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04/12/2010 8:27:20

Por Mercedes Rodríguez García

Cuba es uno de los países donde concurren con mayor frecuencia y saciedad el adulterio y el bautismo. ¿Lo duda? ¡Claro! Dicho así de ramplón a cualquiera le puede dar un síncope, sobre todo a los pacatos y empachados que no admiten la confluencia de situaciones extremas en el ámbito nacional.

Pero, nada de espantos que no se trata ni de la unión carnal voluntaria entre persona casada y otra de distinto sexo que no sea su cónyuge; ni del primero de los sacramentos de la Iglesia con el cual se otorga el ser de gracia y el carácter cristiano.  

Lo que sucede es que los «engañé» escribiendo «adulterio», en lugar de adulteración, término este último que defino como la acción fraudulenta y delictiva  de corromper los alimentos, sustancias o bebidas destinadas al comercio alimentario mediante el empleo de aditivos u otros agentes no autorizados, susceptibles de causar daños a la salud de las personas.

¿Y lo de bautismo? Por traslación de sentido: cuando lo añadido es agua, aunque no necesariamente del río Jordán ni — ¡por suerte!— del Bélico o el Cubanicay, aunque de todos modos de origen desconocido o dudoso.

Sucede con  todo tipo de alimento, sustancia o bebida, principalmente  cuando el envasado, traslado o expendio a granel facilita el fraude.

Entre los más populares: la leche, el sirope, el ron, la cerveza, salsas y mermeladas, sin que escapen de este genérico «bautismo» determinados granos, carnes y viandas, aceites y grasas, los cigarros y tabacos, así como los jabones, perfumes, desodorantes, café, helados, agua natural y otros cuyos elementos aditivos varían, según la forma, tamaño y color a «camuflar».

Resulta sorprendente como la venta de productos engañosos ha ido ganando un espacio en las redes comerciales de la isla, hasta convertirse en un vicio que lastra desde hace años el sector de los servicios, en un verdadero negocio que ha aumentado las arcas de individuos empeñados en dañar el prestigio de productos altamente demandados o cotizados por la población.

Los ejemplos abundan y ocurren en cualquier lugar y van desde el susodicho «bautizo» hasta otros métodos más sofisticados que no deberían ¿escapar?  a ciertas auditorias, controles e inspecciones, ni dejar pasar los afectados.

Es así que el «adulterio»  se agrava con la «violación» del cumplimiento de las regulaciones establecidas por las autoridades competentes encargadas de vigilar la conformidad de las normas de calidad e higiene de los alimentos, dictadas por los organismos rectores y por las propias entidades productoras y comercializadoras.

Y nada de casuístico. Ocurren en todo momento y lugar. ¿Cuántas son las «víctimas» del trucaje? Por solo referirme a la experiencia personal, he devuelto frijoles negros mezclados con pedacillos de carbón, descubiertos antes del lavado ya que apenas iniciado el proceso de escogida, noté los dedos tiznados. Y pudiera haber obviado el tedioso procedimiento doméstico pues los granos, abrillantados con aceite —¡incluyendo los ciscos!— lucían tiernecitos, sin piedra ni paja.

Sé, además del aceite para cocinar adulterado con agua de azúcar; del ron con agua y pimienta; del arroz «salteado» con chícharos; de los cárnicos «empacados» con hielo; de manos y racimos de plátanos hinchados a fuerza de «ahogamientos» previos en tinas  y cubetas; de manteca ligada con yuca…

Por no hablar de algunos paquetes de café,  pésimo por el sabor y el olor, Criollos ¡y Monterrey! de mentiritas; de pasta dental de la bodega y crema acondicionadora de la marca Four Seasons, un poco aguadas; de desodorantes de la marca Rexona con mal olor, y hasta de perfumes sin fijador como el Mariposa y el Veguero, dos de los más caros y exclusivos de los producidos en el país.

Entres otros casos aparecidos en la prensa, recuerdo los de un operativo realizado hace tres años por la PNR en provincia Habana, y en cual se detectó que en una finca situada en las afueras de Arroyo Naranjo se elaboraban diariamente de forma clandestina miles de jabones utilizando materia prima sustraída de una de las entidades de Suchel.

También fue localizada en el municipio capitalino de 10 de Octubre una fábrica clandestina de cigarros Criollos en la que trabajaban 14 personas. Su «dueño», con alto poder adquisitivo, distribuía los paquetes en varios municipios de la ciudad.

¿Hasta cuándo y hasta dónde? La falsificación de productos adquiere ya un carácter preocupante y repugnante.  ¿Por qué  acudir siempre a la Policía? De seguir así llegaremos a requerir todo un pelotón de Tropas Especiales. ¿Se indemnizará algún día a los consumidores estafados?

Productores, distribuidores y comercializadores se pasan de un lado a otro la responsabilidad sobre las mercancías adulteradas en las redes comerciales del país.

Valdría la pena conocer qué hacen en materia de control las entidades productoras y fiscalizadoras del país para frenar la tendencia, si cuentan con los mecanismos necesarios para cortar de raíz semejante «pecado». Sin embargo, me pregunto cómo es posible que con tantas disposiciones todavía algún establecimiento venda un producto falso o adulterado. 

El andamiaje de normas y disposiciones no se sostiene por sí solo. Pasa imperativamente por la seriedad y la  disposición de quienes tienen que aplicarlo y hacerlo valer, por no hablar de la falta de solidaridad, escrúpulos y conciencia que nos aleja cada vez más del mejoramiento humano.  Habría que cuestionarse también qué hacen los encargados de velar por la protección al consumidor.

¡Ah!, pero nadie quiere «buscarse problemas». Sé que no es fácil dado el grado de «promiscuidad» desentrañar «por dónde le entra el agua al coco» porque muchas veces el «violado» es también un «violador», y el «adulterio» y el «bautismo» tan concurrentes y frecuentes que asusta tan rara confluencia extrema.

Por suerte, ya se irán derrumbando más temprano que tarde esos tinglados ineficientes y burocráticos, cargados de «resoluciones», «decretos», «contravensiones», etc., pretextos inaplazables para reconocer lo que ya solo admite resultados y no tanto análisis.

¡Y sí, sí me «caliento los metales»!, porque no me puede reconfortar que este tipo de fraude ocurra igualmente —como alguien me dijo— «en Londres, Paris, Nueva York y Abu Dhabi». Mal de muchos, consuelo de tontos, apunta el refrán.

Me interesa lo general, pero partiendo de lo particular. Vivo en Cuba, y dentro de Cuba, en Villa Clara, en Santa Clara, en un reparto, en un edificio, en un apartamento. Y vivo de un salario, no recibo remesa ni estimulación en divisa. Y no me queda más remedio que acudir a una «shopping». Y compro en una bodega de barrio, en una carnicería, en un mercado y a cuanto pregonero me pasa por al lado cuando tengo dinero y me urge su oferta.

Ojalá que pasen pronto «Los días del agua», y que —como en el antológico film del cubano Manuel Octavio Gómez—, mandemos de una vez al infierno a tanto «perro maldito» aun sin exorcizar.