soldados y civiles.

«Gran Hotel». Para entonces considerado uno de los edificios de mayor altura en el interior del país. Parapeto de los más connotados esbirros y asesinos de la tiranía, entre ellos francotiradores.

Aeropuerto Civil. En las afueras de la ciudad, banda Esperanza. Dominaba el acceso a Santa Clara desde La Habana. Sirvió de trinchera a unos 80 soldados.

Patrullas por Carretera. Más conocido como Cuartel de «Los Caballitos». Ubicado a la entrada de la ciudad por la banda de Placetas, y defendido por unos 30 soldados pertenecientes a ese servicio.

Regimiento «Leoncio Vidal». Lo ocupan unos 1 300 soldados, apoyados por tanques ligeros, tanquetas, morteros, piezas de artillería y la ayuda de los aviones con base en Columbia. Al frente, el coronel Joaquín Casillas Lumpuy, nombrado por Batista pocos días antes del inicio de la batalla. Es el último en levantar bandera blanca, en las primeras horas del martes 1º de enero de 1959.

APOTEOSIS Y DESPEDIDA

El Batista ha huido. Santa Clara entera se desborda en las calles por donde extenuados, pero jubilosos, saltan, corren, se abrazan a conocidos y desconocidos, incluso, entre ellos mismos. Hay fiesta, se celebra, como escribiera en un poema el Indio Naborí, «¡la muerte de las sombras amarillas / y el triunfo verde olivo de las luces!»

A las nueve de la noche del día 2 la Columna 2 «Antonio Maceo», procedente de Yaguajay, llega a la ciudad liberada. El Comandante Camilo Cienfuegos entra en el edificio de Obras Públicas, y allí comunica al Che las órdenes de Fidel. Esa misma madrugada ambas tropas parten con el objetivo final, los principales cuarteles cercanos a la fortaleza de La Capital. Camilo tomará la Ciudad Militar de Columbia, mientras que el Che atacará la fortaleza de La Cabaña.

Antes de marcharse el Che deja un «Mensaje al pueblo de Las Villas».

«En ocasión de retirarme de esta Capital y de la Provincia con destino al nuevo cargo que la comandancia general de nuestro Ejército me ordenara asumir, expreso mi agradecimiento más sentido a este magnífico pueblo que tanto colaborara con la causa de la Revolución y en suyo suelo se han dado muchas de las importantes batallas finales contra la tiranía. Expreso mi deseo de que se brinde el más amplio apoyo al Gobernador militar de Las Villas, compañero Capitán Calixto Morales, para normalizar rápidamente la vida institucional de esta sufrida provincia.

«Sepa el pueblo de Las Villas que al retirarse nuestra Columna Invasora, enormemente aumentada por el aporte de los hijos de este pueblo, lo hacemos todos con el sentimiento de dejar un lugar querido y profundos afectos personales. Invito a mantener el mismo espíritu revolucionario para que en la gigantesca tarea de la reconstrucción también sea Las Villas vanguardia y puntal de la Revolución».